Retar a la muerte, ejemplo de AMLO y su gabinete

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Veo el jueves por la mañana al presidente López Obrador, hombro a hombro con Jorge Alcocer, Julio Scherer, Arturo Herrera y Hugo López Gatell, y no puedo dejar de imaginarlos como personajes inconscientes de la canción que entonaba El Charro” Avitia y, mejor, para mi gusto, Tony Aguilar: “y a mi me encuentran tomando con la muerte y ella invita”.
No hay entre uno a uno ni medio metro de distancia y leales a su jefe, ninguno usa el cubrebocas.

El último en incorporarse al grupo es Marcelo Ebrard que para no quedar al lado del secretario de Salud, cortés o precavido se coloca de manera estratégica después de Giuseppe Mancinelli Y Cristian Morales Fuhrimann, de la ONU y la OPS/OMS, respectivamente, que sí portan un protector bucal.

Me extraña que siempre cuidadoso con su salud, el secretario de Relaciones Exteriores no use en la mañanera del jueves, como lo hace cotidianamente, la única barrera que tiene para no contagiar o no ser contagiado de Covid. Tal vez para no desentonar de su jefe y colegas.

Más tenebrosa es la escena porque resulta irónico que los miembros del gabinete hagan honor a la fama de la supuesta relación amistosa y amorosa de los mexicanos con la muerte, para flanquear al presidente muertos de risa –si se me permite el mal gusto de usar esta figura— que muy orondo muestra al pueblo el acuerdo con la ONU para la compra de medicamentos en el mundo para el sector público, que minutos antes su consejero Jurídico le dio a firmar.

Riendo, desde su casi 1.90 metros de estatura, Scherer cubre de aerosol (así llaman a las partículas de saliva que brotan de la boca) al secretario Herrera que no se muestra preocupado porque, como ya padeció el virus, debe ser o se cree inmune.

Ni Stephen King habría imaginado una escena de terror similar, si se toma en cuenta que una media docena de miembros del gabinete presidencial ha sufrido contagio. El último, el almirante secretario Rafael Ojeda Durán.

Un día antes, la tarde del miércoles, el subsecretario de Salud Hugo López Gatell repitió su diatriba cotidiana contra el cubrebocas, pero, luciendo el logo de la Secretaría de Salud, lo usó solo durante 3 minutos para que camarógrafos y fotógrafos pudieran captar su imagen.

Apenas dio la palabra a José Luis Alomía liberó sus labios del estorboso adminículo y quizás ya no lo usó el resto del día, ni siquiera por la mañana del jueves cuando observó sentado la ceremonia de la firma del acuerdo y luego fue invitado a posar al lado de las ligas mayores del gabinete.

No me debería sorprender la escena que ayer me quitó la somnolencia porque, cuando aún me recibían en la cúspide de la Cuarta Transformación y el subsecretario de Salud recomendaba la sana distancia y aconsejaba no abrazar ni saludar de mano, a mi pregunta de por qué en el Olimpo no observaban las reglas que pregonaba el zar anticoronavirus, la respuesta, después del abrazo y el apretón de manos, era que López Gatell se sentía héroe, como se sigue sintiendo.

Lo mismo pensaba el jefe de la 4T que protegido por sus “detentes” (escapularios, estampitas, trébol de cuatro o cinco hojas y un billete de dos dólares) recorría el país repartiendo besos y abrazos y exhortando al país a salir a la calle, acudir a fondas y restaurantes porque “no pasa nada… no debemos espantarnos… los mexicanos somos muy resistentes… estar bien con nuestra conciencia, no mentir, no robar, eso ayuda mucho para que no dé el coronavirus…”.

Eran tiempos en que los contagios y fallecimientos no eran muchos y López Gatell creía firmemente que sólo 6 mil mexicanos podrían ser víctimas del virus; ni pensar que el subsecretario estimara entonces que México pudiera sufrir el escenario “muy catastrófico” de enviar a la sepultura a 60 mil personas.

Pero el jueves por la mañana, cuando López Gatell se preparaba para anunciar por la tarde la muerte de 90 mil 773 mexicanos y el contagio de 912 mil 811 casos (es decir, el escenario más catastrófico y medio más), se unió al coro de López Obrador, Scherer, Alcocer, Ebrard y Herrera que en mi somnolienta imaginación cantaban, muy pegaditos uno al otro y con desprecio al cubrebocas, “¿en qué quedamos pelona? ¿me llevas o no me llevas?”.

Así ¿cómo quieren que el resto de los mexicanos observemos la sana distancia y usemos el cubrebocas para protegernos o, por lo menos, no contagiar a otros?

Aunque, por otra parte, no olvidemos que el filosofo de Guemes vespertino del Palacio Nacional insiste en que el cubrebocas “sirve para lo que sirve y desgraciadamente no sirve para lo que no sirve”.

Y es probable que para algo sirva porque el jueves por la tarde, después de no usarlo en la conferencia mañanera de López Obrador, López Gatell no se lo quitó un minuto en su espacio estelar.

¿Qué cambió entre las 7 de la mañana y las 7 de la noche para que el subsecretario de Salud ya no retara a la muerte como en la mañanera? ¿Para qué le sirvió en la tarde? ¿temió que lo contagiara Alejandra Fraustro, cuyo padre falleció el 7 de octubre?

Y es que, el subsecretario tuvo un lamentable lapsus pues pensó y dijo que la secretaria de Cultura (que celebró la confusión con una carcajada) lo dejó plantado en la vespertina a causa del coronavirus, cuando en realidad sólo estaba de luto porque don Antonio, el embajador de la amistad, “se fue en un martes de mezcal”, según compartió su hija en las redes sociales.

Lo dicho, así nos la gastamos los mexicanos con la muerte.

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