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EN PRIMERA PERSONA

De vuelta (II)

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El aprendizaje de una lección divina * Quiero señalar el lamentable comportamiento que tenemos algunos reporteros y periodistas (me incluyo yo) que con absoluta prepotencia nos creemos jueces supremos desde las páginas o espacios electrónicos donde laboramos

 

MAURICIO ORTEGA CAMBEROS

 

El mes de marzo de 2017 fue una muy amarga experiencia para mí y para mi familia. Obvio, yo pagaría por mis errores, pero a mis seres queridos los arrastré injustamente. Duele mucho cuando dañas a quien más amas.

Fue una triple pesadilla: las investigaciones de la todavía PGR y después la cacería de los reporteros y el despiadado ataque en las redes sociales.

Aprendí mucho de todo ello, pero sobre todo recordé cuando irresponsablemente actué de la misma manera con tal de ganar lectores sin importar que detrás de cada juicio o crítica había una persona, un ser humano.

Algunos dirán que fue el karma; yo estoy convencido que se trató de una lección divina.

Veamos lo que respecta a los medios de comunicación. Claro que era una nota que había que explotar y sacarle jugo al máximo. Yo lo hubiera hecho igual. Lo que la hacía apetecible era precisamente que se trataba del director de un periódico atrapado en un hurto. Y qué robo: en pleno Superbowl y al mejor jugador de todos los tiempos.

Estaban quienes tenían que seguir la noticia de manera leal y profesional para sus lectores, oyentes y televidentes, pero también quienes vieron una oportunidad de ataque, como los medios que nos hacían competencia, y no pocos reporteros y fotógrafos que, como consecuencia de los avances tecnológicos y la crisis de los diarios impresos, se tuvieron que dar de baja.

Sabía que esto iba a pasar. No había de otra. Pero la situación se tornó peor por el hecho de que jamás hice alguna declaración al respecto; no comparecí ante los medios que acamparon prácticamente tres semanas afuera de la casa; no concedí entrevistas ni emití comunicado alguno. Nada de nada.

Primer acercamiento a Tom Brady, en Atlantic City, en 2001.

¿Por qué?, se preguntará Usted.

Fueron básicamente dos razones.

Una, la humana: el problema, el gran problema, me aplastó. Me devastó. En ese entonces la pena pudo más que mi débil andar en Cristo. Era sólo un oidor y no un hacedor de la Palabra. En suma, el miedo y la depresión me vencieron.

Pero el segundo punto de aquel silencio era más poderoso y de alguna manera influyó en el primero. Lo explico. El jugador Tom Brady había dicho a las autoridades de Estados Unidos (y estas a las mexicanas una vez que supieron donde se encontraba la prenda) que su única pretensión era recuperar el jersey del Superbowl LI; que no buscaba acciones legales contra el infractor si lo regresaba. La NFL estuvo de acuerdo. También la justicia de allá (FBI).

Cuando entregué los jerseys hubo una negociación con las autoridades de USA y de México. Tomando en consideración la postura de Tom Brady y una recién aprobada reforma al sistema judicial mexicano, que permite a la víctima otorgar el perdón al acusado si le restituye el daño, fue entonces que se firmó un acuerdo reparatorio.

Fueron diversos los puntos que incluyó el documento, pero los más importantes para mí fueron (1) el perdón, y (2) la cláusula que tajantemente advertía que si yo revelaba el contenido del acuerdo o algo de lo sucedido, el convenio se declaraba totalmente nulo y la parte acusadora estaba en su derecho de proceder judicialmente.

Creo, y espero que así se entienda, que había razón de peso para mantener la boca cerrada, bien cerrada. Así lo hice y hubo que pagar las consecuencias.

Es válido preguntarse por qué entonces hablo ahora de algunos de esos detalles. Eso mismo me pregunté a mí mismo y así se lo hice saber a la NFL cuando tiempo después la propia liga me solicitó una entrevista a propósito del programa que realizaban acerca del partido más emocionante de una final del futbol americano, el Superbowl LI, y que incluiría la famosa historia del jersey.

Carta invitación de la NFL para la entrevista.

Me daban la oportunidad de contar mi versión. Mencioné lo del acuerdo reparatorio y me aseguraron que eso ya había quedado atrás.

Platicado el tema en casa, llegamos a la conclusión de que era una magnífica oportunidad para por fin hablar del asunto, lo que en verdad habíamos deseado.

