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HOJAS LIBRES

AMLO y Paredes Rangel muestran ignorancia en la anexión de Chiapas a México

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POR ROBERTO DOMÍNGUEZ CORTÉS

 

Cada año se celebra en Chiapas el 14 de septiembre como acontecimiento excelso para conmemorar el pacto de unión con México.
Por comodidad o por ignorancia, unas veces se resume el proceso de incorporación como anexión, otras se le califica de federación, y en el exceso del abuso demagógico, en 1980 el presidente López Portillo lo llamó, en el primer informe de gobierno de Juan Sabines Gutiérrez: Chiapas, tres veces México, por su historia, por su sangre y por convicción, aunque el calificativo no correspondiera a más de siglo y medio de lamentable abandono.
Este breve episodio de entre 1822 y 1824 de la historia de Chiapas se ha pretendido adornar con el argumento de que 173 mil habitantes decidieron el destino de la provincia, al sufragar la mayoría en favor de México, otros por Guatemala y los menos por permanecer neutrales. Ni siquiera en lo interno había consenso.
Soconusco, que primero por “unanimidad” (sic) había decidido incorporarse a la nación mexicana, en seguida decide su separación para unirse a Centroamérica. Después de permanecer 18 años al lado de Guatemala, por decreto del 11 de septiembre de 1842 el presidente Santa Anna declara “irrevocablemente” unido el Distrito de Soconusco al Departamento de Las Chiapas y consiguientemente a la Nación Mexicana.
Tal es el escenario irregular bajo el cual Chiapas es mexicano desde hace 200 años.


Para la mayoría, ese pacto de unión procede del forzado romanticismo que durante dos siglos se ha pretendido hacer creer, para justificar que Chiapas, en exaltación del nacionalismo mexicano, deseaba ardientemente pertenecer a México sin algún otro interés que el ser mexicano para siempre, a pesar de su mayor vinculación política y administrativa con Guatemala.
Como el capital no tiene nacionalidad y la ganancia está desprovista de sentimentalismos, la cercanía con Guatemala y el nexo político-administrativo con ésta, fueron superados por los lazos económicos y de comercio que las tierras de Anáhuac mantenían con la región zoque, el Soconusco y los Altos de Chiapas, desde antes de la llegada de los españoles Luis Marín, Pedro de Alvarado y Diego de Mazariegos, fundador de San Cristóbal de Las Casas.
La naciente república mexicana ofrecía a la provincia chiapaneca una alternativa para su independencia y al mismo tiempo la posibilidad de continuar bajo un régimen imperial muy al estilo de la antigua monarquía española.


Además, los hombres del poder local conocían perfectamente su dependencia del comercio hacia el istmo de Tehuantepec y la costa del Golfo, pues su tráfico de ganado, azúcar, añil, cacao, tabaco, café y demás productos de su suelo salían más para Campeche, Tabasco, Oaxaca, Veracruz y Puebla que a la propia colindante Guatemala, la cual “durante tres siglos ningún beneficio en el ramo de las ciencias, las artes y las industrias” había aportado a la tierra de los chiapanecos.
Así, los argumentos esgrimidos para decidir la unión a México son más de índole económico y comercial que de sentimientos nacionalistas mexicanos, y sobre todo con la frustrada esperanza de que México se hiciera cargo de las carencias que Chiapas había padecido durante todo el periodo colonial.

 

