Una semana después, el reto al Estado sin respuesta

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El atentado contra Omar García Harfuch, del que milagrosamente salió con vida, corre el riesgo de ser convertido en una especie de guión de miniserie de Netflix cuando en realidad se trata del mayor reto que el crimen organizado haya lanzado al Estado mexicano en lo que va del sexenio, si descontamos la amenaza de matar a 200 familiares de militares en Culiacán a cambio de la liberación de Ovidio, el hijo de “El Chapo” Guzmán.

Y lo que es peor, se trata del mayor reto sin respuesta, al menos hasta donde es posible saber.

No es cosa menor atentar contra la vida del jefe de la policía de la capital de la República, precisamente en donde se asientan los Poderes de la Unión y en una de las zonas más exclusivas de la Ciudad de México, a pocos minutos del Palacio Nacional, de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y del Ayuntamiento en donde despacha la jefa de Gobierno, y en la misma avenida en que está ubicado el Senado de la República, y quedarse con las manos cruzadas sobre el pecho.

Y no lo es si es cierto que era del conocimiento del gabinete, que mañana a mañana se reúne con el Presidente López Obrador a hablar del estado que guarda el país en materia de seguridad, que el cártel criminal Nueva Generación de Jalisco había amenazado de muerte al secretario de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México, pero también a tres funcionarios del máximo rango, los secretarios de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, de Seguridad y Protección Ciudadana, Alfonso Durazo, y al titular de la Unidad de Inteligencia Financiera, Santiago Nieto.

Es decir, así como el blanco fue García Harfuch pudo haber sido cualquiera de los otros tres personajes de la Cuarta Transformación, incluido el Presidente quien, según la versión oficial, se mueve sin o con poca seguridad, convencido de estar protegido por el pueblo, aunque está por demás decir que de este tipo de operativos, aún mal planeados y ejecutados, no hay pueblo que proteja a nadie, sino es Dios y la suerte.

A menos que el Gabinete de Seguridad y las autoridades a cargo de la investigación del atentado estén actuando con máxima discreción y anuncien que en breve habrá resultados que que irán más allá de la rápida reacción de la policía capitalina que aprehendió casi de inmediato a buena parte de los participantes en el atentado, incluido el supuesto autor intelectual, existe la impresión de que la política oficial es mantener el episodio como un ajuste de cuentas del grupo criminal contra quien, en su carrera profesional como policía desde que estaba en el ámbito federal, se ha dedicado a perseguirlo.

A no ser por la reacción inmediata de la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum. que se mantuvo solidaria al lado de su jefe policíaco, elogió su valentía y eficacia, y garantizó su permanencia en su puesto, así como la presencia de uno de los incluidos en la lista de los supuestamente amenazados de muerte, Santiago Nieto, titular de la Unidad de Inteligencia Financiera, impresiona el vacío oficial. Pareciera que nada importante ocurrió.

Si acaso en las conferencias mañaneras se dice ocasionalmente que el gobierno tuvo información de la preparación de atentados contra diversos personajes y que gracias a ello el daño no fue mayor.

Pero nada más.

EL RIESGO DE LA CLAUDICACIÓN

Así como la amenaza de asesinar a 200 familiares de militares que viven en Culiacán obligó a la liberación de Ovidio Guzmán, lo que fue interpretado por amplios sectores de la población y los medios de comunicación como una rendición del Estado ante el crimen organizado de Sinaloa, el atentado contra García Harfuch será una claudicación más ante el crimen organizado de Jalisco que intenta adueñarse del territorio nacional, si la política oficial persiste en convertirlo en asunto de tipo personal y no en lo que es, un reto al Estado en plena sede de sus Poderes.

Si el gobierno tomara el atentado como lo que es, ya habría dado respuesta o quizás la esté implementando con la discreción que ameritan este tipo de acciones.

Empero, nada indica que el gobierno tenga interés en cambiar de estrategia; incluso en los medios de comunicación el episodio ha dado paso a otros escándalos como la detención, liberación y vuelta a detener de José Ángel Casarrubias Salgado (a) “El Mochomo”, el líder de Guerreros Unidos relacionado con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotiznapa, o el audio que revela corrupción judicial en su liberación frustrada. Desconfiada, su madre exigió al abogado que le informaba que “la jefa”, es decir, la jueza, estaba por firmar la orden de libertad, que “dando y dando”.

