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EN PRIMERA PERSONA

De vuelta (1)

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A lo hecho, pecho * Agradezco una nueva oportunidad para ejercer la apasionante y delicada profesión de periodista desde las páginas y la web de una de las revistas de mayor trascendencia en la historia de México: IMPACTO

 

MAURICIO ORTEGA CAMBEROS

 

Después de cinco años de ausencia en los medios de comunicación, obligado primero por las circunstancias y después por decisión propia, he aquí que se abre una nueva oportunidad para ejercer la apasionante y delicada profesión de periodista desde las páginas y la web de una de las revistas de mayor trascendencia en la historia de México: IMPACTO.

Por supuesto que he escrito otras cosas, pero más bien personales. Aunque la mayor parte del tiempo la he dedicado a la lectura (ya les diré qué tipo de lectura), a la reflexión y a la familia.

Escribo este primer artículo no desde una redacción ni mucho menos en una oficina, sino desde el estudio de la casa, sin la prisa de la edición diaria de un periódico. Sí, en cambio, sujeto a las instrucciones de mi editor: no más de 6 mil caracteres y entregar el artículo tres días antes de su publicación.

¿Por dónde empezar y qué escribir?

Comencemos por aquí: quién soy.

Es mi deseo volver a escribir mostrando la cara, sin buscar pasar inadvertido, como si nada hubiera ocurrido. Jamás un seudónimo en estas circunstancias. ¿De qué serviría opinar ocultando la identidad de quien esto opina?

No se trata de una biografía. Cero egolatría y orgullo. La idea es comentar algunos aspectos de mi vida para conocimiento de mis editores y, en especial, de los lectores.

Sin más vueltas: la gente en general me conoció muy bien por haber sustraído (o robado si mejor le apetece) el jersey del jugador Tom Brady, de los Patriotas de Nueva Inglaterra, durante el Superbowl LI. ¿Lo recuerda? Supongo que sí.

Los medios y las redes sociales me hicieron polvo. No es queja, que conste. De este tema, espero escribir con más detalle en las próximas entregas. Espero que las haya.

Tengo ya 59 años. Ingresé a La Prensa a los 17 cuando el periódico era una cooperativa y renuncié al mismo (por obvias razones) en 2017. Dirían algunos, es toda una vida. Pues sí, fueron 34 años.

Me contrataron como ayudante, el clásico ‘office boy’, gracias a la ayuda de Víctor Manuel García Solís, en aquellos día subdirector. De ahí en adelante conté con la oportunidad de desempeñar varias responsabilidades: fui auxiliar de la Redacción, editor del suplemento dominical, reportero, jefe de Redacción y subdirector.

Como reportero hice investigaciones de toda índole, cubrí la histórica visita del Papa Juan Pablo II a Cuba y fui cronista taurino bajo la guía de José de Jesús Quezada Romo (JEQUE, era su seudónimo). Luego me quedé como titular de esa fuente. Al mismo tiempo, escribía artículos de opinión y en ocasiones los editoriales de la casa. Por supuesto, igual abordé deportes: el balompié y el americano. Desde siempre, la fiesta brava y los emparrillados han sido mi pasión.

Es en 1996 cuando don Mario Vázquez Raña (MVR), dueño de Organización Editorial Mexicana (OEM), adquiere La Prensa y me nombra director. Para él, mi gratitud eterna. Tenía yo en ese entonces 33 años. Mis colegas me felicitaban por haber sido, en aquellos días, el director más joven de un diario de esa importancia, sin que fuera hijo o familiar del dueño.

Así, en un abrir y cerrar de ojos se fueron 21 años como director. ¿Experiencias, historias y anécdotas? Un sinfín. Buenas y malas. Espero la oportunidad de relatar algunas de ellas.

Al tiempo que inicié mi vida laboral, también ingresé a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Cursé la carrera de Ciencias de la Comunicación y obtuve la licenciatura con la tesis “Teoría y Práctica de la Entrevista Periodística”, dirigida por el profesor Roberto Fernández Iglesias, con quien tuve una gran amistad. Por cierto, de Roberto tomo prestado el título de esta colaboración En Primera Persona, a manera de homenaje a su vida.