CONSIDERANDOS COMERCIALES Y MONETARIOS
La convocatoria para “…conferenciar y discutir sobre el interesante punto de Independencia y desagregación de la Provincia de Chiapas de la Capitanía General de Guatemala…” encierra el interés expreso de terratenientes y comerciantes para forzar la agregación a México, y exhibe también su vocación imperial, por la cual siempre sintieron especial inclinación y no por la República y el federalismo:
2.- “La provincia es y será regida, gobernada y sostenida bajo las banderas del grande Imperio Mexicano y jamás éste podrá cederla ni enajenarla por testado ni por capitulación alguna”.
4.- “Chiapas ha estado bajo el gobierno guatemalteco como tres siglos y en todo ese tiempo no ha prosperado y por esta causa juró la Independencia bajo los planes del Excelentísimo Señor don Agustín de Iturbide…”
5.- “Guatemala jamás ha proporcionado a esta provincia, ni ciencias, ni industrias, ni ninguna otra utilidad, y así la ha mirado con mucha indiferencia”.
11.- “La Provincia de Chiapas, todo su comercio lo tiene con los del Imperio; en ella expende sus ganados, azúcar, y demás producciones del país, aun cuando de Chiapas a Guatemala hay 150 leguas, y de Chiapas a México hay 250”.
Tales fueron algunos de los considerandos comerciales y monetarios, como convenientemente se estableció en el Decreto del 29 de octubre de 1821, para determinar el ingreso de Chiapas al dominio efímero pretendido por el emperador Iturbide.
No tardó la provincia chiapaneca -ante la caída del monarca- a declarar roto el pacto de unión con México, al quedar sin validez el Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba.
Bajo estas circunstancias, hay un manifiesto periodo de indefinición en la que Chiapas tiene la posibilidad de ratificar la unión con México, formar parte de Guatemala o bien constituirse en un nuevo Estado Nacional.
Finalmente la familia chiapaneca, constituida por la clase propietaria que dominaba la producción y el comercio, tomó la decisión de inclinarse por la unión a México, y obvio, al margen de los cacareados sentimientos nacionalistas.
Para legitimar el pacto de unión con México, se recurrió al manipulado expediente plebiscitario en el que el pueblo “expresara” su voluntad en favor de alguna de las opciones planteadas.

 


Desafortunadamente, varias inconsistencias concurrieron en una votación en la que la población prácticamente no participó a la hora de decidir su destino.
En efecto, nadie podrá estar de acuerdo que bajo las circunstancias de hace dos siglos, toda la población haya podido votar en un periodo tan corto de cuatro días, si se toma en cuenta las condiciones geográficas de incomunicación, analfabetismo, monolingüismo e indiferencia por pertenecer a México o Guatemala.
Fue así como concluido el “plebiscito” los chiapanecos ni siquiera se enteraron de que se habían vuelto mexicanos.
Por eso es lamentable el pronunciamiento de López Obrador del 28 de agosto pasado en Comitán, y las barbaridades de Beatriz Paredes Rangel, senadora de la República, al calificar a Chiapas como el primer estado federalista de la República, cuando que en su ignorancia desconoce que en Chiapas se cometió el primer fraude electoral de México, a los que estuvo acostumbrada desde el PRI durante 80 años.


Y en el exceso de la demagogia, la legisladora exalta la figura de Eduardo Ramírez Aguilar, el célebre “Zanja negra”, miembro distinguido del corrupto y pestilente establo de Manuel Velasco Coello, tema que abordaremos en próxima colaboración de esta revista Impacto.
Pero como quiera que sea, Chiapas ha dado demasiado a México. Y como generosa retribución republicana y federalista, Chiapas ha recibido pobreza y más pobreza, marginación y abandono. Entonces nada que celebrar y mucho que reclamar en 200 años de “Independencia”.

 

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Militarización de México, una realidad

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¿Cuál seguridad nacional en la construcción de infraestructura? * Se advierte que la pretensión de AMLO es la opacidad en la realización de sus obras faraónicas y ocultar los actos de corrupción que privan sobre los mismos. Nadie se atreverá  a sancionar y a meterse con el Ejército

 

POR ROBERTO DOMÍNGUEZ CORTÉS

 

Durante toda su campaña, el Presidente Andrés Manuel López Obrador se pronunció porque el combate al crimen organizado se hiciera desde las instituciones civiles y no militares. La percepción que tenía el candidato cambió cuando se convirtió en Presidente.

La propuesta original se centró en combatir la violencia delincuencial a través de una fuerza policiaca profesional para desmilitarizar al país.

Lamentablemente hoy, el discurso sobre la desmilitarización ha tenido un giro de 180 grados, al ampliar las facultades de la Fuerza Armada permanente -Ejército, Marina y Fuerza Aérea- para el combate a la cada vez más sólida delincuencia organizada.

Es por ello que bajo ese fatal diagnóstico, López Obrador ha creado una Guardia Nacional compuesta por militares, marinos y Policía Federal adscritos a la Secretaría de la Defensa Nacional y bajo el mando del general Luis Rodríguez Bucio.