Sabíamos que era revivir el tema, pero eran más las ventajas. Sería una entrevista profesional, sin morbo y a través de un medio más que respetado y respetable, la propia NFL. (Sobre lo que pasó con el jersey y la interacción con Tom Brady, espero escribir en el próximo artículo para así dar por concluido el tema, si a mi editor le parece bien).

Una vez que salió al aire la entrevista, no fueron pocos los periodistas de acá que volvieron a arremeter contra un servidor. ¿Qué cuánto me habían pagado? ¿Por qué di la entrevista a la NFL y no a ellos? ¿Por qué me hacían pasar ahora por víctima? Se burlaban del hecho de haber invitado a Tom Brady a la casa, etcétera, etcétera.

Aclaro que no recibí ni un peso por la entrevista. Aproveché, eso sí, la oportunidad para exponer mi sentir y ofrecer disculpas a los agraviados. No me hubiera alcanzado el dinero si yo hubiera tenido que pagar por el espacio que me dedicaron a mí y a mi familia.

No me gustaría cerrar esta parte sin dejar de señalar el lamentable comportamiento que tenemos algunos reporteros y periodistas (me incluyo yo) que con absoluta prepotencia nos creemos jueces supremos desde las páginas o espacios electrónicos donde laboramos. Hay un refrán conocido: “entre los bomberos no se pisan las mangueras”. Esto no aplica en el periodismo, según he comprobado, o al menos en mi caso.

Al negarme a dar entrevistas, recibí mensajes de parte de varios titulares de los principales noticieros de la televisión y la radio, así como de periódicos, en el sentido de que si no les otorgaba “la exclusiva” no soltarían el tema y me pondrían en mayor evidencia.

Y, en efecto, así lo hicieron. No les importó inventar historias como que estaba prófugo (jamás fui requerido); que ya me había divorciado (mi querida esposa ha sido la más incondicional de las personas y mi gran sostén, después de Dios); que estaba escondido en mi casa de Puebla (no tengo casa allá y nunca salí de mi domicilio); además de atacar a mis hijos e inventarles historias.

Reflexión: ¿Cuántas veces hice lo mismo?

 

PUNTO Y APARTE. Agradezco todos sus comentarios. En especial a Antonio Moreno Flores, a Elena Cárdenas y a José Gregorio Daniel.

Con Emmitt Smith en el Estadio Azteca. El primer autógrafo.

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EN PRIMERA PERSONA

De vuelta (III)

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El domingo 12 de marzo de 2017 acabó parte de la pesadilla que yo inicié * Firmé el jueves siguiente el acuerdo reparatorio y ningún agraviado tomó acción legal en mi contra: Ni Tom Brady ni la NFL ni el FBI ni los Patriotas ni su dueño… ¿cómo le llamaría a todo eso? No lo sé, pero sin duda que Dios obró y abrió mi camino… Una lección divina que todavía no termina

 

MAURICIO ORTEGA CAMBEROS

 

Al volver la mirada atrás, parece como una película. También luce como un despropósito y exageración de las autoridades, pero así fue. O al menos eso creo yo. Mejor juzgue Usted.

Sólo era cuestión de tiempo para que llegaran a casa en busca del jersey de Tom Brady. Así lo sabía y se lo hice saber a la familia. La decisión estaba más que tomada. Después del desatino había que enmendar lo hecho y asumir las consecuencias. La determinación fue entregar la codiciada prenda, a pesar de que algunos aconsejaban negar el hurto y hasta quemar el jersey. Créanme, lo pude haber hecho así. Nunca sabré en qué hubiera terminado ese cuento. En cambio, hoy hay paz y calma.

Gente de la PGR me comentó “en corto” que una vez que supieron quién tenía el jersey del Superbowl LI, pensaron en una estrategia bastante sencilla: acudir a mi domicilio, tocar y pedir que lo devolviera. Así nada más, pues era la única exigencia del jugador. Pero a alguien se le ocurrió proceder conforme a derecho, qué caray; o mejor dicho, hacer una gran investigación y operativo para quedar bien con el vecino país del norte, con el mismísimo Donald Trump, quien ya se había pronunciado al respecto.

Al fin y al cabo la noticia era tendencia en las redes. Había que demostrar la eficacia de la policía mexicana.

Llegó el día. Domingo 12 de marzo de 2017, a las 3 de la madrugada. Les atrasé su operativo ya que ese sábado sí fui a trabajar, lo que no acostumbraba hacer, pues era mi descanso. Calculo no menos de 50 personas. Agentes fuertemente armados con pistolas y ametralladoras. La casa estaba rodeada hasta una zona federal para evitar la fuga.

