Videgaray, ¿La carta de AMLO ante Trump?

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Instalados en la especulación y la conspiracionitis que tanto se nos da, solemos deleitarnos con versiones que suenan sensacionales sin datos verificables que las soporten, pero sirven para agotar las prolongadas reuniones familiares a que obliga el confinamiento o animar los reencuentros con los amigos gracias al semáforo naranja que lo ha relajado un poco.

Sin duda, la más fascinante, pero de imposible verificación, aunque, debo reconocerlo, tiene cierta verosimilitud por el maquiavelismo característico de los presuntos protagonistas, sitúa a Luis Videgaray como eje de la exitosa gira de unas cuantas horas del Presidente Andrés Manuel López Obrador a Washington a reunirse con su homólogo Donald Trump.

Parece aberrante, pero así se platica entre quienes presumen saberlo todo.

Habría sido el ex secretario de Relaciones Exteriores, el mismo que abusó de su irresistible influencia sobre el entonces Presidente Enrique Peña Nieto para convencerlo de la conveniencia de echar una ayudadita recibiendo en Los Pinos al candidato republicano a quien parecía esfumársele el sueño de instalarse en la Casa Blanca.

Con el tiempo, Peña Nieto aceptó el error de otorgar trato de jefe de Estado a quien no lo era; ceder entonces a la asesoría de Videgaray constituyó una piedra más de las muchas que ha tenido que soportar por confiar en demasía en la lealtad de quien llegó a su vida política para convertirse en su gurú, una especie de vicepresidente en quien confiaba a ciegas, cuando sólo era uno de los tantos auxiliares de Pedro Aspe en el suculento negocio de renegociar las deudas de los gobiernos estatales, en aquel caso el mexiquense de Arturo Montiel.

La presencia el 31 de agosto de 2016 en Los Pinos del vociferante Donald Trump que hacía campaña a costillas de los migrantes mexicanos, constituyó un insulto para el País, pero ayudó a Videgaray a afianzar su relación personalísima con el primer círculo del nuevo poder en Estados Unidos. Incluso convenció a Peña Nieto de otorgar al yerno de Trump, Jared Krushner, “El Águila Azteca”, la máxima presea que México entrega a un extranjero. Valga decir, no fue suficiente con una vergüenza.

¿Por qué serviría Videgaray y a través de quién a López Obrador en esta breve gira tan polémica a la capital del imperio sólo para ayudar al inquilino de la Casa Blanca a reelegirse cuando Joe Biden lo aventaja en las encuestas, como en su momento le sirvió su presencia de unas horas en Los Pinos en la residencia presidencial en la Ciudad de México para disminuir distancia con Hillary Clinton?

La conspiracionitis cuenta que López Obrador todo se lo debe al secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, y éste a Luis Videgaray.

Se antoja verosímil; Ebrard se ha convertido en el comodín que López Obrador usa para todo lo que se le atraviesa y no entiende, como el idioma inglés, pero por su posición de secretario de Relaciones Exteriores en la gira a Washington fue factor fundamental.

El episodio, desaconsejado por casi todos los sectores mexicanos, era de capital importancia para el Presidente y como tal lo habría usado Ebrard quien, en lugar de convencerlo de no acudir al llamado a Washington, pues su utilización como arma electoral era evidente, hizo lo contrario. Como en su momento, Videgaray con Peña Nieto. En ambos casos dieron por descontada la derrota demócrata. En el primero acertaron, en el segundo está por verse.

El secretario de Relaciones Exteriores está en los cielos por su condición de mil usos del Presidente, pero la seriedad en su actuar ante la epidemia del coronavirus de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, ha fortalecido la versión de que, de cumplir su promesa de no reelegirse aunque el pueblo se lo demande frente a su departamento en Copilco (como “cedió” Agustín de Iturbide ante la turba enardecida que, encabezada por el sargento Pío Marcha, le exigía “espontáneamente” proclamarse emperador de México), López Obrador, a quien gana la ambición de hacer historia, recuperaría el control de Morena para abrirle el camino de la Presidencia convirtiéndola en la primera mujer en lucir con formalidad la banda tricolor sobre su pecho, no como lo hizo Rosario Robles cuando Carlos Salinas le prestó una de las seis que usó en su sexenio.

