Una numeralia presidencial

Propicio recordar algo de nuestro devenir histórico; de muy distintas características ciudadanos que han ejercido primera magistratura del país

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En estos días de casi descansos vemos propicio para recordar algo de nuestro devenir histórico presidencial. Por ejemplo, me gustaría compartir, sobre todo con los jóvenes, algo de lo que han sido nuestros presidentes a lo largo de nuestra actual era constitucional, inaugurada hace, ya, 100 años. Algunos de estos datos fueron contenidos en mi libro “El Jefe de la Banda”, editado por Plaza & Valdés, y se reproducen con toda la debida autorización

En esta que llamamos la actual era constitucional mexicana, la Presidencia de la República ha sido ejercida por 21 ciudadanos de muy distintas características, aunque la estadística podría señalar mayorías.

En cuanto al territorio de origen tenemos que ocho fueron oriundos de estados norteños, siete del altiplano y seis de regiones costeras. Los estados líderes en producción presidencial son Sonora, con cuatro presidentes, y Michoacán, con tres. Les siguen, con dos cada uno, México, Puebla, Veracruz y la Ciudad de México. Por último, Baja California, Coahuila, Colima, Guanajuato, Nuevo León y Tamaulipas han sido la cuna de un Presidente.

Por lo que concierne a la profesión, el liderazgo absoluto lo tienen los abogados con nueve presidentes, seguidos de cinco generales, dos economistas, dos contadores, un ingeniero, un administrador y un autodidacta.

En cuanto al estrato económico de origen podríamos decir que cinco pertenecieron a una familia con desahogo, pero 16 crecieron con estrechez. Ninguno nació en una cuna potentada.

Todos formaron matrimonio. Nueve de ellos lo contrajeron en más de una ocasión. Cinco por viudedad y cuatro por divorcio. Excepto uno de ellos, todos tuvieron hijos y seis presidentes tuvieron hijos fuera del vínculo marital. De 13 presidentes existen narraciones de relaciones amorosas extramaritales.

A cuatro de ellos se les atribuyen riquezas inmensas, pero no comprobadas, y sólo un Presidente manifestó, abiertamente, su fortuna. Este fue Miguel Alemán, pero debe recordarse que ya era rico antes de su mandato presidencial. Antes de llegar a Los Pinos ya había fraccionado Polanco y otros fraccionamientos en Cuernavaca y en Acapulco. Ya había construido el Toreo y era dueño de lo que sería Ciudad Satélite.

Los otros 16 reunieron un patrimonio muy regular, que no quiero decir magro, pero Adolfo de la Huerta y José López Portillo llegaron a padecer angustias financieras.

Sin embargo, también es de reconocer que no siempre sus familiares fueron tan bien portados como ellos. Se dice que los hermanos o las esposas de 12 de nuestros presidentes medraron sin freno, sin pudor y sin vergüenza.

Después del mandato, casi todos los presidentes decidieron vivir en la capital de la República. Plutarco Elías Calles se quedó a vivir en Anzures y no se regresó a Guaymas. De tonto lo hubiera hecho, así como Lázaro Cárdenas ya parece que iba a abandonar las Lomas para volver a instalarse en Jiquilpan. Y Manuel Ávila Camacho ya no salió de La Herradura ni muerto porque allí lo enterraron. Para qué se regresaba al “chipi-chipi” de Teziutlán.

A su vez, Miguel Alemán se instaló en Polanco y se olvidó de Sayula. Hasta a Adolfo Ruiz Cortines le pareció mejor  vivir en San José Insurgentes antes que volver al puerto jarocho. Adolfo López Mateos se murió en San Jerónimo, sin volver a Atizapán. Y Miguel de la Madrid prefirió Coyoacán que su natal Colima, así como Gustavo Díaz Ordaz se quedó en el Pedregal de San Ángel y no quiso volver a saber nada de Chalchicomula, aunque ahora se llame Ciudad Serdán.

No cuento en esta historia a Luis Echeverría, José López Portillo y Carlos Salinas por dos razones. La primera, porque siempre vivieron en la capital y no tuvieron casa en otro pueblo. La segunda es porque no tuvieron casa pobre en ningún lugar porque siempre vivieron en familia acomodada. Ellos no supieron de estrecheces ni tuvieron recuerdos amargos de su localidad.

En este sentido, también omito a Vicente Fox. Nació provinciano y regresó a la provincia, pero nunca fue pobre y nunca regresará a la pobreza. Por eso retornó a su hacienda, ahora, como dicen los editores, “mejorada y aumentada”.

Para terminar, allí están Ernesto Zedillo y Felipe Calderón. De Zedillo no sé en cuál ciudad norteamericana vive ahora, pero estoy seguro de que no tiene casa en Mexicali. Y Calderón no sería tan atarantado como para cambiarse a Morelia. Yo no sé dónde residirá Enrique Peña Nieto cuando termine su mandato. Incluso, no sé si él ya lo sepa.

Mi intención con estos ejercicios es compartir mucho de lo bueno y de lo malo de nuestros presidentes, pero también de lo que pudo haber sido diferente. Aquello que muchos nos hemos permitido llamar como “contrafactual”, nombre que se le ha dado a lo que pudo suceder y no sucedió. Aquello que no se convirtió en fáctico. Lo que algunos lo llaman “el hubiera” y lo menosprecian por inexistente, como si las ideas, las creencias, los dogmas, los sueños, los teoremas, las hipótesis o los axiomas no existieran tan sólo porque no son visibles, audibles o asibles.

 

 

Abogado y político

[email protected]

twitter: @jeromeroapis

 

 

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