Robert Kraft, dueño de los Patriotas, junto con agentes del FBI y los jerseys recuperados.

Cerraron la carretera que conduce y sale del fraccionamiento con patrullas y camionetas. Tomaron las casetas de acceso. La calle, repleta de camionetas de lujo en las que supongo iban funcionarios de la PGR y hasta del FBI. Con potentes luces alumbraban la fachada de la casa. Apuntaban con sus armas a la puerta y ventanas. Y lo clásico: tocaron con exceso de fuerza para hacerme saber que ya habían llegado. Eso fue innecesario, pues en muchas manzanas a la redonda los vecinos ya advertían su presencia y, obvio, se escondían en espera de lo peor. Imagino sus preguntas: ¿por qué narco, multihomicida, estafador o político corrupto vendrán?

Golpearon la puerta con mucha insistencia. Esperábamos a mi hija que había ido a una reunión de amigos. Así que mi esposa salió a ver de qué se trataba. Vivió la peor experiencia de su vida, lo cual lamento profundamente y me responsabilizo de ello. Fue ¡encañonada!

Se dio la vuela y entró a la casa, sin saber de qué serían capaces de hacer. Temblorosa me dijo: “ya llegaron; te buscan”. La miré, abracé y le di un beso. Le pedí perdón una vez más.

Repito, ya habíamos acordado qué haríamos al respecto, pero esas circunstancias eran avasalladoras.

Al salir me encontré con dos subprocuradores (qué detalle, ¿no?) que encabezaban la orden de un juez para buscar el jersey. Les abrí la puerta y los invité a pasar sólo a ellos. Accedieron. En la sala conversamos del tema. Debo admitir que desde ese momento hasta el final del caso, el trato fue cordial y respetuoso. Jamás una amenaza ni una palabra altisonante. Supongo que parte de esa reacción fue por no tener ante sí a peligrosos criminales, sino a una familia temerosa y dispuesta a cooperar.

Su primera sugerencia fue que se evitara el cateo. Si tenía el jersey, que lo devolviera y ello seguramente me ayudaría en el proceso. En suma: que lo regresara de manera voluntaria. Dialogué con mi esposa y le dije que no se creyera que tendría atenuantes, como nos afirmaban. Únicamente haríamos lo que ya habíamos decidido hacer: entregarlo y esperar las consecuencias.

Tom Brady y Mauricio Ortega en los vestidores. Superbowl LI en Houston.

Sin más que pensar, entregamos el par de jerseys. Nos insistieron: tomaron la decisión correcta. Ayudantes del agente ministerio público, licenciado David Gutiérrez Ramírez, levantaron el acta de entrega-recepción. Fotos de los artículos, firmas, etcétera. Y al final, cuando ya las decenas de agentes habían vuelto a sus cuarteles, un escueto: “muchas gracias por todo”.

Me citaron para el jueves siguiente en la fiscalía para oficializar todo el desarrollo de la diligencia. “Buenos días”. Acabó parte de la pesadilla, la pesadilla que yo inicié.

Nos abrazamos; lloramos. Intenté ser realista al mencionar que si en esta ocasión no había sido detenido, no podía descartarse que en la cita agendada o en otro momento del proceso lo hicieran. Lo principal para ellos era que ya tenían los jerseys y lo demás caería por su propio peso. Eso pensaba.

Ese jueves acudí a mi cita esperando lo peor. Afuera se quedaron mi esposa, hermanos y cuñados. Ya nos habíamos despedido. Únicamente atiné a decirles que no se preocuparan, que si algo más pasaba y ya no salía, recordaran que jamás estaría solo, que ellos conocían a quien no me soltaría de la mano.

…Y Dios obró.

Diga Usted si no fue así.

Hasta ese momento se me informó que se habría de firmar el acuerdo reparatorio. Ni Tom Brady ni la NFL tomarían ya acciones legales. Tampoco el FBI ni los Patriotas ni su dueño. Lo mismo harían los propietarios del estadio de Houston y las autoridades locales y estatales. Eran muchos los agraviados. Con uno que hubiera exigido acción legal la historia hubiera sido distinta. Todos otorgaron el perdón, algunos en el documento signado y otros al no hacer más alegatos, muy a pesar de que recibían la presión de que procedieran.

Rob Gronkowski “roba” por segunda ocasión de las manos de Brady el famoso jersey.