El Ejército lleva cerca de 40 años en tareas de seguridad pública, lo cual no le compete y viola el mandato del Artículo 129 de la Constitución mexicana: “En tiempos de paz ninguna autoridad militar puede ejercer más funciones que las que tengan exacta conexión con la disciplina militar”. Lo anterior quiere decir que el Ejército tiene como adscripción permanente los cuarteles, comandancias y regiones militares en que se divide el país y no las calles de la República a donde se les ha adscrito permanentemente.

Para poder crear una Guardia Nacional militarizada se manipuló el espíritu democrático de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Se reformaron y manipularon los artículos 31, 35 y 36 de la Carta Magna para sustituir la institución de la Guardia Nacional por una categoría apócrifa de cuerpos de reserva compuesta por militares y marinos.

En el exceso y para cumplir con el capricho de Andrés Manuel López Obrador se derogó la fracción XV del Artículo 73 Constitucional, sobre una de las facultades del Congreso de la Unión: “Para dar reglamentos con objeto de organizar, armar y disciplinar la guardia nacional, reservándose, a los ciudadanos que la formen, el nombramiento respectivo de jefes y oficiales, y a los estados la facultad de instruirla conforme a la disciplina prescrita por dichos reglamentos”.

Esta es la mayor prueba de la militarización del país, cuando se sustituyen a 32 Guardias Nacionales -una por cada entidad federativa- por una sola Guardia Nacional con jurisdicción sobre todo el territorio nacional y bajo el mando de la Secretaría de la Defensa Nacional. Ello provocó la reacción de los 10 gobernadores federalistas, al criticar severamente las trampas constitucionales del lópezobradorismo.

López Obrador ha hecho exactamente lo contrario a lo que hicieron los generales Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho, quienes comprendieron el peligro que representaba el Ejército y se apresuraron a quitar el poder que durante más de cien años habían detentado.

Los mismos militares llegaron a la conclusión de que el poder verde olivo era un peligro latente para México y sus instituciones.  No les faltaba razón. Entre 1824 y 1946, 36 presidentes de la República fueron militares y únicamente 19 civiles.

La parte económica resultó fundamental para el control militar. En 1925 se destinó a las Fuerzas Armadas el 46 por ciento del gasto público federal, en tanto que apenas 22 años después, en 1947, tan sólo se le asignó el 13 por ciento, al concluir el gobierno del general Manuel Ávila Camacho, y en 1960 el Ejército dispuso únicamente del 5 por ciento.  Y un paso más para restarle fuerza y poder a los militares, fue obligarlos a desaparecer como sector y pasar a formar parte del sector popular dentro del Partido Nacional Revolucionario.

Falso entonces que López Obrador en su discurso del 1 de diciembre afirme que el país se está militarizando, bajo los insostenibles argumentos de que “no se ha ordenado a las Fuerzas Armadas que hagan la guerra a nadie, no se les ha pedido que vigilen u opriman a la sociedad, que violen las leyes, que coarten las libertades y, mucho menos, que se involucren en acciones represivas”.

No es necesario que el Ejército intervenga en todas estas acciones que atentarían en contra de la sociedad y el Estado Mexicano. Consta que con el decretazo expedido por el gobierno de López Obrador, todas las obras públicas en manos del Ejército sean consideradas como de seguridad nacional, cuando que ninguna obra pública, salvo por ejemplo la construcción de reclusorios, bajo ciertas especificaciones, se debe de guardar la secrecía del proyecto, sobre todo cuando se trata de penales de alta seguridad.

Seguridad nacional es considerada por ejemplo la disposición y dotación de agua, y desde luego no se concreta a la capacidad militar para controlar la tranquilidad y el orden exterior de la Nación. Implica fundamentalmente la habilidad del gobierno para funcionar eficientemente y satisfacer los intereses públicos esenciales en beneficio de la sociedad. Implica también estar alertas de un posible derrocamiento o de invasión extranjera con ánimos de dominación. Entonces ¿cuál seguridad nacional en la construcción de infraestructura?

Más que asignarle al Ejército tareas de represión se le ha extendido un salvoconducto para inmiscuirse en obras tan trascendentales como el aeropuerto Felipe Ángeles y el Tren Maya, las cuales deberían ser construidas por organismos empresariales de carácter civil.

Hoy se advierte que la pretensión es la opacidad en la realización de esas dos obras faraónicas que presenta el gobierno de López Obrador y ocultar los actos de corrupción que privan sobre los mismos. Nadie se atreverá  a sancionar y a meterse con el Ejército.

