Porfirio, el espejo de Gibrán: como me ves te puedes ver

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El gran reto de Gibrán Ramírez es evitar convertirse al paso de los años en el Porfirio Muñoz Ledo del futuro. Para su fortuna tiene en su contrincante a dirigir Morena una especie de espejo en el que puede ver cómo podría llegar a ser dentro de 57 años si no aprovecha la lección y lo vence el mismo demonio que a su oponente, la soberbia.

Al referirse a Marcelo Ebrard, Porfirio equivocó el símil. No se trata de Adán, sino de Luzbel, el angel mas bello que terminó en el infierno por sentirse igual o superior a Dios. Soberbia.

El simil lo pudo aplicar Muñoz Ledo a sí mismo.

La soberbia lo empujó a enfrentar a Miguel de la Madrid en la Cámara de Diputados. No fueron cuestiones ideológicas, simplemente no ha logrado digerir al día de hoy que aquel a quien consideraba mediocre en la UNAM llegase a la Presidencia y él tuviera que conformarse con echarle una bravata como diputado para ganar espacio en la primera página de los periódicos y tiempo AAA en la televisión y en la radio para guardar las pruebas de su heroicidad en el arcón de recuerdos en los que el maestro Mario de la Cueva hurgaba para admirar los logros de su discípulo.

Soberbia y no otra cosa lo hizo referirse a Cuauhtémoc Cárdenas como “el hijo de El Tata” en entrevista con Martha Anaya para el libro en que la gran reportera acumuló entrevistas con casi todos los actores del “fraude” electoral de 1988.

Cuauhtémoc terminó siendo para Porfirio “El hijo de El Tata” porque en 1997 le arrebató la posibilidad de ser candidato a jefe de Gobierno de la Ciudad de México y en 1999 no le permitió serlo a la Presidencia por su empecinamiento en intentarlo por tercera ocasión. En venganza, Muñoz Ledo aceptó la candidatura del PARM para luego declinar a favor de Vicente Fox que en pago le dio una chamba en Europa.

No se ha atrevido a hacerlo con todas sus palabras, pero ha insinuado que la Cuarta Transformación la inició él. Si la vida lo premia y sobrevive a Andrés Manuel López Obrador, lo proclamará sin pudor. Su inteligencia le indica que por ahora no puede ser tan temerario porque al igual que a Luzbel, Dios lo arrojaría al infierno.

El problema con Porfirio es saberse inteligente. Peor aún, sentirse más que todos aquellos con quienes ha militado y competido en su larga, larguísima carrera política iniciada en la UNAM, no para otra cosa ha militado en todas las aristas de la geometría política mexicana y devorado cada libro que cae en sus manos.

Se sabe tan grande que podemos imaginar su sentimiento al ver llegar tan alto a De la Madrid. ¿Cómo olvidar que en el hogar del mediocre que llegaría a la Presidencia llegó a escuchar a doña Alicia Hurtado recomendar a su vástago esforzarse por ser como el invitado a comer.

Los logros de los demás, menos leídos y estudiados que él, como López Obrador, Cárdenas, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, entre muchos otros, constituyen una humillación para alguien tan grande y dotado como él.

Gibrán, joven y cargado de distinciones académicas y poseedor de un pensamiento tan lúcido que en sus escritos y entrevistas ha diseccionado a Morena como nadie, debe agradecer a la vida haberle dado a Porfirio como oponente. Ahora sabe por cual camino no transitar.

Es un gran mérito a su edad y origen acumular tantos logros académicos y estar en donde está, pero tanta insistencia en usarlos como propaganda en su campaña por la presidencia de Morena delatan indicios del mal que a Porfirio le permitió ser todo, menos presidente. Tiene el espejo desde donde parecen decirle, si te dejas vencer por la soberbia, como ves te verás.

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