Hay un punto no menos importante: al poco tiempo de asumir la dirección, fui invitado por los expresidentes con vida del “Club Primera Plana” para presidir dicha agrupación de periodistas que en ese entonces estaba integrada por secretarios y jefes de Redacción, subdirectores y directores de medios impresos y electrónicos.

Se llamaba así el club porque sus miembros eran quienes formaban, literalmente, las primeras planas de los periódicos. Tengo entendido que el club abrió ya su membresía a todos los periodistas interesados que cumplan con los requisitos.

Vale la pena recordar un consejo que me dio MVR cuando le solicité permiso para lanzar mi candidatura (era la única) para la presidencia del club. Recibí su beneplácito con la advertencia de que tuviera en cuenta que no estaban postulando a Mauricio Ortega Camberos, sino al director del periódico.

El que entendió, entendió.

Bueno, me explico: como persona, sin el puesto, yo no les servía. Así de sencillo.

Fui electo por unanimidad y entre aclamación (lo clásico). Unos años después de terminada mi administración al lado del periodista Mario Campa Landeros, como tesorero, me enteré de que había sido dado de baja del club por inasistencias y la falta de pago de las cuotas. Tampoco hubo, ni hay hoy queja alguna de mi parte. Sólo recordé las palabras de MVR.

A raíz de lo sucedido en 2017 (el famoso jersey), algunos de los socios del club, que alguna vez presumieron nuestra amistad, lanzaron fuerte embestida contra el que esto escribe. Creo que han omitido mi nombre de la historia del club y hasta la fotografía mía fue retirada de su salón de juntas. Insisto, no hay sentimientos adversos. Todo lo contrario, éxito y larga vida al Club Primera Plana, al que ingresé gracias al reconocido periodista Eugenio Múzquiz Orendain.

Este, pues, es su servidor. Estas mis credenciales. No tapo el sol con un dedo. A lo hecho, pecho. Sí, satisfecho por lo andado y, sí también, arrepentido por los errores.

PUNTO Y APARTE. Gracias a la Familia Bustillos por abrirme las puertas. Gracias a Jorge Buendía García por ayudarme a tocarlas. Gracias al editor de IMPACTO por aceptarme. Gracias a quienes solidariamente me han tendido la mano. Gracias a mi familia, pero sobre todo gracias a Dios.

 

EN PRIMERA PERSONA

De vuelta (V)

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No hubo plan alguno, pero nada justifica lo realizado… aunque bien sé que continuarán con sus hipótesis y lindos comentarios

 

MAURICIO ORTEGA CAMBEROS

 

Llegó el Superbowl XLIX. Patriotas enfrentó a los Halcones Marinos de Seatle. Tom Brady se impondría a Russell Wilson. Una intercepción en la penúltima jugada en la zona de anotación de Malcolm Butler acabó con el sueño de los Halcones. Pésima decisión del coach Pete Carroll, pues sólo tenía que mandar a su corredor Marshawn Lynch a avanzar una yarda. Era una jugada de librito, pero quiso humillar a Bill Belichick, pero el humillado fue él.
Bajé de la zona asignada a los reporteros, en el estadio de Arizona, 5 minutos antes del final. Estuve en la cancha durante la entrega del trofeo Vince Lombardi. Acudí al área de prensa para las entrevistas de rigor y, después, estuve en los vestidores de los Patriotas.
¿Por qué este relato? Por la insistencia que han tenido (cada quien en su tiempo) agentes del FBI, la NFL, reporteros de México y aficionados en general. ¿Morbo? Tal vez. En fin, así fueron los hechos que tampoco había revelado antes.

Aquí con el 7 veces ganador del Trofeo Vince Lombardi. Superbowl XXXIX en Jacksonville.

