El verdadero enemigo del partido guinda son los propios morenistas por sus ambiciones políticas * La Primera Mandataria siempre en sus Mañaneras sale a dar la cara y tratar de enderezar la plana de sus subordinados, mas ella no tiene por qué cargas culpas ajenas, pero eso les vale a los de la 4T
ALFREDO IBÁÑEZ
La ausencia de liderazgo en el partido Movimiento Regeneración Nacional (Morena) es notoria y amenaza con agudizarse.
La encarnizada disputa por el poder, acompañada de constantes escándalos de corrupción, es una muestra.
Una vez que su fundador, el expresidente Andrés Manuel López Obrador, dejó de participar abiertamente en política, ese instituto -que bajo su conducción se tornó en una imparable máquina electoral- muestra en escaso tiempo severo desgaste.

De ser un poderoso partido que sepultó a los principales institutos políticos de oposición, como los partidos Revolucionario Institucional (PRI), Acción Nacional (PAN) y De la Revolución Democrática (PRD), ahora comienza a mostrar visibles fisuras.
Pese a todos los desaciertos que marcaron al expresidente Andrés Manuel López Obrador, es indiscutible su liderazgo político, mantuvo la unidad dentro de su partido guinda, logró con habilidad que marchara hacia un mismo rumbo.

La disciplina que ejerció le permitió conquistar no sólo innumerables cargos de elección popular en todo el país, sino que también obtuvo el control en los diversos sectores, cristalizó su ambición de concentrar los Poderes Judicial, Legislativo y evidentemente el Ejecutivo.
Esa autoridad que supo ejercer con pulcritud, ahora tiende a debilitarse.
Morena como partido es a todas luces poderoso, sólo que quienes lo conducen no están a la altura de su pujanza. Muchos de ellos son improvisados, son políticos de escritorio que crecieron bajo su sombra, pero no tienen un sello personal, ni mucho menos el perfil de líder que se requiere.
Luisa María Alcalde figura como la dirigente nacional de Morena, aunque “vox populi” señala que el mero bueno es Andy López Beltrán.
Alcalde ha tenido una carrera meteórica, lo mismo ha sido legisladora que secretaria de Estado, sólo que no ha dejado algún legado importante, su paso por los diversos cargos que le confirió su mentor político ha sido gris, sin trascendencia.
En campo, en la calle, su discurso no convence. Los electores afines a ese partido la siguen, al igual que a muchos morenistas, pero no porque tenga arrastre, es en gran parte gracias a los programas sociales que reciben, está clarísimo que sin ese valioso estímulo y con esa limitada elocuencia, queda muy poco.

Del secretario de Organización de Morena, Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente AMLO, se puede afirmar que tiene grandes y probadas habilidades para tejer redes políticas.
Andy también es un eficiente operador político que trabajó afanosamente en la construcción de ese partido e incluso se le perfilaba para asumir -en su momento- la candidatura a la Presidencia de la República.
Pero (como dijera Roberto Mitzuko, quien siempre le encontraba un pero en el concurso ‘Bailando por un sueño’ y hoy en día en el programa de baile de ‘Hoy’) demostró en el corto tiempo que no tiene las habilidades de su padre, que está peleado con la Austeridad Republicana de su progenitor, y para fortuna del país -y de los mexicanos- se quedó en el camino.
La serie de disputas por el poder y los escándalos en Morena son cada vez más frecuentes, el verdadero enemigo está en su interior.
La oposición no interviene, no requiere de hacer algo para que se debilite ese partido, son los propios morenistas los que hacen todo por fracturarlo y con base en los hechos bochornosos que -un día sí y el otro también- propician, y puede afirmarse que lo están logrando.
Las innumerables desvergüenzas y casos de corrupción que han estallado no tienen freno, tal parece que no hay límite. No termina de enfriarse el más reciente cuando ya está en puerta otro.
La dirigencia nacional de ese partido no ha sabido sacudirse la sombra del fundador de Morena y de manera tibia fija postura, pero no resuelve.
Son hechos por los que finalmente alguien tiene que dar la cara y esa es la Primera Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.
La Mañanera del Pueblo, la que se imparte desde Palacio Nacional, está convertida en un tribunal, donde la titular del Poder Ejecutivo se erige como juez y parte.
Contrario a su exigencia de que presenten pruebas aquellos que acusan a sus compañeros de partido, señalados de presuntos corruptos, con todo el poder que le da su investidura y sin evidencia probatoria los exime de todo mal, los purifica y -como es sabido- no son siquiera separados de sus cargos, mucho menos investigados.
En ese rubro la Fiscalía General de la República (FGR), bajo la tutela de Ernestina Godoy Ramos, le sigue el juego, no actúa, es omisa. Ante los hechos, todo indica que la FGR ya no tiene autonomía.
Sin lugar a dudas, la Primera Mandataria logra su objetivo, pero hay un costo político y ese -a mediano plazo- se verá reflejado.
Lo delicado del rumbo que toma la Presidenta es que, de seguir en su papel de protectora, peligrosamente se acerca al terreno de cómplice de esos políticos de Morena que se han apartado de la máxima de su guía político de “no mentir, no robar y no traicionar al pueblo”.
Morena tiene un gran reto, las elecciones del 2027, y como puede advertirse, las pugnas por el poder tenderán a crecer.
Cada vez más se parecen, por sus riñas internas, a su pariente, el defenestrado Partido de la Revolución Democrática (PRD), los pleitos entre tribus, aquí entre facciones van en ascenso.

Las peleas por las candidaturas, por el dinero, por los privilegios, están más vigentes que nunca.
Las acciones de morenistas demuestran que no acatan el exhorto presidencial, de vivir en la justa medianía y no practicar el nepotismo electoral.
La Mandataria siempre en sus Mañaneras sale a dar la cara y tratar de enderezar la plana de sus subordinados, mas ella no tiene por qué cargas culpas ajenas, pero eso les vale a los morenistas. ¿En qué terminará esto? Lo sabremos primeramente Dios en el 2027.