¿Cómo así nada más?, atacaban. Muchas de esas voces, por cierto, provenían de México. Y uno de esos ciudadanos ofendidos que exigía cárcel era el expresidente que lleva sobre sus hombros la muerte de alrededor de 200 mil personas en su guerra contra el narcotráfico. Muchos de esos caídos, víctimas inocentes, llamados cínicamente “daños colaterales”. Sí ese mismo político que ahora tiene a su zar antidrogas enjuiciado en EU por un sinfín de delitos graves. Pero él ¡no lo sabía!

Salí, pues, de la fiscalía y allí estaba mi fiel y solidaria familia. Todavía lo está.

Luego siguieron varios meses de papeleo burocrático. Eso ya era lo de menos. Era cuestión de tiempo y de las gestiones legales que hacían mi defensor de oficio, el licenciado Oliver Hernández Fuentes, y mi hermano Luis Ortega Camberos en calidad de mi representante. Cuando todo concluyó finalmente, intenté dar una gratificación al abogado Oliver Hernández Fuentes. Se incomodó y todo quedó en un abrazo y apretón de manos. A mi hermano Luis, quien ya fue llamado a la presencia del Señor, lo extraño como a un padre.

Unos apuntes más para que norme su opinión, lector. Pregunté a los agentes que desde cuándo comenzaron a investigarme, pues por más que estaba atento para saber si ya me seguían, no notaba nada. Qué ingenuo. Sí lo hacían, ¡pero con drones! Así como lo oye. De la casa al trabajo y viceversa, y por donde me moviera. Eso es eficacia. Intervinieron la línea telefónica. Pusieron video- cámara en el poste de luz afuera de la casa vestidos como trabajadores de la CFE. Intentaron entrar a mi domicilio haciéndose pasar como taxistas para entregar la despensa que habíamos encargado del súper. Toda la ingeniería al servicio de la justicia. ¿Cuántos avances tendríamos hoy si así se hiciera con el crimen organizado, con la desaparición de personas, con los feminicidios? Es sólo pregunta.

 

Superbowl XLIV, con el MVP de los Santos de Nueva Orleans, Drew Bress.

 

PUNTO Y APARTE

¿Cuántos médicos han muerto durante la pandemia en México? ¿Cuántos doctores padecen hoy las graves secuelas de haberse contagiado no una, sino dos y hasta tres veces con el Covid-19 mientras atendían a los enfermos? ¿Sabe Usted que miles de médicos que cumplen con su servicio social no ganan ni un solo peso durante un año, y otros (los afortunados) obtienen menos que los “ninis” becados? ¿Y cómo les paga México a todos esos médicos? ¡Contratando 500 doctores de Cuba!

 

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EN PRIMERA PERSONA

De vuelta (1)

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A lo hecho, pecho * Agradezco una nueva oportunidad para ejercer la apasionante y delicada profesión de periodista desde las páginas y la web de una de las revistas de mayor trascendencia en la historia de México: IMPACTO

 

MAURICIO ORTEGA CAMBEROS

 

Después de cinco años de ausencia en los medios de comunicación, obligado primero por las circunstancias y después por decisión propia, he aquí que se abre una nueva oportunidad para ejercer la apasionante y delicada profesión de periodista desde las páginas y la web de una de las revistas de mayor trascendencia en la historia de México: IMPACTO.

Por supuesto que he escrito otras cosas, pero más bien personales. Aunque la mayor parte del tiempo la he dedicado a la lectura (ya les diré qué tipo de lectura), a la reflexión y a la familia.

Escribo este primer artículo no desde una redacción ni mucho menos en una oficina, sino desde el estudio de la casa, sin la prisa de la edición diaria de un periódico. Sí, en cambio, sujeto a las instrucciones de mi editor: no más de 6 mil caracteres y entregar el artículo tres días antes de su publicación.

¿Por dónde empezar y qué escribir?

Comencemos por aquí: quién soy.

Es mi deseo volver a escribir mostrando la cara, sin buscar pasar inadvertido, como si nada hubiera ocurrido. Jamás un seudónimo en estas circunstancias. ¿De qué serviría opinar ocultando la identidad de quien esto opina?

No se trata de una biografía. Cero egolatría y orgullo. La idea es comentar algunos aspectos de mi vida para conocimiento de mis editores y, en especial, de los lectores.

Sin más vueltas: la gente en general me conoció muy bien por haber sustraído (o robado si mejor le apetece) el jersey del jugador Tom Brady, de los Patriotas de Nueva Inglaterra, durante el Superbowl LI. ¿Lo recuerda? Supongo que sí.