En los vestidores como de costumbre: entrevistas y fotos de todos a todos. Un caos. Me percaté que varios jóvenes al servicio del estadio ayudaban a recoger los cascos, pantalones, zapatos, jerseys y demás indumentaria y los colocaban en un contenedor de ropa sucia o dentro de las maletas de los jugadores.
Uno de esos ayudantes envolvió un jersey y lo colocó sospechosamente no en el mencionado bote, sino a un lado, escondido. Miraba nervioso a todos lados. Siguió recorriendo y levantando la ropa. Ni tardo ni perezoso, dejé que se alejara un poco y de repente moví el jersey y vi que decía ¡BRADY! Ya en mis manos, no lo solté. El muchacho regresó y buscó; removió todo, pero nada encontró.

Kurt Warner firma sus tenis utilizados en el Estadio Azteca. Arizona enfrentó a San Francisco.

Hasta febrero de 2017, el propio Tom Brady se enteró que el jersey que tenía en su casa no era el que había usado en el juego. ¿Qué pasó? Seguramente quienes manejan los uniformes le entregaron el segundo jersey que tenían listo en caso de alguna avería del primero. “Lo lavamos”, supongo que le habrían dicho, sin saber en realidad qué pasó con el bueno.
Como se ve, no fue nada elaborado. No hubo plan alguno. Nada justifica, en cambio, lo realizado. Espero no se tome este relato como un acto de cinismo. Todo lo contrario, ya que estoy dando mi versión de lo sucedido, no quiero obviar nada, ni tampoco que se especule más ni se creen nuevas historias. Aunque bien sé que continuarán con sus hipótesis y lindos comentarios.

Anthony Wright, QB suplente de Gigantes de NY, me entregó sus zapatos utilizados en el SB XLII que ganó con Eli Manning al frente.

Ya en casa tenía muchos artículos valiosos de la NFL. Todo, absolutamente todo, adquirido legalmente durante casi 17 años a través de las casas de subastas especializadas y de la propia NFL. Igual, aunque parezca increíble, algunos jugadores me obsequiaron zapatos y guantes en los vestidores. Kurt Warner, por ejemplo, lo hizo en el Estadio Azteca. Anthony Wright, QB sustituto de los Gigantes de Nueva York, hizo lo mismo en el SB XLII. Claro, había que pedírselos.
Quizá la motivación de “tomar prestado” ese jersey y el del SB LI fue que, sin duda, ni yo ni ningún otro aficionado tendría jamás acceso a esos recuerdos. No se trataba de su precio, pues no había (ni hay) dinero que pudiera comprarlos, ya que Brady nunca los soltaría, a menos que done alguno al Museo del Salón de la Fama.
Con el segundo jersey pasó casi lo mismo. Entré a la cancha antes que el resto de los reporteros y fotógrafos. Tras la premiación, llegué a los vestidores junto con los jugadores por la puerta de acceso que da al campo. Mientras, los medios aguardaban por otra puerta.

Jerry Rice, el mejor receptor de todos los tiempos, me prestó uno de sus anillos de campeón, durante el SB XLIII en Tampa, Florida.

Tom Brady se percató que su jersey no estaba en el locker. Los reporteros aún no habían entrado. No había adentro nadie ajeno a los Patriotas ni a la seguridad del estadio. ¡Ah, pero claro!, quien esto narra era el intruso. Hasta saludé y me tomé fotos con el jugador que ya es cinco veces el MVP del SB. Brady lo sabía, lo recordaba. No había mucho que pensarle. Aún más, cuando le pedí la selfie al mariscal de campo, el fotógrafo oficial de los Pats tuvo el tino de registrar ese momento. La suerte estaba echada.
Sólo era cuestión de tiempo para que Brady me identificara por nombre. Supongo que al paso de los días y las semanas, tanto el jugador como los Patriotas y la propia NFL esperaban que el famoso recuerdo no fuera a tener un final no deseado, cualquiera que este pudiera ser. No fue así, gracias a Dios.
Al regresar a México lo primero que estalló en mi cabeza fue el enterarme que Tom Brady había denunciado en los mismos vestidores que su jersey había sido robado. “Se acabó”, me dije. No lo supe hasta acá, en la ciudad capital. De haberlo sabido antes… Si me hubiera quedado en los vestidores unos minutos más… Algo hubiera hecho, pero el hubiera no existe.

