En su posible regreso a la Fórmula 1 * Con sed de revancha y renovados bríos, ésta sería la oportunidad dorada para que Pérez cierre su carrera como su trayectoria lo dicta, bajo sus propios términos y condiciones
DIEGO CASTILLO
El inicio de la temporada Fórmula 1 2025 ha dejado claramente expuesto que la escudería Red Bull Racing es un castillo de naipes.
El equipo taurino sólo le soltó las riendas por dos carreras al neozelandés Liam Lawson y ahora ha sido reemplazado por Yuki Tsunoda previo al Gran Premio de Japón en el mítico circuito de Suzuka.
Liam Lawson había sido el elegido por Christian Horner, Helmut Marko y compañía para reemplazar a Checo Pérez; tal era su convicción que decidieron finiquitar el contrato del piloto jalisciense un año antes de su expiración.
Sin embargo, el asiento al lado de Max Verstappen no ha sido más que un cáliz envenenado para todos los pilotos jóvenes que han ascendido a ese lugar.
Sólo Pérez pudo traer algo de estabilidad y experiencia a ese rol. Cuando las cosas se empezaron a derrumbar la temporada pasada, él fue el primero en sonar las alarmas sobre el coche que había sido tan imbatible, pero se empezaban a ver fisuras en la armadura.
Lo mejor para ambos lados -después de un fin de temporada tan tempestuoso- fue una separación.
El error de Red Bull fue promover a Lawson y no a Tsunoda en primer lugar. Lejos de ser el cascarrabias irascible que conocimos al principio de su carrera en Fórmula 1, Tsunoda había mostrado la maduración suficiente -sobre todo durante su etapa como coequipero de Daniel Ricciardo- para dar el salto al primer equipo.
El error convirtió a la bola de nieve en avalancha cuando Red Bull decidió tenerle mínima paciencia a Lawson.
Dos carreras no es un periodo justo para juzgar a un piloto. Ahora, también Verstappen ha aireado frustraciones con la maquinaria que le ha dado los últimos cuatro campeonatos del mundo.
Christian Horner ha jugado su última carta, ya no tiene balas su revólver.
Pase lo que pase, Yuki Tsunoda tiene que ser el compañero de Verstappen hasta que termine la temporada.
Y será mejor que se pongan las pilas para preparar el coche para la temporada 2026 con todas las nuevas regulaciones que están en puerta.
Max Verstappen está descontento con la dirección que Red Bull ha tomado y del otro lado del paddock, Lawrence Stroll le ha estado guiñando el ojo para que se cambie al verde de Aston Martin.
Esa escudería trabajará con motores Honda en coches diseñados por Adrian Newey, una combinación que el tetracampeón tulipán conoce a la perfección y le ha redituado grandes resultados a lo largo de su carrera.
Si Red Bull pierde a Verstappen, regresarán a sus raíces de Minardi a velocidad de recta en Monza con DRS abierto.
Y hablando de guiños, alguien que ha estado siguiendo la situación de Liam Lawson con Red Bull es Mario Andretti.
Eso es importante porque el legendario piloto norteamericano regresa a Fórmula 1 con la marca Cadillac para 2026.
En ese curso intentará hacer algo que hasta ahora ha parecido imposible, plantar la bandera estadounidense en la categoría reina del automovilismo y dejar huella.
El propio Andretti comentó recientemente sobre el abrupto cese de Lawson y él que salía mejor reflejado de esta situación era Checo Pérez.
Andretti no ha sido misterioso o privado sobre cómo quiere formar su pareja de pilotos inaugural en Fórmula 1. Quiere un piloto estadounidense joven, acompañado de alguien con amplia experiencia en el circuito.
El elegido para el primer asiento sería Colton Herta, hijo del ex piloto Brian Herta y subcampeón de la IndyCar Series en 2024.
Todo parece indicar que el sensei que guiará al joven Herta será Sergio Pérez en su posible regreso a la Fórmula 1.