El Tren Maya inició con un presupuesto original de 156 mil millones de pesos, el cual se ha incrementado a 240 mil millones, es decir, 84 mil millones del presupuesto original asignado. En tanto que del aeropuerto Felipe Ángeles, David Colmenares, auditor Superior de la Federación, encontró que el aeropuerto de Texcoco había sufrido un quebrantamiento patrimonial de 300 mil millones de pesos. Reconvenido para rectificar cifras tan abultadas, después manifestó que únicamente eran 100 mil millones de pesos. Con todo y la reducción de los 200 mil millones, es un exceso para invalidar la obra por la cual sería siempre recordado Enrique Peña Nieto y que lastimaba profundamente el ego de Andrés Manuel López Obrador.

No es necesario pues asignarle al Ejército actividades represivas y de intimidación. Basta con hacerles partícipes de concesiones y enriquecimiento de los altos mandos militares para protestar una lealtad artificial hacia el Presidente, exactamente igual como lo ha hecho Nicolás Maduro en Venezuela: corromper a las fuerzas armadas para asegurar su lealtad sin sobresaltos.

Hoy el poder militar se ha inmiscuido hasta en funciones de carácter político, lo cual no ocurría ni en los tiempos más oscuros y represivos del PRI.

El general secretario ha llamado a sumarse a la Cuarta Transformación y colaborar en el proyecto de nación, como si México hubiese nacido con el Presidente López.

La Organización México Unido contra la Delincuencia, que preside Luisa María Sánchez Ortega, tenía identificadas, hasta octubre de 2020, 19 funciones transferidas del poder civil al control militar. Destacaban en ese entonces la construcción de aeropuertos, Tren Maya, control de puertos y aduanas, reparto de medicinas y operaciones de la Marina y militarización de la Guardia Nacional, entre otras tantas.

Hoy son más de 200 funciones civiles que acaparan los militares.  Ampliaremos…

 

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Las pifias constitucionales del rector Natarén Nandayapa

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Ignorancia jurídica en su máxima expresión * La Constitución de Chiapas terminó en un documento discriminatorio, demagógico y contradictorio

POR ROBERTO DOMÍNGUEZ CORTÉS

Cuando al doctor Carlos Natarén Nandayapa se le encargaron las reformas a la Constitución de Chiapas, de antemano se sabía su ignorancia sobre derecho constitucional.
La petición vino del diputado Eduardo Ramírez Aguilar, el célebre “Zanja Negra”. En un evento celebrado el 3 de diciembre de 2015, con la presencia del doctor Diego Valadés Ríos y del gobernador Manuel Velasco, con gran despliegue publicitario se anunciaron esas reformas.


Incluso, el doctor Valadés Ríos avaló el proyecto de reforma en sustitución del adefesio mal llamada Constitución Siglo XXI, emitida durante el trágico gobierno del vicioso Juan Sabines Guerrero.
Confiado en que las reformas a la Constitución de Chiapas eran benéficas, aseguró que serían trascendentes y paradigma para adecuar otras constituciones a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.
El fracaso del proyecto planteado por Natarén Nandayapa fue evidente. La Constitución de Chiapas terminó en un documento discriminatorio, demagógico y contradictorio.
En los considerandos, el rector usurpador, en nombre de Ramírez Aguilar, aseguró sin algún recato: “Tenemos una Constitución ciudadana, evita redacciones rebuscadas para establecer derechos claros que la gente entiende y sobre todo pueda hacer valer. Regula el principio de no discriminación. No desaparece ni restringe ningún derecho humano y es una de las más avanzadas y modernas del país”.
Grave pronunciamiento de Natarén Nandayapa en una de las constituciones más discriminatorias y contradictorias de la República Mexicana.
Esas reformas constitucionales resultaron discriminatorias y aún prevalecen en el gobierno de Rutilio Escandón.