Con el “más grande de todos los tiempos”, Muhammad Ali.

Hubo la versión de que un joven aficionado de Nueva Inglaterra dio la pista de quién lo podría haber sustraído. Ayudó, sí, pero el camino ya estaba trazado. Su testimonio dio fuerza a la línea de investigación. No hay delito perfecto, se dice bien. A ese joven, a quien le compré un jersey usado por Deion Branch (otro MVP de los Patriotas), le compartí tiempo atrás la foto de la playera del SB 49. No dudó en hacerlo saber a las autoridades cuando sucedió lo del SB 51. Hizo bien.
El resto es historia y ya la conté.
Sólo agregaría que jamás pensé en vender o intercambiar los jerseys. Eran valiosos souvenirs para la colección. Siempre supe lo valiosos que eran monetariamente. Cuando estaba seguro de que darían conmigo, los guardé con mucho más cuidado, pues entendía que esa podría ser mi única moneda de cambio, de negociación. Y así fue.

El mismísimo Joe Montana en una de las convenciones de deportistas. Fue un enorme gusto estrechar su mano.

No sólo eso: ya había acordado con mi familia que procedería de manera recta y leal, aceptando la responsabilidad, devolviendo las playeras y pagando las consecuencias. Bíblicamente, caminaría cristianamente; admitiría y confesaría el robo; pediría perdón a Dios y al agraviado; restituiría o pagaría el daño causado; asumiría las consecuencias de mis actos y buscaría, sinceramente, el arrepentimiento. Así ha sido hasta ahora.
No hay casualidades. Estoy leyendo el libro “Tus Cicatrices son Hermosas para Dios”, de Sharon Jaynes. Hay frases y pasajes que los hago míos a propósito del presente relato. La autora comparte que durante meses recibió este mensaje de Arriba: “No te avergüences de tus heridas”. No lo estoy, respondía ella y agregaba: “cuento mis historias con lujo de detalle por donde voy”. Entonces recibió otro mensaje: “Hay más. Ayuda a otros a entender”.

Abordé a Ben Roethlisberger justo al término del SB XLIII. Antes, ya había ganado también el XL con los Acereros de Pittsburgh.

Creo que el testimonio propio es lo más honesto y firme que uno puede hacer. No consejos, tampoco recetas ni estrategias, sino platicar lo que se ha vivido en carne propia. Lo que Cristo ha hecho por y en uno. El autor Rick Warren dice, con razón, que los no creyentes pierden el interés si citas a teólogos, pero se sienten atrapados acerca de experiencias que ellos no han vivido.
Es mi deseo que lo hasta ahora escrito cumpla un propósito periodístico, pero sería mucho mejor si al final mueve a la reflexión y ayuda a que nuestros corazones sean más humanos y menos de piedra.

Tom Brady, justo en el momento en que se dio cuenta que su jersey del SB LI había desaparecido.

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EN PRIMERA PERSONA

De vuelta (IV)

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Todo comenzó como un juego y terminó en adicción * Fui testigo de cómo algunos periodistas y gente de la misma seguridad de los vestidores tomaban artículos utilizados por los jugadores durante el Super Bowl y se los “guardaban”

MAURICIO ORTEGA CAMBEROS

Asistí a mi primer Superbowl en 2002. Por invitación de mi amigo de toda la vida, Antonio Moreno, acudimos a Nueva Orleans al encuentro de los Carneros de San Luis contra los Patriotas de Nueva Inglaterra.
El favorito era el equipo de Kurt Warner, quien buscaba su segundo campeonato. Del otro lado, aparecía un jugador casi desconocido: Tom Brady, quien ocupó el puesto de Drew Bledsow por una lesión. De ahí en adelante Brady jamás dejaría el puesto de titular hasta que decidió abandonar a los Pats.

Con el equipo que se desplazó desde Nueva York.

