Si Nuño tuviera a Castillo Peralta

Si el corazón y la ‘fiebre humana’ o ‘porcina’ de Felipe Calderón no se lo hubieran llevado lo imagino operando para el titular de la SEP

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Cuando se ingresa a la cuarta edad, lo aconsejable es no desatender señales que, contra lo que Javier Castellanos aconsejaría, nada tienen que ver con la próstata y esas cosas; hay asuntos más vulgares que empujan a la melancolía, como en la lejana época del romanticismo llamaban a la depresión.

Me cuesta dolor explicarme; me dicen que dos o tres meses atrás cerró el “Lincoln”, el restaurante que me vio nacer como reportero de políticas y columnista de El Universal. Ahí nos encontrábamos a diario, si no todos, una legión de periodistas y políticos.

Ahí escuché a Heriberto Galindo quejarse por qué lo acusaban, sólo a él, de haber ensuciado la sucesión presidencial a Miguel de la Madrid. Esa misma mañana marcó el teléfono de Pedro Joaquín Coldwell, que ya era influyente, y pidió la gracia del exilio en una embajada, al menos, para alejarse del enojo del Presidente y de Carlos Salinas.

Ahí, el “Diablo sonorense”, Ricardo Castillo Peralta, me reunió con don Manuel Aguilera después del sainete de Guadalajara, en donde los “ifigenios” (los economistas seguidores de Ifigenia Martínez) llamaron a Salinas “burócrata sumiso” y él les reviró con un ominoso “se subieron al cabús de la Revolución”. Ramón Aguirre fue más gráfico: “Cobran con la derecha y pegan con la izquierda”.

Ignoro en dónde ande el gran Ricardo, pero imagino que en el infierno, con el añorado capitán Carlos Ruiz, pero no puedo olvidar que con el Jefe Aguilera (con el paso al desempleo dejó de ser “El Jefe” para convertirse en el “Pinche Manuel”) me llevó al restaurante “Los Arcos” un día después de su inauguración, cuando Francisco Labastida ya había puesto su apodo, gobernador, a los tacos de camarón con queso.

En “Los Arcos”, y en el vapor de la Santa María, atendidos por los hermanos Colín, Margarito, Carlos, Beto y Jesús, a Ricardo le daba por platicar que en la asesoría de Enrique Jackson, el coordinador de la bancada priísta en las dos legislaturas de Vicente Fox, el joven Aurelio Nuño trabajaba con él y con el maestro “Lama” (José Luis Lamadrid, el verdadero autor de la reforma que sacó a la izquierda radical de la clandestinidad).

Se quedó en promesa la intención de presentarlo. Era imposible; no imagino al secretario de Educación de Enrique Peña Nieto adentrándose, en aquellos tiempos, en tugurios como los frecuentados por Javier García Paniagua, Jorge Rojo Lugo, “El Güero” Gil, Fernando Casanova y la dinastía Bustillos, entre muchos otros especímenes.

Si el corazón y la “fiebre humana” o “porcina” de Felipe Calderón no se hubieran llevado a Ricardo lo imagino operando para el secretario Nuño. Sin duda ya habría neutralizado a Augusto Gómez Villanueva y a José Ramón Martell, que lo hacen para José Antonio Meade.

Es una pena que Ricardo no viviera hasta dónde ha llegado Aurelio; quizás el amo de San Luis Río Colorado nunca estuvo tan cerca de la Presidencia, ni con Manuel Camacho, como podría estarlo hoy, pero dejémonos de lo que pudo ser; lo cierto es que hoy tengo una mala noticia para Ricardo, Aguilera, Carlos Romero Deschamps, Ricardo Aldana, Manuel Limón, Héctor Sosa, David López y la legión de quienes durante casi dos décadas convertimos en un segundo o tercer hogar a “Los Arcos”. En enero cerrará porque los dueños del predio construirán una megatorre de oficinas.

Ya no está “El elefante” Armando Angulo, que con Dios descanse, para evitar que ocurra lo inevitable, y no hay quien garantice que por el rumbo de Polanco consigan otro lugar para combinar comida sinaloense con la salsa “petrolera” que inventó el senador Romero Deschamps.

Embebidos en la inmediatez y las novedades, los viejos no quisimos percatarnos de que todo cambia. La desaparición de “El Lincoln” y el inminente cierre de “Los Arcos” son premonitorios. Antes desparecieron muchos otros restaurantes, “La Calesa” y “El Champs”, pero estos dos, y muchos otros, forman parte de los varios que marcaron a nuestra generación. Debemos resignarnos a desaparecer con ellos.

Ayer, que Rogelio me confío que el cierre es inminente, me ofreció la opción del “Cabanna”, pero Ricardo y quienes lo sobreviven conmigo estarán de acuerdo en que estamos demasiado viejos para convertirnos en “Godínez”, pero el anuncio del cierre me llevó a recordar a “el diablo de Sahuaripa” haciendo maromas, en la Cámara de Diputados, con Miguel Quiroz para impedir que Santiago Creel llevara a juicio político a Roberto Madrazo y a Víctor Cervera Pacheco. El costo fue demasiado alto: El IFE perdonó al Partido Verde 11 millones de pesos de gastos no comprobables y el Congreso aprobó bajar la edad para que el “Niño Verde” se convirtiera en padre de la patria, es decir, en senador.

Hace mucho que, para mala fortuna de Aurelio Nuño, Ricardo ya no está; “El Lincoln” ya cerró; pronto lo hará “Los Arcos”; después nos marcharemos el resto y luego, como decía el Padre Benson, este mundo se irá y toda su gloria se convertirá en nada.

 

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