Cuando demagógicamente se asegura de que no restringe algún derecho humano, es necesario recordar que los derechos humanos son universales y ningún organismo nacional, internacional o supra nacional puede cancelar derecho humano alguno, como para atribuirse la facultad de velar por la vigencia de todos esos derechos.
Por hoy rescato únicamente dos actos discriminatorios graves y violatorios de los derechos humanos en la Constitución deformada de la autoría de Natarén Nandayapa.
El primero se refiere a la designación de los magistrados del Poder Judicial. Al respecto, el artículo 76 atenta en contra de la dignidad de los magistrados, al exigir ser ciudadano chiapaneco, mexicano por nacimiento, tener 35 años cumplidos el día de la designación y hasta 75 años como edad máxima”. Habría que recordarle a Natarén Nandayapa que sólo hay una ciudadanía y no dos: la mexicana.
La discriminación es doble al exigir la ciudadanía chiapaneca, con lo que se niega la posibilidad de postular a un reconocido abogado nativo de otro estado. Pero la parte más discriminatoria se da cuando dentro de las reformas constitucionales se establece la edad máxima de 75 años.
Con esa sola declaración se califica a los magistrados incapacitados física y mentalmente para continuar en el cargo, sin un dictamen de un profesional de la medicina para determinar si un magistrado puede continuar o no en sus funciones después de esa edad.
Viene otro atentado a los derechos humanos de los miembros de la Judicatura del Poder Judicial del Estado de Chiapas, cuando se transgrede el quinto párrafo de la Carta Magna: “Queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la EDAD o cualquier otro que atente contra la dignidad humana…” De este tamaño es la pifia y la ignorancia de Natarén Nandayapa.
El texto original del artículo 95 de la Constitución de 1917 establecía como edad máxima, para ser ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la de 65 años, en una época en que poco o nada se sabía de derechos humanos en México. Sin embargo, el Congreso de la Unión modificó esa disposición constitucional para quedar solamente la edad mínima de 35 años y disponer que los ministros duraran en su encargo 15 años. Si por ejemplo, un ministro es nombrado a los 70 años, la conclusión de su encargo será a los 85 años en reconocimiento a su vasta experiencia.
Las violaciones y contradicciones graves de la constitución local con respecto de la federal continuaron. En el artículo 116 se establece que “para ser gobernador solo podrá aspirar al cargo un ciudadano mexicano por nacimiento y nativo de él, o con residencia efectiva no menor a cinco años inmediatamente anteriores al día de los comicios”. En un frustrado intento por adecuar el artículo 52 de la entonces Constitución de Chiapas, al 116 de la Carta Magna se estableció: “Ser ciudadano chiapaneco en pleno goce de sus derechos y con residencia efectiva no menor a ocho años”.
En la disposición anterior se colige que la ciudadanía se restringe a los nacionales y no a los nacidos en alguno de los estados de la Federación de los cuales son nativos. En el texto original de esta redacción inserta, entonces, en el artículo 115, se consignaba dos requisitos, alternativos, para ser gobernador de un estado y no simultáneo: “Ser ciudadano mexicano por nacimiento y nativo de él, o con residencia efectiva no menor de cinco años”.
Bajo esta disposición don Felipe Tena Ramírez comenta: “A nuestro entender no se necesita la concurrencia, sino la alternativa de estos dos requisitos”.
Sin embargo, esta disposición alternativa prevaleció, mientras estuvo en vigor la redacción original de la Constitución de 1917, que establecía simples bases, mínimas, que los estados deberían tomar en cuenta, pero podían aumentarse sin transgredir la Constitución General de la República.
Hoy, el texto del artículo 116 no es opcional, es obligatorio si se atiene a la interpretación de su redacción. De este mandato, el reconocido constitucionalista Elisur Arteaga Nava sentencia: “Contrariamente a lo que prescribía el texto ahora desaparecido, la Constitución General no se limita a establecer bases mínimas, que bien podrían aumentarse; no, ahora se establecen normas, que no sólo pueden, sino que deben acatarse en forma estricta por los estados”.
Lo expresado anteriormente lleva a la conclusión que el artículo 52, anterior, de la Constitución de Chiapas, además de discriminatoria, resultó violatoria del pacto federal contenido en el artículo 116 de la Constitución mexicana, al exigir, para ser gobernador, chiapaneco por nacimiento y con residencia efectiva de ocho años, en vez de acatar el mandato de “ser chiapaneco por nacimiento o con residencia efectiva de cinco años”.
En ese mismo artículo 52, fracción X, Natarén Nandayapa cometió otro grave atentado a los derechos políticos y a los derechos humanos del ciudadano al disponer un requisito más para ser gobernador: “No ser cónyuge o concubino, hermana o hermano, madre, padre, hija, hijo o tener parentesco consanguíneo hasta el cuarto grado, así como tampoco tener parentesco por afinidad hasta el segundo grado con el gobernador en funciones”.