Antes, se celebró en México el American Bowl en el Estadio Azteca en 1994, entre los Vaqueros de Dallas y los Petroleros de Houston.
Entrada récord para un partido de la NFL, pues fueron más de 112 mil asistentes. Ahí se dio mi primer acercamiento con la alucinante NFL. Acudí en calidad de reportero y la experiencia resultó épica.
Conocer personalmente a Emmitt Smith, Troy Aikman, Michael Irving y a todos esos jugadores que ganaron 3 títulos del SB fue inolvidable. Entrevistas, sí, pero para ser sinceros lo mejor fueron las selfies y los autógrafos obtenidos.
Hubo otros juegos en la CDMX. Miami contra Denver, es decir, Dan Marino vs. John Elway. Arizona contra San Francisco; Kurt Warner (quien no jugó) vs. Alex Smith. Sólo por recordar algunos.

En 1999, el entonces presidente Ernesto Zedillo me entregó el diploma por haber ganado “La Prensa” el Premio Nacional de Periodismo en el rubro de fotografía.

Para qué le cuento la experiencia vivida. Desde los 5 años de edad comencé a seguir los partidos de la NFL. En ese entonces, casi todos los domingos transmitían los juegos de los Vaqueros de Dallas por canal 13. Ese ha sido siempre mi equipo, no los Pats.
Aquella final del 2002 la ganó Tom Brady con el gol de campo de último segundo de Adam Vinatieri. Fue un encuentro con la mayor vigilancia posible, pues se daba después del ataque a las Torres Gemelas en septiembre de 2001.
En ese entonces supe que medios mexicanos y sus reporteros eran acreditados para los partidos finales. Qué caray, yo en el periódico de mayor circulación y como director tenía que asistir. Y así fue. Calculo unos 12 o 13 viajes al Superbowl.
La verdadera fiesta era durante la semana anterior al gran partido. Entrevistas a los participantes de los equipos finalistas. Acercamiento al mundo de la NFL en los centros de prensa a donde acuden los dueños, jugadores en activo y retirados de todos los equipos; artistas y hasta cantantes.

Entrevista con el comandante Fidel Castro en Cuba.

Es cierto, más que a trabajar, iba a disfrutar: más fotos, todas las fotos posibles, y más autógrafos. Pero que conste que no era yo el único directivo de un medio mexicano que hacía eso. Por allá me encontraba y saludaba a jefes y dueños de diarios, de estaciones de radio y canales de televisión.
Claro que tampoco iban a laborar. Ellos también acreditaban a su equipo de periodistas y fotógrafos. Aún más, la NFL era consciente de ello. No pasaba nada. La liga sólo daba las acreditaciones. Había que pagar vuelos, hospedaje y comida.
Además de lo anterior, comencé a acudir dos o tres ocasiones al año a las convenciones de deportistas que organizan varias empresas para conocer, saludar, tomarse fotos y obtener autógrafos de todo tipo de atletas. Todo cuesta y bastante, por cierto.
Así conocí a leyendas como Muhammad Ali, Hank Aaron, Magic Johnson, Roger Staubach, Terry Bradshaw y Michael Jordan, por mencionar únicamente a algunas de las decenas o centenas que vi en vivo y directo. Pero en México sucedía igual. No dejé escapar a Pelé, Maradona, Tony Dorsett y todo deportista leyenda que acudía a la ciudad capital. Lo mismo ocurrió con los boxeadores, toreros, futbolistas y atletas olímpicos mexicanos.

Asamblea del Club Primera Plana en 1998. Rendí mi informe como presidente. Me acompañan Fernando González Mora y Víctor Manuel García Solís.

