‘Soy dueño de mi silencio’

‘Así como tienes tú derecho a preguntarme, yo también tengo el derecho a no contestarte’: Respuesta del Presidente López Obrador a reporteros en Mexicali, el 26 de marzo. Ayer ‘sugirió’ al periódico Reforma revelar la fuente que le filtró el borrador de la carta enviada al Rey de España

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En una ocasión, el Director del periódico El Norte, de Monterrey (de Grupo Reforma), pidió que el trabajo de redacción informativa se reforzara con más datos y criterios, una especie de “editorialización”, sin llegar al artículo personal.
La necesidad de entregar una información más detallada a los lectores, ante un notorio cambio de posición oficial y de hechos que comenzaban a ensombrecer a México, lo ameritaba; lo exigía.
Eran los tiempos en los que iniciaba la debacle del PRI y el partido-gobierno se enredaba con los graves casos de Colosio, Ruiz Massieu, Posadas, el “error de diciembre” y todo lo que a la postre sobrevino, incluyendo la expansión del crimen organizado, con la aparición a granel, para quedarse, de cárteles en el territorio nacional.
En ese contexto, la labor periodística exigía mayor profesionalización, astucia, pero sobre todo verdad, y, para ello, la labor de los medios de comunicación se estrechó, mucho más, a las fuentes (informativas). Y estas no tienen niveles, estratos o “kardex” alguno que respalde su condición de pretender hacer público un tema o un hecho de interés general. Las hay públicas y bajo anonimato. La autoridad o la parte interesada mantienen la opción, o el derecho, paralelo, de opinión.
Hasta antes de la invasión digital, que trajo consigo un incipiente campo de redes sociales, pongamos como parámetro intermedio el año 2000, fin del Siglo XX y arranque portentoso del XXI, los medios de comunicación, pero ante todo los periódicos, fueron -en parte lo siguen siendo- las únicas ventanas de expresión, o retroalimentación, a las necesidades de la sociedad.
Uno de los organismos internacionales que desde hace varias décadas ha velado por los derechos del ejercicio periodístico es la Sociedad Interamericana de Prensa, que no pocas veces ha dirimido contrastes, sobre todo, entre publicaciones periódicas y gobiernos. Varios diarios mexicanos, entre ellos los de Grupo Reforma, han pertenecido a ella.
Pero en el mundo, como, particularmente, en México, cada vez ha crecido más la necesidad de un periodismo “atrevido” ante condiciones sociales y políticas “atrevidas”. Las propias escalofriantes cifras de periodistas asesinados en el país muestran la necesidad del compromiso en la labor, pero también del cuidado y protección de las fuentes informativas.
Casi al mismo tiempo de la aparición, en la Ciudad de México, de Reforma, El Norte fue el principal impulsor, como empresa periodística, de la transparencia, rendición de cuentas y hasta de los juicios orales. Su columna “Juan Ciudadano” guarda un archivo importante de este criterio.
Debe puntualizarse que todo aquello que tiene que ver con la transparencia es aplicable a la tarea y labor de los gobiernos, los que manejan y operan los recursos e intereses públicos, no a entes particulares que, en pos de la salvaguarda informativa, revelan confidencialidades o secrecías mantenidas a espaldas de la ciudadanía.
Pero ayer, el Presidente Andrés Manuel López Obrador propuso derrumbar teorías y conceptos de Comunicación y Periodismo pidiendo que los medios, como lo hizo directamente a Reforma, revelen sus fuentes “en aras de la transparencia (regla de oro de la democracia)”.
“Porque la vida pública”, dijo, “tiene que ser cada vez más pública”.
Desde hace días, el Presidente trae atravesado en la garganta un hueso o una espina que no le permite la tranquilidad absoluta: ¿Quién carajos filtró a Reforma su carta al Rey de España, Felipe VI, donde exige disculpas de su país por las atrocidades de la Conquista de hace 500 años?
Por supuesto, entre los sospechosos están el Gobierno español y el mismo Rey.
Lo que no sabemos es si López Obrador llegará al límite de hacer pasar al frente a todo aquel de su confianza cercano a la información oficial para que, quizá en nombre de la “Cuarta Transformación”, el atrevido confiese.
Lo más fácil, pero riesgoso y hasta simpático, fue (como Mario Delgado a la CNTE, rogando para que no bloqueen San Lázaro) pedir al diario capitalino revelar su fuente, sacrosanta herramienta de trabajo.
Pero el Presidente olvida que “en aras” de proteger y acorazar la información que como gobernante está obligado a dar a los gobernados, a la sociedad o, cuando menos, a los 30 millones de votantes que le dieron el triunfo el pasado 1 de julio, hace dos semanas, en Mexicali, regañó y advirtió a reporteros que en coro exigían “¡información, información!” que él no daba “entrevistas banqueteras” y que ellos (los reporteros que hacían preguntas) se parecían a la prensa “fifí”.
Eso es lo menos. La peor parte la llevó una reportera que insistió en preguntarle por qué no respondía: “Así como tienes tú derecho a preguntarme, yo también tengo el derecho a no contestarte”, respondió el Presidente que todos los días en su “mañanera” habla de honestidad.
“¿Por qué?”, insistió la reportera.
“Soy dueño de mi silencio”, respondió casi a punto de soltar al tigre.
No fue la única vez que el Presidente defendió su derecho al silencio.
¿Por qué, entonces, su suspicaz sugerencia a revelar la combinación de la caja fuerte de la información?
Por cierto, en otra ocasión, el Director de ese periódico regiomontano, ante los cuestionamientos oficiales a la labor de informar, fue más directo: “No somos iglesia”.

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@RobertoCZga

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