La ignorancia de Natarén Nandaya lo llevó a cometer estos graves dislates constitucionales, en abierta violación al artículo 35 de la Carta Magna que consagra el derecho humano a votar y ser votado.
Y desde luego vale la pena comentar una pifia que hasta un estudiante de cuarto semestre de derecho sabe y entiende. Según Natarén Nandaya los arreglos amistosos de límites entre los estados deberán ser sometidos previamente a la aprobación del Congreso de la Unión, como lo establece la fracción IV del artículo 63 constitucional. Lamentable la ignorancia jurídica del rector. La nueva disposición prevaleciente en ese momento, facultaba al Senado de la República para sancionar los tratados de límites, según el artículo 76, fracción X, de la Constitución Federal. Ampliaremos…

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Rutilio Escandón, el Santa Anna chiapaneco

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Guerra y sangre en la frontera Chiapas-Oaxaca * Pifias limítrofes en la Constitución de 1982

POR ROBERTO DOMÍNGUEZ CORTÉS

Durante el gobierno de don Gustavo Díaz Ordaz el conflicto de Los Chimalapas originalmente agrario, derivó en una cuestión política y de límites entre Chiapas y Oaxaca. En aquélla ocasión se tituló en favor de los comuneros de San Miguel Chimalapa, Oaxaca, una superficie de 134 mil hectáreas, entregadas simbólicamente en la ciudad de Oaxaca.
Por falta del deslinde respectivo, los comuneros favorecidos invadieron tierras comprendidas hasta Rizo de Oro, comunidad del municipio de Cintalapa. Esta fue la primera invasión.
Como respuesta, el gobierno del doctor Manuel Velasco Suárez creó en 1973 la Comisión Intergubernamental Agraria y de LÍMITES. La Comisión se reunió por primera vez en la ciudad de Cintalapa en marzo de 1974, en la que se firmó primero y ratificó después el Convenio Cintalapa, del cual surgieron dos Acuerdos: 1) Que las autoridades de Oaxaca fueran las encargadas de retirar a los invasores, y 2) Que el deslinde se iniciara de Oaxaca hacia Chiapas a partir de un mojón llamado La Yerbabuena para que la mayor parte de la dotación quedara comprendida en tierras oaxaqueñas.
La segunda invasión se dio en agosto de 1976 por campesinos del mismo San Miguel Chimalapa, en tierras boscosas denominada Ciénega de León, del municipio de Cintalapa. La faja de tierra invadida fue de 200 mil hectáreas y con una penetración en territorio chiapaneco de 18 kilómetros a partir de la línea divisoria entre ambas entidades federativas. Así, el problema agrario original y después de límites, permitió que también se involucraran actividades como el narcotráfico y la tala irracional de bosques.
Terminó el gobierno de Velasco Suárez y el problema continuó. Don Jorge de la Vega nada hizo al respecto e igual sucedió con don Salomón González Blanco. En el gobierno del general Absalón Castellanos se nombró una nueva Comisión en 1986. En reunión en Cintalapa, el gobernador de Oaxaca, Heladio Ramírez, insistió en un problema de fronteras sin asumirlo como agrario que era la insistencia de las autoridades chiapanecas.
El verdadero problema surgió cuando el gobierno de don Juan Sabines Gutiérrez emitió en 1982 una nueva Constitución.

Se cometió el incalculable error de señalar con precisión, punto por punto, los límites que beneficiaban únicamente al estado de Oaxaca. Se cambió el texto del artículo 3 que en su párrafo sexto estipulaba que la línea divisoria llegaba a “la cima del Cerro de la Jineta… continúa hacia el vértice del Cerro de los Martínez en donde se ubica el punto trino…”.
Fue así como el gobierno de Oaxaca aprovechó esa mala precisión para reformar en octubre de 1990 su Constitución, con los nuevos límites establecidos en su favor.
Así lo evidencia la exposición de motivos del anteproyecto de reformas y adiciones a la Constitución del 1 de enero de 1982. En el párrafo 22 hay aseveraciones sin algún fundamento: “Se incluye la situación geográfica de nuestra Entidad, como resultado de los documentos fehacientes que obran en este Congreso local y que por su origen y antigüedad son irrefutables, determinando con absoluta claridad los linderos de nuestra entidad con los estados vecinos de Oaxaca, Veracruz y Tabasco y la República de Guatemala, que por estar consignados en nuestra Constitución Local son de observancia obligatoria para todos los chiapanecos y a la vez documento probatorio pleno para el supuesto problema de límites”. Firma el diputado presidente de la Gran Comisión del Congreso del Estado, Oscar Alvarado Cook.

