Presupuesto anual ‘pura latida’

País flota en la nata de la ineptitud y la incapacidad; sismo de septiembre agudizará la crisis; rapiña y enriquecimiento de unos cuantos ingredientes nocivos

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Manejar las finanzas del país ‘para ver si le atinan’ ha sido desastroso

El tan mentado presupuesto “base cero” que Peña Nieto ofreció desde 2015 para el 16, quedó en otra de las múltiples promesas incumplidas. Por enésima vez se vuelve a un presupuesto anual de latida sobre erráticos antecedentes con efectos económicos negativos. Este nuevo inventa que el precio del barril de petróleo andará en 48 dólares (así de fácil, ni siquiera se relaciona con las proporciones de extracción de la mezcla mexicana que ha tenido caídas fantásticas) y, la paridad cambiaria también la inventa que baje a 18.40 pesos por dólar. Así de elemental está el maquillaje que el Congreso añadió para llegar a obtener 46 mil millones de pesos y dejar intocados más de 200 mil millones que efectivamente podrían estar disponibles, si se suprimen gastos de publicidad de la Presidencia; altos sueldos de la burocracia dorada y del Poder Judicial y Legislativo; las percepciones ocultas y abiertas, como seguros, viajes, viáticos, comelitones, vehículos de lujo, personal adicional, etcétera, etcétera.

El presupuesto “base cero” que quedó sepultado, es el más racional del mundo y el único que podría atemperar la crisis ya notoria del año que termina y el que principia. Se trataría de recrear la administración pública federal para, con rigor científico ver las funciones básicas y la prestación de servicios e infraestructura necesaria para cumplir con los objetivos previamente definidos y consensuados democráticamente. Este presupuesto desde luego parte, como debe ser, del inicio de una nueva mentalidad productiva es decir llevar a cabo las tareas con la mayor eficiencia y bajo costo. Su piso indispensable es también que se sustenta en una conciencia ética que reconoce que los dineros con los que se opera, son del pueblo y que por lo mismo, no son de los funcionarios, ni de los partidos políticos, órganos legislativos, ni institución alguna.

Ya hubo un fracaso monumental cuando Peña, a través del Pacto por México, compró a los tres partidos mayoritarios y sus apéndices al aprobar la Reforma Energética al trancazo, sin haber siquiera previsto cómo se iban a mover los precios del petróleo en el mercado real. Así, no sólo perdimos capacidad de crecer al 6 y 7 anual como lo prometían, sino también lastramos la soberanía del país que tendrá que aguantar la presencia de la cauda de consorcios extranjeros que todos los días arriba para intervenir en los concursos por los bloques, previa la mochada y las garantías que se les concedan para que sus negocios prosperen. Las ilusiones de que la privatización del petróleo serían panacea, quedarán como las múltiples promesas sexenales incumplidas y con el regalo de una mayor pobreza nacional.

Lo mismo pasó con el TLC hace 22 años cuando Salinas nos vendió la especie de que suprimiendo ceros al peso y enganchados con los gringos y canadienses, el país saldría disparado al desarrollo competitivo. Hasta ahora no ha habido un crecimiento mayor al que teníamos antes del TLC. Tampoco ha habido mayor equidad en la distribución del ingreso nacional. Menos ha habido mejoría en la administración pública, honestidad y servicios públicos. Mayor rezago ha habido en cambio, en el orden y seguridad del país cuando las exportaciones del narcotráfico se han interrumpido y la persecución hacia adentro del país ha militarizado a la nación con las consecuencias inocultables de violencia, corrupción y caída de la calidad de vida. El espejismo del gran avance en el comercio exterior propició a su vez, el enriquecimiento ilimitado de los tecnócratas y sus asesores con una burocracia creciente.

Manejar las finanzas del país para ver si le atinan ha sido desastroso. La deuda externa ha servido para ocultar los desequilibrios y desfalcos del erario. Ahora vuelve a alcanzar más del 50 por ciento del PIB, cuando se había mantenido hasta Zedillo en términos razonables del 10 al 20 por ciento a pesar de que se le sumó el IPAB. Todos los instrumentos fiscales caen por su peso porque, a pesar de que haya más recaudación, hay también más dispendio e improductividad. Ya se acabaron las grandes empresas nacionales como Pemex, CFE, ferrocarriles, aeropuertos, con el cuento de que los iniciativos nacionales y extranjeros las harían fuente de riqueza, empleos y pago de impuestos. Todo ha sido un fiasco, el país flota en la nata de la ineptitud y la incapacidad. El sismo de septiembre agudizará la crisis con el ingrediente nocivo de que también atizará la rapiña y el enriquecimiento de unos cuantos, en los negocios de la reconstrucción.

Con este panorama resulta difícil visualizar una salida. En la campaña de 2018, lejos de generar una propuesta viable de solución, presentando un presupuesto diseñado “a partir de cero” para la utilización de los más de 5 billones de gasto público programable, los partidos se exhiben en las disputas para conseguir los más de 5 mil puestos públicos de elección que se subastarán. Lo decente y democrático sería que cada opción política presentara al pueblo un estado de ingresos y egresos con toda claridad para, desde ahí, poder juzgar y evaluar la capacidad y razonabilidad en lo que hoy está en el centro de la confianza nacional que es el buen uso de los dineros públicos. El óptimo empleo de estos recursos para todos los mexicanos está en el núcleo de lo que podrá ser un programa político verdaderamente progresista y realizable.

 

 

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