Que salten chispas… o que modere Julia Orayen

Ante un panorama distinto al de hace seis años, y un candidato que ya casi gobierna, los aspirantes deberán debatir con arte. Y el INE a dinamizar el formato

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Si me dan a elegir, el debate que más me ha gustado (creo que a los propios candidatos también), es el del 2012, pero no por la presencia y “enjundia” de los aspirantes presidenciales de entonces, sino por el derroche de gracia, belleza y donaire (“en su movimiento de paloma con llamas”, diría Neruda) de Julia Orayen, la modelo argentina que le puso “chispa” al encuentro entre Enrique Peña Nieto, Andrés Manuel López Obrador (¿les suena?), Josefina Vázquez Mota y Gabriel Quadri.

Esta vez, seis años después, la cosa es muy diferente. Ciertamente, la sociedad está encabronada, no está para bromas; las redes sociales se han afianzado más como un medio de foro libre y micrófono abierto en donde se esbozan desde grandes ideas, críticas y reconocimientos, hasta mentiras y estupideces.

Tan diferente que la política es ya como jugar a la matatena, lanzas la pelotita y recoges estrellas. Tan diferente que los comunistas se convirtieron al catolicismo, admitieron de socio a la Derecha, de amigos a todo lo que su escobetilla pueda recoger de la desgracia, y hasta modificaron su concepción de ideas para cambiar las estructuras sociales. Pobre Marx, Lenin, el “Che”, arrumbados.

Entonces, pasadas la precampañas, ¡que vengan los debates! Ayer, Andrés Manuel López Obrador nos dio oootra exclusiva, anunció que nos hará el favor de participar en todos los encuentros convocados por el Instituto Nacional Electoral.

De entrada se cubrió o se justifica ante una posible zarandeada, “me van a echar montón… pero que se vengan de 10 en 10”. Sabe que es el negro de la feria. Porque el PRI, PAN y los independientes exhibirán mucha confrontación, pero en el fondo el plan es no dejar pasar a quien ha prometido gobernar “con locura”. Aunque al que también darán de latigazos, como si su viacrucis fuera, será al representante del PRI.

En esos sentidos, los debates por venir, y no sólo entre Ricardo Anaya y José Antonio Meade, como proponía, nerviosamente, el candidato de Morena, sino, además, con la participación de Margarita Zavala, “El Bronco” y Ríos Piter, prometen algo más que una guerra de chismes.

Con todos ellos y ante las circunstancias socio-políticas actuales, a López Obrador deberán construirle una estrategia diferente, entrona, propositiva, clara. Si va a insistir en sus cuentos chinos se lo van a comer.

Andrés Manuel, sin embargo, es alumno decano en los debates. Ya lo hizo ante Peña, Vázquez Mota y Quadri. Y máaaaas atrás, ante Roberto Madrazo, Felipe Calderón, Roberto Campa y Patricia Mercado. En el 2006 acudió al segundo, al primero no porque dijo que había un “compló” para difundir que él lo había perdido.

Vaya, si alguien debiera llegar al escenario y fulminar a sus contrincantes ése es López Obrador. A estas alturas debe sabérselas de todas, todas.

El caso es que en los debates que vienen, en principio para bien de los propios contendientes, los candidatos deberán de modificar los estilos de sus antecesores. Ya no más desfile de cartulinas. Ya no más aburrimiento de parte de él o la moderadora.

Para ello hasta el INE está tomando cartas en el asunto. En el adelanto de ayer del periódico Reforma a la entrevista a Lorenzo Córdova, consejero presidente del instituto, y que reproduce hoy, René Delgado, el entrevistador, se va directo, “¿no más monólogos?”, “¿no más acartonamiento?”. El entrevistado revela cambio de formato y un dinamismo mayor de parte de quien modere.

Para los participantes e incluso para los ciudadanos, siempre y cuando tengan interés en ver los debates (que por cierto, los jóvenes unos de los segmentos que inclinarían la balanza en las urnas, son apáticos o simplemente no tienen esa cultura de ser espectadores), será un punto decisivo la percepción de quién los ganó. Eso también influye en las encuestas, por ejemplo. Y eso mismo es, como en el 2006, uno de los temores de Andrés Manuel.

Ojalá y salten chispas o, cuando menos, que haya chispa, como aquella vez cuando “la paloma con llamas”.
Porque en el 2012 a mí no me cabe duda, el debate (sin decir una palabra) lo ganó Julia.

 

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