Y por si lo anterior no fuera suficiente, descubrí las casas de subastas donde ponen al mejor postor los jerseys, cascos, balones, pelotas de béisbol, bats, tenis, balones de basquetbol, guantes de box y todo lo que Usted pueda imaginar que han usado los mejores atletas y deportistas del mundo. Es toda una industria la venta de autógrafos, objetos usados y memorabilia.
Experimentemos, me dije. Todo comenzó como un juego y diversión. No había nada de malo en todo lo anterior (ni siquiera en la cacería de atletas para las selfies). Era un gusto personal. Pero sin darme cuenta, me volví fanático. Las cosas comenzaban a salirse de control. Las prioridades carecían de razón. Inversión de mucho tiempo y dinero en lugar de dedicar el espacio a la casa y los ahorros.
En suma: el gusto derivó en idolatría, sí, idolatría a los jugadores y la miemorabilia. Había puesto en el centro de mi atención a ese hobby en lugar de mi familia y de Dios. Era cuestión de tiempo para caer. Lo mío era ya como lo de un apostador, un jugador de cartas o un alcohólico. Una verdadera adicción; y como todas, muy dañina.
Admitiendo lo anterior, puedo afirmar que no estaba endiosado con Tom Brady. Le explico. Durante los más de 10 Superbowls que acudí, en seis o siete estuvo presente el que es ahora el mejor jugador de todos los tiempos. No había más, acudía a sus entrevistas, le solicitaba la foto del recuerdo y estrechaba su mano. Eso sucedía con todos los jugadores estrellas.

Ciudad de México, con el Rey Pelé.

No tengo la menor duda que Brady, aunque no me conocía por nombre, ya me identificaba bien por tanto encuentro. Sólo sonreía al verme.
Y permítame platicarle algo que es verdad. Cuando empecé a acudir a las entrevistas en los vestidores del equipo ganador del SB todo era una gran celebración, una verdadera pachanga y absoluto caos. Yo iba a lo mío: por el saludo, la foto con los campeones, pisar el terreno de juego, subir a la plataforma donde suben los ganadores y en un par de ocasiones hasta tocar el trofeo Vince Lombardi.
¿Qué más podía pedir o desear? Nada, según creía.
Durante la cuarta o quinta ocasión que entré a los vestidores me percaté que algunos periodistas se apresuraban más de la cuenta para entrar. Ya adentro y en medio de esos festejos y caos, fui testigo de cómo algunos periodistas y gente de la misma seguridad de los vestidores tomaban artículos utilizados por los jugadores durante los partidos y se los “guardaban”. Había que hacerlo pronto y ganarle a la gente del equipo que de inmediato juntaba y guardaba las prendas. Continuará.

Con Irving “Magic” Johnson, en Los Ángeles.

PUNTO Y APARTE
Vaya despropósito tienen las autoridades al manejar la posibilidad de una nueva verificación de los automóviles. Dice AMLO que no pasará, pero cuando el río suena… Quieren revisar la carrocería, frenos, defensas, amortiguadores, luces y hasta el claxon para que estén en perfecto estado. De lo contrario, no podrían circular. El pago por la inspección ronda por los mil pesos. No son iguales a los anteriores… ¡son peores!
Mejor que supervisen los actuales verificentros, pues la corrupción ya galopa como antes. Un moche y su coche pasa. Los ganones son los dueños de esos centros y, obvio, las autoridades que se hacen de la vista gorda. Los automovilistas no escapan de la culpa. ¿Corrupción? No, ¡esa ya se acabó!

Joseph Zucco, productor de NFL Media, encabezó la entrevista en México

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EN PRIMERA PERSONA

De vuelta (III)

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El domingo 12 de marzo de 2017 acabó parte de la pesadilla que yo inicié * Firmé el jueves siguiente el acuerdo reparatorio y ningún agraviado tomó acción legal en mi contra: Ni Tom Brady ni la NFL ni el FBI ni los Patriotas ni su dueño… ¿cómo le llamaría a todo eso? No lo sé, pero sin duda que Dios obró y abrió mi camino… Una lección divina que todavía no termina

 

MAURICIO ORTEGA CAMBEROS

 

Al volver la mirada atrás, parece como una película. También luce como un despropósito y exageración de las autoridades, pero así fue. O al menos eso creo yo. Mejor juzgue Usted.

Sólo era cuestión de tiempo para que llegaran a casa en busca del jersey de Tom Brady. Así lo sabía y se lo hice saber a la familia. La decisión estaba más que tomada. Después del desatino había que enmendar lo hecho y asumir las consecuencias. La determinación fue entregar la codiciada prenda, a pesar de que algunos aconsejaban negar el hurto y hasta quemar el jersey. Créanme, lo pude haber hecho así. Nunca sabré en qué hubiera terminado ese cuento. En cambio, hoy hay paz y calma.