Sheinbaum no sería el único obstáculo en el cumplimiento de los sueños de Ebrard, rotos, primero al optar Salinas por Luis Donaldo Colosio y no por Manuel Camacho (a quien, según los planes de Marcelo, sucedería seis años más tarde), y después cuando López Obrador lo derrotó en 2012 por la candidatura presidencial del PRD con una encuesta de cinco preguntas cuyos resultados nadie conoció. Hoy, enfrenta además a Ricardo Monreal que en el Senado ha encontrado la manera de ofrecer la impresión de actuar con autonomía cuando lo hace en concierto con el Presidente.

ENTRE AGUAS TURBULENTAS

Por su parte, Videgaray que se ha exiliado en Estados Unidos sabe que lo amenaza un ciclón con el regreso de Emilio Lozoya a México a enfrentar las acusaciones en su contra. Desesperado para no ser arrastrado por las aguas turbulentas habría aprovechado magistralmente para negociar la necesidad de López Obrador y Ebrard de congraciarse con Donald Trump quien, por más que lo disfrace con palabras zalameras que evidentemente no le brotan del corazón, no olvida lo que ya siendo Presidente de Estados Unidos, el entonces candidato de Morena, que apenas lo quería ser de México, fue a espetarle en su tierra cuando buscaba el voto mexicano en el extranjero.

Y lo que Ebrard, en su propio exilio, perseguido en México por la traición de Miguel Mancera, escribió sobre su persona cuando auxiliaba a Hillary Clinton en la búsqueda del voto latino en Estados Unidos.

¿Alguien en su sano juicio piensa que Trump ha olvidado aquel discurso de su ahora mejor amigo, el Presidente de México?:

“A Donald Trump y al grupo que lo asesora les ha dado resultados azuzar a integrantes de ciertos estratos de la sociedad estadounidenses en contra de los inmigrantes. El discurso de odios y la cizaña en contra de los extranjeros les permitió ganar la Presidencia y suponen que van a mantenerse y reelegirse en el gobierno alimentando el odio de unos sectores contra otros; estos astutos, pero irresponsables gobernantes neofacistas quieren construir muros para hacer de Estados Unidos un enorme ghetto y equiparar a los mexicanos en general y a nuestros paisanos migrantes en particular con los judíos estigmatizados e injustamente perseguidos en la época de Hitler….”.

Y en otro evento amenazó: “Aquí mismo hay que hacer frente a la campaña de odio y de violación de los derechos humanos… si el gobierno mexicano no interpone en la ONU una demanda por Derechos Humanos, lo haremos nosotros…”.

Ebrard fue más sucinto, no requirió de tanta palabrería: el 31 de octubre de 2016 escribió en su cuenta de twitter que “Trump es el peor enemigo que México haya enfrentado en muchos años. Debemos esforzarnos para frenarlo con votos en E.U.A.”.

Hoy, ambos ayudan a su reelección al que Ebrard consideraba “el peor enemigo que México haya enfrentado en muchos años”, y su jefe, López Obrador, acusaba de querer reelegirse “alimentando el odio” de unos sectores de la sociedad norteamericana contra los mexicanos, migrantes o no.

¿Quién, en su sano juicio, se atrevería a creer que la mañana del miércoles en el Jardín de las Rosas y más tarde en el banquete en la Casa Blanca aquellos conceptos convenientemente olvidados por la Cuarta Transformación no rondaban en el cerebro del Presidente norteamericano y que debió hacer un esfuerzo sobrehumano, quizás morderse la lengua, para vencerse y guardar los agravios para noviembre cuando ya tenga amarrada la reelección?

El problema es que quizás si Joe Biden gana tampoco olvidará que López Obrador y Ebrard acudieron a Washington a votar por el actual inquilino de la Casa Blanca y no tuvieron la gentileza de siquiera saludarlo a él por WhatsApp.

El aparente triunfador en cualquier escenario de esta estrategia genial habría sido el Doctor Videgaray, sin embargo, su éxito aún dependería de tres variables, en caso de que fuese cierto que prestó su ayuda invaluable: que el gobierno de AMLO le cumpla si algo le prometió; que el fiscal General de la República, Alejandro Gertz Manero, esté dispuesto a sacrificar la autonomía a favor de una estrategia de Ebrard y de su jefe, y que el ex director de Pemex en el sexenio de Peña Nieto, acepte tragarse sus ansias de vengar las travesuras que para labrar su desgracia sufrió del ex secretario de Hacienda.

Suficientes elementos para un maratón de Netflix en cuarentena de coronavirus que podría llamarse: Cuando la Cuarta Transformación jugó todo a una carta, el Jocker Videgaray.

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