Sánchez Cordero, la imposible coartada de Fernández Noroña

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De creer a Gerardo Fernández Noroña, el presidente López Obrador por fin tiene secretaria de Gobernación. A ella se debería que la priista Dulce María Sauri y no el petista sea la presidenta de la Cámara de Diputados, a menos que Mario Delgado y René Juárez hubiesen acudido a tomar café con gotitas de la infusión del brujo de mi pueblo que cura el coronavirus.

Fernández Noroña no explicó, sin embargo, cómo hizo Sánchez Cordero para convencer a las tribus de Morena para que su coordinador Mario Delgado no incumpliera el pacto de origen de la Jucopo en el sentido de que los periodos ordinarios de sesiones fuesen presididos en sucesión por las tres fuerzas electorales, entre las que no se cuenta el PT.

Enhorabuena si es verdad que doña Olga se comportó como correspondía a un secretario de Gobernación de la detestada etapa neoliberal, pero no imagino cómo pudo hacerlo ahora que ni a subsecretario de Gobierno llega, ya que el austericidio se llevó entre sus ocurrencias a Ricardo Peralta, quien, dicho sea de paso, ha sido de lo peorcito en esa vital posición en la que estuvieron Rodolfo González Guevara, Manlio Fabio Beltrones, Carlos Armando Biebrich y Arturo Núñez, por ejemplo.

La ministra en retiro y en funciones de florero en el Palacio de Cobián por decisión de su jefe el presidente y porque ella no ha sido capaz de defender como mujer la integridad de una dependencia vital para la gobernabilidad del país, es admirable por muchos motivos, pero sin las dotes que distinguieron a algunos que la antecedieron por sus virtudes, pero también por sus defectos, como los priistas Jesús Reyes Heroles, Enrique Olivares Santana, Jorge Carpizo, Miguel Alemán, Adolfo Ruiz Cortínez, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, Manuel Bartlett, Jorge Carpizo y don Fernando Gutiérrez Barrios por ejemplo; de los panistas al menos dos a recordar, Santiago Creel y Carlos Abascal.

Uno de los grandes problemas de la Cuarta Transformación ha sido, sin lugar a dudas, no tener secretario de Gobernación, pero más porque el presidente ejerce a cada instante como el gabinete en su conjunto, supliendo personalmente a cualquiera de sus colaboradores del nivel que sea y conforme a las circunstancias lo requieran.

En circunstancias extremas encarga las funciones del que sea al único a quien reconoce dotes para todo, Marcelo Ebrard. Sólo le falta ejercer de secretario de la Defensa o Marina.

Imposible imaginar a la señora Sánchez Cordero hablando con los dirigentes de las tribus de Morena o jalando las orejas al coordinador de la bancada para pasarle el recado presidencial del no a las burdas maniobras de intercambiar diputados entre las fracciones para que algunos pequeños grupos se conviertan en bancada, el partido oficial obtenga la mayoría calificada o el PRI presida la Mesa Directiva.

De existir secretario de Gobernación y convencido el presidente de las bondades de que el PRI presida la Cámara Baja en un periodo tan vital como será el último de la LXIV Legislatura, pero también del riesgo de obsequiar esa posición a Fernández Noroña que ya sueña con sucederlo en el Palacio Nacional, el Congreso se habría ahorrado los penosos acontecimientos de esta semana y muchos otros; el último, el ya anunciado repudio de las bancadas de oposición en el Senado a la eliminación del fuero presidencial aprobado el miércoles por los diputados.

Esto en cuanto al Congreso, pero también los pleitos innecesarios causados con los gobernadores por la creciente soberbia del Zar del Virus, Hugo López-Gatell; la inminente desintegración de la Conferencia Nacional de Gobernadores y el posible conflicto constitucional del rompimiento del Pacto Fiscal que, de ocurrir, sumiría al país en un problema de gravedad que vendría a encimarse a las crisis de salud, seguridad y económica.

Es de insistir, los problemas de gobernabilidad tienen más que ver con la concepción de gobierno de López Obrador que con las limitaciones o capacidades de Sánchez Cordero, quien llegó a la Secretaría de Gobernación sin experiencia previa, excepto en su notaría y en su larga y brillante permanencia en el Poder Judicial de la Federación.

López Obrador gobierna en solitario y constantemente ofrece la impresión de no escuchar a nadie, ni siquiera a su consejero jurídico, Julio Scherer, como al dictar y firmar en su ausencia, según su dicho, el memorándum ordenando a los secretarios de Hacienda, Arturo Herrera, de Gobernación, Sánchez Cordero, y de Educación, Esteban Moctezuma, violar la Constitución mientras el Congreso no le obsequiara la nueva Reforma Educativa.

Es su estilo y sus colaboradores aceptan que él tenga otros datos aunque sean ajenos a la realidad, como ocurrió en uno de los episodios más recientes: mientras en Palacio Nacional a López Obrador sólo le faltó decir que en materia económica vamos “requetebién”, previamente al segundo “informe” el secretario Herrera nos pintó un escenario dantesco, aterrador. Estamos como en 1932 cuando por órdenes del Jefe Máximo, Plutarco Elías Calles, “El Nopalito” Pascual Ortiz Rubio dejó la Presidencia a Abelardo L. Rodríguez, por cierto quien otorgó el control de cambios al Banco de México, creó el Banobras e instauró la educación socialista.

Así que tal vez Fernández Noroña no mienta del todo al declararse vencido por decisión superior en sus aspiraciones a conducir los trabajos de la Cámara de Diputados, pero no dice la verdad al culpar a Olga Sánchez Cordero.

¿Quién fue el conducto para convencer a los diputados de Morena?

Imposible saberlo porque también es posible que a pesar de presumir que no es igual a sus antecesores, López Obrador también tiene varios secretarios de Gobernación alternos, como Carlos Salinas que usaba para esas funciones también a José Córdoba Montoya, Emilio Gamboa y a Manuel Camacho.

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