Gente de la PGR me comentó “en corto” que una vez que supieron quién tenía el jersey del Superbowl LI, pensaron en una estrategia bastante sencilla: acudir a mi domicilio, tocar y pedir que lo devolviera. Así nada más, pues era la única exigencia del jugador. Pero a alguien se le ocurrió proceder conforme a derecho, qué caray; o mejor dicho, hacer una gran investigación y operativo para quedar bien con el vecino país del norte, con el mismísimo Donald Trump, quien ya se había pronunciado al respecto.

Al fin y al cabo la noticia era tendencia en las redes. Había que demostrar la eficacia de la policía mexicana.

Llegó el día. Domingo 12 de marzo de 2017, a las 3 de la madrugada. Les atrasé su operativo ya que ese sábado sí fui a trabajar, lo que no acostumbraba hacer, pues era mi descanso. Calculo no menos de 50 personas. Agentes fuertemente armados con pistolas y ametralladoras. La casa estaba rodeada hasta una zona federal para evitar la fuga.

Robert Kraft, dueño de los Patriotas, junto con agentes del FBI y los jerseys recuperados.

Cerraron la carretera que conduce y sale del fraccionamiento con patrullas y camionetas. Tomaron las casetas de acceso. La calle, repleta de camionetas de lujo en las que supongo iban funcionarios de la PGR y hasta del FBI. Con potentes luces alumbraban la fachada de la casa. Apuntaban con sus armas a la puerta y ventanas. Y lo clásico: tocaron con exceso de fuerza para hacerme saber que ya habían llegado. Eso fue innecesario, pues en muchas manzanas a la redonda los vecinos ya advertían su presencia y, obvio, se escondían en espera de lo peor. Imagino sus preguntas: ¿por qué narco, multihomicida, estafador o político corrupto vendrán?

Golpearon la puerta con mucha insistencia. Esperábamos a mi hija que había ido a una reunión de amigos. Así que mi esposa salió a ver de qué se trataba. Vivió la peor experiencia de su vida, lo cual lamento profundamente y me responsabilizo de ello. Fue ¡encañonada!

Se dio la vuela y entró a la casa, sin saber de qué serían capaces de hacer. Temblorosa me dijo: “ya llegaron; te buscan”. La miré, abracé y le di un beso. Le pedí perdón una vez más.

Repito, ya habíamos acordado qué haríamos al respecto, pero esas circunstancias eran avasalladoras.

Al salir me encontré con dos subprocuradores (qué detalle, ¿no?) que encabezaban la orden de un juez para buscar el jersey. Les abrí la puerta y los invité a pasar sólo a ellos. Accedieron. En la sala conversamos del tema. Debo admitir que desde ese momento hasta el final del caso, el trato fue cordial y respetuoso. Jamás una amenaza ni una palabra altisonante. Supongo que parte de esa reacción fue por no tener ante sí a peligrosos criminales, sino a una familia temerosa y dispuesta a cooperar.

Su primera sugerencia fue que se evitara el cateo. Si tenía el jersey, que lo devolviera y ello seguramente me ayudaría en el proceso. En suma: que lo regresara de manera voluntaria. Dialogué con mi esposa y le dije que no se creyera que tendría atenuantes, como nos afirmaban. Únicamente haríamos lo que ya habíamos decidido hacer: entregarlo y esperar las consecuencias.

Tom Brady y Mauricio Ortega en los vestidores. Superbowl LI en Houston.

Sin más que pensar, entregamos el par de jerseys. Nos insistieron: tomaron la decisión correcta. Ayudantes del agente ministerio público, licenciado David Gutiérrez Ramírez, levantaron el acta de entrega-recepción. Fotos de los artículos, firmas, etcétera. Y al final, cuando ya las decenas de agentes habían vuelto a sus cuarteles, un escueto: “muchas gracias por todo”.

Me citaron para el jueves siguiente en la fiscalía para oficializar todo el desarrollo de la diligencia. “Buenos días”. Acabó parte de la pesadilla, la pesadilla que yo inicié.