Así como el Presidente se queja de que los medios de comunicación guardan silencio ante noticias como la aceptación del ex director de Pemex, Emilio Lozoya, de regresar a México por voluntad propia a hablar de lo que sabe sobre las operaciones irregulares con Odebrecht y Agronitrogenados de México, debería quejarse del vacío oficial en torno al atentado contra García Harfuch.

Pareciera que todo se reduce a su convalecencia y pronto regreso a seguir combatiendo las bandas delictivas de la capital de la República, cuando, siendo importante la recuperación de su salud y su retorno a proseguir la gran labor que realizaba, lo es también que el Gobierno Federal reaccione ante el ominoso cártel que se atreve a demostrarle su poder en el centro político del país, precisamente a la hora en que los miembros del gabinete de seguridad reportan al Presidente que todo está sin novedad, excepto, eso sí, por algunas masacres que se suceden por aquí y por allá a lo largo y ancho del territorio nacional, la más reciente el abatimiento a cargo del Ejército en Nuevo Laredo de 12 sicarios disfrazados de marinos.

No viene al caso entrar a los detalles del atentado porque otros lo han hecho a suficiencia, como Héctor de Mauleón, sin dejarse llevar por la tentación que no resistieron otros colegas de utilizarlo para igualarse con los creadores de series de televisión, porque lo que importa aquí es destacar que si el atentado contra el jefe de policía de la capital de la República no es capaz de conmover al gobierno federal no habrá nada más que lo haga.

No se pide al Presidente dejar de pensar que los abrazos pueden suplir a los balazos y que algún día dará resultado su política de atacar las causas que originan que el pueblo prefiera inmiscuirse en el crimen para salir de la pobreza a la brevedad y no a largo plazo, si no que al menos se defienda a sí mismo y a quienes ha confiado la seguridad de los mexicanos y el combate a la corrupción.

LOS MENSAJES

Aquí es importante destacar la visita que Santiago Nieto hizo en su cuarto de hospital a García Harfuch.

Sin duda lo hizo porque en la enfermedad se conoce a los amigos, pero también porque es blanco, pues ha asestado severos golpes en la cartera al cártel de Nemesio Oseguera (a) “El Mencho” asegurando sus cuentas bancarias.

No fue casual que hiciera pública la visita a través de las redes sociales; es de suponer que se trató de un mensaje al CNGJ, similar al que antes de ingresar al quirófano envió García Harfuch, develando quién estuvo atrás de atentado.

Ahora sabemos que por lo menos la policía de la Ciudad de México y la Unidad de inteligencia Financiera están unidas en la lucha contra el CNGJ, pero nada se sabe de las secretarías de la Defensa Nacional, Marina y de Seguridad Pública y Protección Ciudadana. La de Relaciones Exteriores se cuece aparte, pues no tiene vela en el entierro a menos que la inmiscuya el Presidente.

Con seguridad, el general Cresencio Sandoval, el almirante José Rafael Ojeda y Alfonso Durazo han manifestado en privado su solidaridad a García Harfuch, pero impresiona su silencio público. Hasta pareciera que no dieron mayor importancia al atentado ni a la víctima que, por cierto, estaba a su nivel burocrático cuando despachaba como director de la Agencia de Investigación Criminal de la Fiscalía General de la República y parecía ser el único ocupado en combatir al crimen organizado.

El mensaje enviado con sus ausencias no es el mejor que pueda recibir la población, no obstante al crimen organizado le permite medir el impacto del golpe que asestó al poder político, policíaco y militar pese a que a todas luces fue un operativo mal planeado y, por fortuna, peor ejecutado.

Y es cierto, por un lado se puede pensar que el gobierno está tranquilo porque el enemigo demostró sus pocas habilidades para entablar una guerra como la declarada en Las Lomas de Chapultepec, sin embargo, lo que está a la vista es su temeridad y convicción de poder actuar con impunidad contra el nivel burocrático que sea dado que los sicarios que contrata son desechables, y porque sabe que no recibirá respuesta, ni siquiera en discurso.

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