Mientras más se derrumbe la casa Red Bull más brillante se verá la figura de Sergio Pérez desde la distancia.
Con sed de revancha y renovados bríos, ésta sería la oportunidad dorada para que Checo cierre su carrera en Fórmula 1 como su trayectoria lo dicta, bajo sus propios términos y condiciones.
Perdió todo en una noche en Zaire: su título, su invicto, su identidad y su rumbo * Dos máximas del boxeo que pueden ser aplicadas a la vida misma: No importa cuántas veces te caigas, sino cuántas y como te levantas. Y sí, la edad es sólo un número. Ese es el legado de George Edward Foreman
DIEGO CASTILLO
El 30 de octubre de 1974, George Foreman llegó a Kinshasa, Zaire, como campeón mundial de peso pesado.
En esa época, una dorada para el pugilismo, el monarca de esa categoría era una de las personas más famosas y celebradas del mundo.
Foreman estaba en el continente africano para defender su título mundial ante Muhammad Ali. Aunque el nombre conllevaba un aura mítico, las apuestas y los expertos estaban del lado del campeón y vaticinaban un futuro aterrador para el retador.
Ali había sido desterrado del boxeo por su negación a sumarse a las Fuerzas Armadas estadounidenses en Vietnam. Su acto de desafío ante el gobierno lo alejó del cuadrilátero por casi cinco años.
En su regreso al ring había perdido las dos primeras peleas de su carrera, primero contra Joe Frazier y luego contra Ken Norton. Ambos fueron vapuleados por Foreman vía knockout técnico en el segundo round.
El enorme texano tenía una fuerza en sus guantes que nadie había visto y muchos temían por el futuro de Ali y su sueño de recuperar el título que nunca perdió.
La historia la cuentan los ganadores y ya todos sabemos que Ali se convirtió en el primer hombre en recuperar el cinturón de peso pesado y se consagró como la leyenda más grande del boxeo y del deporte en el siglo XX.
Pero hoy veremos el otro lado de la moneda, la de aquel que perdió todo en esa noche en Zaire, su título, su invicto, su identidad y su rumbo. Hoy toca ver el lado de George Foreman, quien la semana pasada perdió la vida a los 76 años de edad.
George Edward Foreman nació en Marshall, Texas, el 10 de enero de 1949 y fue criado en el distrito del Quinto Pabellón en Houston.
Su familia vivía en pobreza extrema y no fue hasta los 18 años que se subió al cuadrilátero. Previamente, estaba inscrito en un programa de iniciativa social aprendiendo a ser carpintero y electricista.
Poco más de un año después se subió a un avión por primera vez en su vida con destino a la Ciudad de México para competir en los Juegos Olímpicos de 1968.
En la pelea final se enfrentó a Jonas Cepulis, un peleador lituano representando a la Unión Soviética, que de amateur tenía lo que Chava Reyes tenía de americanista.
Se había subido al ring más de 200 veces y a sus 29 años, los Olímpicos de México eran sus terceros.
A pesar de la desigualdad en experiencia, Foreman le estropeó el físico a Cepulis de tal manera que el referee se vio obligado a frenar el combate en el segundo asalto.
Fue así como Foreman se quedaría con la presea dorada.
George no perdería el tiempo y se embarcó en una carrera profesional que solo tenía como meta ser campeón mundial en los próximos cinco años, acumularía una racha de 37 combates sin derrota con 32 de ellos acabando por la vía del cloroformo.
El campeón en ese entonces era Smokin Joe Frazier, quien había sido el primero en mandar a Muhammad Ali a la lona.
Su gancho izquierdo era un arma de destrucción masiva y ese era el obstáculo que Foreman tendría que sortear para cumplir sus sueños de ser campeón mundial.
