Riesgo de dilapidar el bono democrático de AMLO

Imposible cumplir de la manera prometida; todo proyecto se lleva años desde su concepción hasta la producción de sus primeros frutos

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No hay duda. Andrés Manuel López Obrador y su equipo quieren transformar al país y tienen prisa, mucha prisa, tanta que, salvo excepciones, como Olga Sánchez Cordero y Marcelo Ebrard, empiezan a trompicarse.

De igual manera, y tal vez porque la experiencia se impone, no es casual que Manuel Bartlett, después de defenderse un poco de las críticas porque se le confiará la CFE, decidiera guardar prudente silencio en el tema de la Reforma Energética.


El caso del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, que trae loco a Javier Jiménez Espriú (haciendo caso omiso de la opinión de los expertos va a dejar al “pueblo” decidir si continúan las obras en Texcoco o se construyen 2 pistas en Santa Lucía), parece el más emblemático de los asuntos contradictorios del equipo de presidente electo.

Pero no es el único.

Para no ser exhaustivos, la promesa de recuperar la seguridad a los mexicanos mediante una estrategia de perdón a los victimarios, sin que las víctimas olviden, ha convertido a Alfonso Durazo en el pararrayos de todas las críticas para solaz de quienes serán sus compañeros de gabinete y competidores en el futuro. En los foros no le ha ido bien, y en los medios de comunicación, las críticas son severas.

Debo reconocer su optimismo. Ha dicho que no hay misterio en cómo reducir los índices de inseguridad y que tampoco se requiere magia, que, en todo caso, la fórmula promovida por su jefe y él dará resultados. Que así sea, pero no muchos compartimos su entusiasmo.

La mayoría de las políticas anunciadas que está en debate en los medios de comunicación ha causado un fenómeno insospechado en las redes sociales.

Antes de las elecciones, su lealtad era inquebrantable a López Obrador, pero, de pronto, aquellos leales han desaparecido para dar paso a quienes critican sus propuestas y los planteamientos de quienes serán sus colaboradores.

Pareciera que, al concluir la campaña, los usuarios de las redes que reaccionaban con rabia ante las críticas del candidato de Morena se dieron un merecido descanso, al contrario de Andrés Manuel y de su futuro equipo.

Aquella multitud de aguerridos ha dejado su lugar a quienes no dudan en manifestar su desacuerdo con asuntos polémicos, como la descentralización de las dependencias que amenaza con provocar resentimiento social porque afectará a miles de familias.

Ofrecen la impresión de estar de vacaciones, de que los pusieron en modo reposo o, lo que podría ser peligroso, empiezan a desencantarse.

A pesar de haber ganado la Presidencia con un histórico apoyo popular, López Obrador corre el riesgo de incumplir, en el corto o mediano plazo, las promesas que más entusiasmaron a los votantes.

Son las que nada tienen que ver con el aeropuerto o con la designación de delegados para impedir que los gobernadores se roben el dinero aprobado por el Congreso para invertir en las entidades federativas, sino las de carácter social y que, conforme a las cuentas del presidente electo, a la brevedad se reflejarán en el bolsillo de los mexicanos más necesitados.

Si esto no llegara a ocurrir, por la causa que sea, por irrealizables o porque el dinero no alcanza para tanto, las redes sociales dejarían de ser “benditas”, como las calificó; volverán a su furia original, pero en sentido contrario, es decir sobre él.

Quienes hoy muestran su desacuerdo con algunas de sus decisiones no pertenecen a esa mayoría anónima que estaba dispuesta a reaccionar, de inmediato, a su favor antes de las elecciones; se trata de ciudadanos que se sienten amenazados por las consecuencias de algunas de las políticas anunciadas.

Antes no se manifestaban en las redes, pero hoy lo hacen sin temor. Grave sería para el presidente electo que se les sumaran sus antiguos leales, ahora desencantados porque creyeron que les cumplirían desde el primer día de gobierno, es decir, el uno de diciembre próximo, y que empiezan a percatarse de que hay cierta diferencia entre las promesas de campaña y la realidad.

Cualquiera sabe que cumplir de la manera prometida es imposible porque todo proyecto se lleva años desde su concepción hasta la producción de sus primeros frutos, pero la seguridad con que se hicieron las promesas, la prisa por empezar a gobernar, cinco meses antes del inicio del periodo constitucional, y lo fantasioso de algunos programas, han creado expectativas demasiado altas.

Es cierto que seis años no son muchos para conseguir, plenamente, la cuarta transformación de la República y que debe ser frustrante no poder realizar en tan poco tiempo todo lo que se quiere y se prometió, pero hasta Andrés Manuel debe entender que no siempre se puede dar gusto a todos, ni siquiera a uno mismo.

Quizás sea aconsejable administrar mejor el gran bono democrático otorgado por los 30 millones de mexicanos que depositaron sus esperanzas en las urnas; sería lamentable dilapidar un alto porcentaje en sólo 5 meses sólo porque la prisa consume a quienes lo rodean.

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