Preferible el sufrimiento mañanero que la censura

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Algo nunca visto, al menos no guardo memoria, fue la suspensión de la transmisión en vivo de los medios electrónicos de un mensaje de un candidato presidencial -–o la colocación de cortinillas sobre las imágenes de televisión advirtiendo que el personaje puede estar mintiendo–, como le ocurrió a Donald Trump con cuatro de las cinco cadenas por cable cuando denunciaba fraude electoral en su contra.

Los ejemplos abundan, pero la explicación de Brian Williams, de MSNBC, sobre la decisión de la cadena de cortar el mensaje del presidente-candidato a reelegirse resume el espíritu de censura de los medios electrónicos de Estados Unidos: sus dicho no “se basan en la realidad y en este momento en el que está nuestro país, es peligroso”.

La actitud de los magnates de los medios electrónicos norteamericanos puede verse heroica y merecedora de aplauso porque no dejan de tener razón en cuanto a las intenciones de Trump, pero no dejan de ser inquietantes porque estamos hablando de censura.

Y censura, dictada desde las alturas del poder o autocensura por temor o cualquier otro sentimiento, es lo último que nos podemos permitir.

El episodio norteamericano ya está siendo aprovechado para poner en la mesa el debate sobre la conferencia mañanera del presidente López Obrador que además de ser un acto de gobierno, quizás el más importante del día, es a todas luces un acto de propaganda y de campaña electoral permanente.

El presidente se ha convertido en su jefe de prensa y vocero de su gobierno; Jesús Ramírez Cuevas es solo un ayudante que en la madrugada le entrega una síntesis apretada de lo que publican Reforma y El Universal, en especial, y durante la conferencia coloca las imágenes de powerpoint alusivas a los comentarios presidenciales.

La mañanera ha tenido la virtud de desaparecer las oficinas de prensa, tal y como las conocimos en el pasado. El presidente lleva a su púlpito a todo aquel funcionario que según su opinión debe comparecer ante los reporteros, la mayoría adictos a su causa que hacen preguntas a modo para el lucimiento de López Obrador y sus colaboradores.

El fenómeno lo ha replicado el presidente por las tardes usando a Hugo López Gatell y a José Luis Alomía con resultados cada vez más desastrosos, porque el subsecretario de Salud ha terminado, como él, confrontado con los mismos medios de comunicación que cotidianamente ponen en tela de juicios sus números y forma de medir los estragos de la pandemia del coronavirus.

Las conferencias vespertinas que terminaron por desaparecer sin pena ni gloria fueron las de las secretarias Luisa María Alcalde, del Trabajo, y Graciela Sánchez, de Economía. Ya ni los reporteros asistían y no hay quien derrame una lágrima por su ausencia a las 17 horas en Palacio Nacional.

Pero se habla de emular en México la actitud con Trump de los medios electrónicos norteamericanos, es decir, enterrar la cabeza en un agujero y hacer como que no existe el púlpito mañanero.

Nada mejor podría ser para conservar la salud física y mental para muchos periodistas, pero quienes ejercemos este oficio no podemos permitirnos ser censurados o ejercer censura.

Es preferible seguir escuchando los lugares comunes, ocurrencias, descalificaciones arteras, carcajadas tenebrosas y sufrir las torturas de las 7 de la mañana y de las 7 de la noche mientras duren el sexenio y la pandemia, que incurrir en el error de hacer como que no pasa nada, porque en la mañanera ocurre todo y ningún medio periodístico del tamaño que sea puede ignorar el acto de gobierno más importante del día.

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