En el Estadio Nacional de Jamaica, en Kingston, el 22 de enero de 1973, apenas seis años de aprender a boxear, Foreman estalló sus puños en la humanidad de Frazier y cinco minutos después de que iniciara la pelea ya ostentaba los cinturones que lo coronaban como el hombre más peligroso del mundo.
Foreman defendió su título con éxito en dos ocasiones, la primera contra José Román, el primer puertorriqueño en retar por la corona de los pesados.
La segunda defensa fue contra Ken Norton, lo que dejaba a Ali y la ya conocida y mencionada Pelea en la Selva.
Tras su derrota, George se ausentó del ring por dos años y sólo peleó por dinero en exhibiciones que pertenecían a un circo y no eran dignas de un ex campeón mundial.
Tras una pelea contra Jimmy Young, la segunda derrota de su carrera, Foreman sufrió un episodio cardiaco tras un golpe de calor y decidió retirarse del boxeo sin buscar recuperar su título perdido.
Al dejar atrás el boxeo, encontró su segunda vocación, la religión y se convirtió en un pastor cristiano.
Lejos en el retrovisor quedó la imagen bestial del golpeador más temido del boxeo y fue reemplazada por un amable clérigo con pinta de oso de peluche.
Malas inversiones lo dejaron al borde de la bancarrota y por eso tuvo que dejar a un lado la iglesia y regresar a su primer santuario, diez años después de dejarlo.
En 1987 comenzaría la segunda carrera de George y en 1994, tras una serie de victorias, lo dejaría como el contendiente número uno por el título mundial de peso pesado.
Su rival sería Michael Moorer, el primer zurdo en ser poseedor del cinturón más codiciado en el boxeo.
La diferencia de edad era casi de 20 años y si en su última pelea como campeón, Foreman parecía el Hombre de Acero, ahora estaba mucho más cercano en apariencias al Hombre Michelín.
Moorer subestimó a Foreman y aunque el viejo ya no se movía como antes, el poder de sus puños seguía siendo titánico.
Un derechazo fue lo que bastó para retomar su corona con 45 años y 299 días de edad, el campeón mundial más antiguo en la historia del boxeo.
George utilizó los mismos pantaloncillos de aquella endemoniada noche en Zaire donde lo perdió todo ante Ali, personificando dos máximas del boxeo que pueden ser aplicadas a la vida misma: No importa cuántas veces te caigas, sino cuántas y como te levantas. Y sí, la edad es sólo un número.
Ese es el legado de George Edward Foreman. Descanse en paz.
Los cánones del balompié le permitirán al de Tepeji llegar a una Copa del Mundo como el artífice del Tricolor * México busca recuperar algo del prestigio futbolístico que se perdió en Qatar y no se ha encontrado en los años siguientes * Con un Raúl enchufado en su arco de revancha, el Tri tiene la oportunidad de hacer un Mundial decoroso en casa
DIEGO CASTILLO
El 29 de noviembre de 2020 cambiaría la vida de Raúl Jiménez en un instante. Una colisión en un tiro de esquina con David Luiz lo dejaría con una fractura de cráneo que pondría en duda su continuidad en las canchas.
La lesión llegó en el momento que Raúl ya estaba consagrado como ídolo del Wolverhampton Wanderers. Justo en la temporada anterior los Wolves habían tenido una excursión por competencias europeas que los puso hombro con hombro con los gigantes del Viejo Continente.
La potencia de ese equipo inglés provenía de la asociación que forjó el delantero mexicano con Adama Traore, quien lo ayudó a meter 27 goles en 55 partidos.
Es decir, cuando vino el choque con David Luiz, Raúl Jiménez era claramente el mejor jugador mexicano y la máxima figura de cara al Mundial de Qatar 2022.
La historia posterior ya la conocemos todos, Raúl llegó disminuido, el Tata Martino tenía pie y medio en Miami y la selección firmó su peor participación mundialista desde 1978.