Los medios y las redes sociales me hicieron polvo. No es queja, que conste. De este tema, espero escribir con más detalle en las próximas entregas. Espero que las haya.

Tengo ya 59 años. Ingresé a La Prensa a los 17 cuando el periódico era una cooperativa y renuncié al mismo (por obvias razones) en 2017. Dirían algunos, es toda una vida. Pues sí, fueron 34 años.

Me contrataron como ayudante, el clásico ‘office boy’, gracias a la ayuda de Víctor Manuel García Solís, en aquellos día subdirector. De ahí en adelante conté con la oportunidad de desempeñar varias responsabilidades: fui auxiliar de la Redacción, editor del suplemento dominical, reportero, jefe de Redacción y subdirector.

Como reportero hice investigaciones de toda índole, cubrí la histórica visita del Papa Juan Pablo II a Cuba y fui cronista taurino bajo la guía de José de Jesús Quezada Romo (JEQUE, era su seudónimo). Luego me quedé como titular de esa fuente. Al mismo tiempo, escribía artículos de opinión y en ocasiones los editoriales de la casa. Por supuesto, igual abordé deportes: el balompié y el americano. Desde siempre, la fiesta brava y los emparrillados han sido mi pasión.

Es en 1996 cuando don Mario Vázquez Raña (MVR), dueño de Organización Editorial Mexicana (OEM), adquiere La Prensa y me nombra director. Para él, mi gratitud eterna. Tenía yo en ese entonces 33 años. Mis colegas me felicitaban por haber sido, en aquellos días, el director más joven de un diario de esa importancia, sin que fuera hijo o familiar del dueño.

Así, en un abrir y cerrar de ojos se fueron 21 años como director. ¿Experiencias, historias y anécdotas? Un sinfín. Buenas y malas. Espero la oportunidad de relatar algunas de ellas.

Al tiempo que inicié mi vida laboral, también ingresé a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Cursé la carrera de Ciencias de la Comunicación y obtuve la licenciatura con la tesis “Teoría y Práctica de la Entrevista Periodística”, dirigida por el profesor Roberto Fernández Iglesias, con quien tuve una gran amistad. Por cierto, de Roberto tomo prestado el título de esta colaboración En Primera Persona, a manera de homenaje a su vida.

Hay un punto no menos importante: al poco tiempo de asumir la dirección, fui invitado por los expresidentes con vida del “Club Primera Plana” para presidir dicha agrupación de periodistas que en ese entonces estaba integrada por secretarios y jefes de Redacción, subdirectores y directores de medios impresos y electrónicos.

Se llamaba así el club porque sus miembros eran quienes formaban, literalmente, las primeras planas de los periódicos. Tengo entendido que el club abrió ya su membresía a todos los periodistas interesados que cumplan con los requisitos.

Vale la pena recordar un consejo que me dio MVR cuando le solicité permiso para lanzar mi candidatura (era la única) para la presidencia del club. Recibí su beneplácito con la advertencia de que tuviera en cuenta que no estaban postulando a Mauricio Ortega Camberos, sino al director del periódico.

El que entendió, entendió.

Bueno, me explico: como persona, sin el puesto, yo no les servía. Así de sencillo.

Fui electo por unanimidad y entre aclamación (lo clásico). Unos años después de terminada mi administración al lado del periodista Mario Campa Landeros, como tesorero, me enteré de que había sido dado de baja del club por inasistencias y la falta de pago de las cuotas. Tampoco hubo, ni hay hoy queja alguna de mi parte. Sólo recordé las palabras de MVR.

A raíz de lo sucedido en 2017 (el famoso jersey), algunos de los socios del club, que alguna vez presumieron nuestra amistad, lanzaron fuerte embestida contra el que esto escribe. Creo que han omitido mi nombre de la historia del club y hasta la fotografía mía fue retirada de su salón de juntas. Insisto, no hay sentimientos adversos. Todo lo contrario, éxito y larga vida al Club Primera Plana, al que ingresé gracias al reconocido periodista Eugenio Múzquiz Orendain.

Este, pues, es su servidor. Estas mis credenciales. No tapo el sol con un dedo. A lo hecho, pecho. Sí, satisfecho por lo andado y, sí también, arrepentido por los errores.

PUNTO Y APARTE. Gracias a la Familia Bustillos por abrirme las puertas. Gracias a Jorge Buendía García por ayudarme a tocarlas. Gracias al editor de IMPACTO por aceptarme. Gracias a quienes solidariamente me han tendido la mano. Gracias a mi familia, pero sobre todo gracias a Dios.

 

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