DOS GRANDES IMPRECISIONES
En ese texto hay dos graves imprecisiones: La primera porque nunca hubo documentos fehacientes irrefutables como se consigna. El argumento más socorrido para reclamar la superficie del territorio de Chiapas proviene de que como único Estado federado en 1824 se sabe cuál es exactamente su territorio. Es una declaración dogmática sin sustento alguno. Nunca hubo precisión en cuanto a puntos específicos de los lindes de Chiapas con Guatemala, Oaxaca y Tabasco.
El tratado de límites definitivos con Guatemala en 1882 puso fin a la disputa de más de medio siglo sobre la posesión y la extensión de Chiapas en su frontera este. En 1908 se hizo una propuesta de línea divisoria entre Chiapas y Tabasco, y todavía en 1962 se integró una Comisión de Límites para tratar la problemática con el Estado de Tabasco.
Entonces ¿cuál es ese territorio? con el que se incorporó Chiapas a México. Nadie lo sabe con exactitud y no hay documento alguno que confirme linderos perfectamente definidos con Oaxaca.
Y la segunda imprecisión de la Constitución de 1982 viene de que ningún gobierno local tiene potestad para fijar unilateralmente sus límites territoriales.
En efecto, la Carta Magna precisa la fijación de límites bajo dos posibilidades distintas: el convenio amistoso entre dos entidades federativas para arreglar definitivamente sus límites, con intervención del Congreso de la Unión, en términos del artículo 73, fracción IV (hoy artículo 76, fracción X, como facultad exclusiva del Senado de la República), y el procedimiento contencioso ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación, bajo el imperativo del artículo 105 de la propia ley fundamental, como sucedió en su ejecutoria del pasado 15 de noviembre.
Al respecto, el Artículo 46 de la Constitución federal señala: “Los Estados pueden arreglar entre sí, por convenios amistosos, sus respectivos límites; pero no se llevarán a efecto esos arreglos sin la aprobación del Congreso de la Unión”.
Las razones para darle intervención al Congreso nacional, derivan de un mandato Constitucional para subordinar la validez del convenio amistoso a la aprobación del Congreso de la Unión, que en la práctica es un tratado entre Estados y éstos tienen prohibida su celebración como lo dispone el Artículo 117 Constitucional: “Los Estados no pueden en ningún caso celebrar alianza, tratado o coalición con otro Estado ni con las potencias extranjeras”.
Fue por eso que durante el gobierno de don Patrocinio González (1988-1992) que la parte del artículo 3 de la Constitución local referida a los límites se derogó para enmendar la imprecisión y la apropiación de facultades que indebidamente se atribuyó el Congreso del estado de Chiapas y quedar solamente con la redacción referida a las colindancias entre Oaxaca, Tabasco y Guatemala.

DERRAMAMIENTO DE SANGRE
El lamentable fallo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación anuncia ya enfrentamientos y derramamiento de sangre. Únicamente el ex gobernador Roberto Albores ha protestado por tan aberrante determinación, en comunicado dirigido al secretario de Gobernación, Adán López Hernández, y una predicción de guerra publicada en El Financiero, entre las comunidades de Chiapas y Oaxaca.
Por su parte, Juan Sabines Guerrero ha dado una explicación del porqué se creó el municipio de Belisario Domínguez y que después comentaremos, al igual que la posición del ministro Gutiérrez Ortiz Mena.

El silencio de los demás ex gobernadores es ominoso y vergonzoso, sobre todo Manuel Velasco Coello, cuando en su gobierno, en 2017, fenecieron los términos para hacer cualquier impugnación ante la Corte.


Y en una actitud de sumisión y servilismo, Rutilio Escandón asume “el compromiso con la legalidad tras fallo sobre caso Chimalapas”, cuando que tuvo tres años para hacer acuerdos políticos y nada hizo para evitar lo que ya se advierte en la frontera Chiapas-Oaxaca. Ampliaremos…

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