El proceso posterior al fracaso ha sido un desastre sinuoso que ha visto un desfile de estrategas que tiene al combinado nacional sin rumbo fijo, ya que no se hizo una autopsia del post mortem mundialista que nos dejó en un oscurantismo futbolístico.
Los directivos se fueron por la fácil y llamaron al Vasco Aguirre para que se pusiera el traje de bombero por tercera vez en su carrera.
Al menos, hay un plan de sucesión para el siguiente proceso mundialista, encabezado por Rafa Márquez, quien dejó el cálido abrazo de La Masía por la presión ardiente del puesto de seleccionador nacional.
El único punto brillante de estos últimos años a nivel selección ha sido el renacer futbolístico de Raúl Jiménez. Parece ser que cuatro años más tarde, los cánones del balompié le permitirán al lobo de Tepeji llegar a un Mundial como el artífice del Tricolor.
Un gran mérito que se le tiene que reconocer a Raúl Jiménez fue su deseo y decisión de quedarse en la Premier League después de que Wolverhampton ya no requiriera sus servicios. Seguramente, las sirenas de la MLS y otras ligas más lucrativas, pero menos competitivas, le cantaron al oído, pero tal como Ulises atado al mástil de su buque hizo caso omiso y encontró cabida en el Fulham de Marco Silva.
Las actuaciones de Raúl en Craven Cottage le han valido para convertirse en ídolo de una segunda afición en la Premier League y tienen al Fulham soñando de nuevo con la Europa League, torneo del que ya fueron subcampeones en la temporada 2009-2010.
En la selección, de los tres pretendientes al puesto de centro delantero titular, Raúl Jiménez claramente lleva ventaja sobre Santiago Giménez y Henry Martin, aunque el Vasco Aguirre parece que va a experimentar con dos puntas usando la pareja Ji-Gi, misma que ya le dio resultados en la semifinal de la Nations League frente a Canadá.
Con la eliminación de Estados Unidos ante Panamá -y con todo respeto para los canaleros-, la obligación del Tri para quedarse con su primer título de Nations League se elevó exponencialmente… y México cumplió al vencer a Panamá, 2-1, con un doblete de Raúl Jiménez.
De la mano de su Lobo en la delantera que, más que licántropo, renació como el Ave Fénix y además en los últimos meses ha comprobado ser una amenaza en la táctica fija, México busca recuperar algo del prestigio futbolístico que se perdió en Qatar y no se ha encontrado en los años siguientes.
Con un Raúl enchufado en su arco de revancha, el Tri tiene la oportunidad de hacer un Mundial decoroso en casa.
Aaron Rodgers tiene sin dormir a Pittsburgh y Nueva York * Los Gigantes tienen la tercera selección del draft colegial * Los dos quarterbacks más deseados, Cam Ward y Shedeur Sanders * Hoy en día se dan cuenta lo desérticas que se vuelven las tierras de la NFL sin quarterback establecido
DIEGO CASTILLO
En el draft colegial de 2004, dos de las franquicias de alcurnia de la NFL encontraron a sus mariscales del siglo XXI.
Eli Manning y Ben Roethlisberger, para los Gigantes y Steelers, respectivamente, fueron una constante y ambos rellenaron las vitrinas de sus equipos con dos trofeos Vince Lombardi.
Hoy en día las carreras de estos dos legendarios quarterbacks son sólo recuerdos que humedecen los ojos de sus aficionados, porque los capítulos que han escrito Nueva York y Pittsburgh en la era posterior a Manning y Roethlisberger se leen como novelas de terror baratas, de aeropuerto.
Ahora dos miembros de la realeza del emparrillado están esperando que Aaron Rodgers les dé una rosa y los elija. Sí, el mismo Aaron Rodgers que ni los Jets quieren, es el que tiene sin dormir a Pittsburgh y Nueva York.