Nos abrazamos; lloramos. Intenté ser realista al mencionar que si en esta ocasión no había sido detenido, no podía descartarse que en la cita agendada o en otro momento del proceso lo hicieran. Lo principal para ellos era que ya tenían los jerseys y lo demás caería por su propio peso. Eso pensaba.

Ese jueves acudí a mi cita esperando lo peor. Afuera se quedaron mi esposa, hermanos y cuñados. Ya nos habíamos despedido. Únicamente atiné a decirles que no se preocuparan, que si algo más pasaba y ya no salía, recordaran que jamás estaría solo, que ellos conocían a quien no me soltaría de la mano.

…Y Dios obró.

Diga Usted si no fue así.

Hasta ese momento se me informó que se habría de firmar el acuerdo reparatorio. Ni Tom Brady ni la NFL tomarían ya acciones legales. Tampoco el FBI ni los Patriotas ni su dueño. Lo mismo harían los propietarios del estadio de Houston y las autoridades locales y estatales. Eran muchos los agraviados. Con uno que hubiera exigido acción legal la historia hubiera sido distinta. Todos otorgaron el perdón, algunos en el documento signado y otros al no hacer más alegatos, muy a pesar de que recibían la presión de que procedieran.

Rob Gronkowski “roba” por segunda ocasión de las manos de Brady el famoso jersey.

¿Cómo así nada más?, atacaban. Muchas de esas voces, por cierto, provenían de México. Y uno de esos ciudadanos ofendidos que exigía cárcel era el expresidente que lleva sobre sus hombros la muerte de alrededor de 200 mil personas en su guerra contra el narcotráfico. Muchos de esos caídos, víctimas inocentes, llamados cínicamente “daños colaterales”. Sí ese mismo político que ahora tiene a su zar antidrogas enjuiciado en EU por un sinfín de delitos graves. Pero él ¡no lo sabía!

Salí, pues, de la fiscalía y allí estaba mi fiel y solidaria familia. Todavía lo está.

Luego siguieron varios meses de papeleo burocrático. Eso ya era lo de menos. Era cuestión de tiempo y de las gestiones legales que hacían mi defensor de oficio, el licenciado Oliver Hernández Fuentes, y mi hermano Luis Ortega Camberos en calidad de mi representante. Cuando todo concluyó finalmente, intenté dar una gratificación al abogado Oliver Hernández Fuentes. Se incomodó y todo quedó en un abrazo y apretón de manos. A mi hermano Luis, quien ya fue llamado a la presencia del Señor, lo extraño como a un padre.

Unos apuntes más para que norme su opinión, lector. Pregunté a los agentes que desde cuándo comenzaron a investigarme, pues por más que estaba atento para saber si ya me seguían, no notaba nada. Qué ingenuo. Sí lo hacían, ¡pero con drones! Así como lo oye. De la casa al trabajo y viceversa, y por donde me moviera. Eso es eficacia. Intervinieron la línea telefónica. Pusieron video- cámara en el poste de luz afuera de la casa vestidos como trabajadores de la CFE. Intentaron entrar a mi domicilio haciéndose pasar como taxistas para entregar la despensa que habíamos encargado del súper. Toda la ingeniería al servicio de la justicia. ¿Cuántos avances tendríamos hoy si así se hiciera con el crimen organizado, con la desaparición de personas, con los feminicidios? Es sólo pregunta.

 

Superbowl XLIV, con el MVP de los Santos de Nueva Orleans, Drew Bress.

 

PUNTO Y APARTE

¿Cuántos médicos han muerto durante la pandemia en México? ¿Cuántos doctores padecen hoy las graves secuelas de haberse contagiado no una, sino dos y hasta tres veces con el Covid-19 mientras atendían a los enfermos? ¿Sabe Usted que miles de médicos que cumplen con su servicio social no ganan ni un solo peso durante un año, y otros (los afortunados) obtienen menos que los “ninis” becados? ¿Y cómo les paga México a todos esos médicos? ¡Contratando 500 doctores de Cuba!

 

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