Los Gigantes cometieron dos errores muy grandes, una fue seleccionar a Daniel Jones como sucesor de Eli Manning y el otro fue ofrecerle una extensión de contrato que lo hizo uno de los mariscales mejor pagados en la NFL después de una victoria en postemporada frente a Minnesota.
La frustración del entrenador en jefe, Brian Daboll -conocido por sus innovadoras ofensivas-, con su limitado quarterback se hicieron sumamente evidentes conforme avanzaba la temporada y por fin decidieron ir por caminos diferentes.
Cuando tomamos en cuenta que la dirigencia neoyorquina decidió darle un megacontrato a Daniel Jones, pero cuando se trataba de negociar con Saquon Barkley les salieron tres codos y dejaron ir al magnífico corredor como agente libre.
Barkley decidió quedarse en la misma división para recordarle a los Gigantes lo que se pierden dos veces al año.
Ver a Barkley coronarse en un Super Bowl después de una histórica temporada con Philadelphia, debió haber sido un trago que supo extremadamente amargo en Nueva York.
Los Gigantes tienen la tercera selección del draft y para cuando escojan los dos quarterbacks más deseados, Cam Ward y Shedeur Sanders, ya pueden tener nuevo código postal cuando los Gigantes tengan su turno para escoger.
Por eso son uno de los equipos esperando que Aaron Rodgers tome su decisión. El ex Packer y Jet tiene casa en la Gran Manzana y el prospecto de lanzarle pases a Malik Nabers y posiblemente Travis Hunter es una proposición que le interese al cuatro veces jugador más valioso de la NFL.
Sin embargo, el camino indicado para los Gigantes es reconstruir con un mariscal nuevo que Daboll pueda moldear de manera similar a como lo hizo con Josh Allen en Buffalo.
La opción más concreta para Aaron Rodgers son los Steelers.
Pittsburgh ha sido una cantina del Viejo Oeste para quarterbacks; en las últimas dos temporadas, seis mariscales diferentes han lanzado pases en Accrisure Stadium y con Rodgers esas sillas musicales seguirán rotando.
Ya hizo Pittsburgh su primer movimiento al traer de vuelta a Mason Rudolph, quien tuvo un paso malaventurado por Tennessee, pero en 2023 Pittsburgh vio su mejor versión con él en los controles.
Nada que vaya a intimidar a Mahomes, Allen o a los peces gordos de la Conferencia Americana, pero definitivamente mejor que la terrorífica era ofensiva coordinada por Matt Canada.
En Pittsburgh, Rodgers no tendría la latitud de poder nombrar a sus receptores y coordinadores para rodearse de sus cuates. Con la adición de DK Metcalf, tendría junto a George Pickens el dúo de receptores con más potencial explosivo de toda la liga.
El problema es que muchas veces esa explosividad se desborda más allá del emparrillado. Mike Tomlin tendrá que usar la misma mano que usó con Antonio Brown, Martavis Bryant y Leveon Bell para sacar el máximo potencial de su grupo de receptores.
Pittsburgh tiene una línea ofensiva joven. Zach Frazier y Mason McCormick han mostrado potencial, pero en los tackles es donde uno encuentra incógnitas.
Troy Fautanu apenas jugó en su año de novato y Broderick Jones por fin en su tercera temporada jugará su posición natural de tackle izquierdo, él sería el encargado de proteger el lado ciego de Rodgers, quien jugaría con 42 años de edad si firmara con los hombres de acero.
Retirarse y volverse un chamán de hongos y ayahuasca en una colina sudamericana también es una opción.
Los dos años con los Jets dejaron claro que ya nunca veremos la versión que sucedió a Brett Favre en Green Bay y maravilló a todos con su talento.
Y hablando de Green Bay, su plan de sucesión que los llevó de Favre a Rodgers y ahora con Jordan Love es digno de estudiarse y Gigantes y Acereros deberían ser los alumnos en primera fila, porque hoy en día se dan cuenta lo desérticas que se vuelven las tierras de la NFL sin quarterback establecido.