Populachero

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Murió un tío del que no es prudente anotar su nombre. En vida fue líder de un sindicato lo suficientemente grande para hacerse rico, muy rico. Al momento de palmar tenía años de vivir separado de su esposa, sin divorciarse nunca por el enredo de bienes y propiedades que los unía. La viuda, de la que también conviene reservar el nombre, acaparó el fiambre desde que llegó a Gayosso Sullivan (no había otro entonces). Tardaron en abrir la capilla ardiente y cuando entraron la familia y destacados compañeros del sindicato, se toparon con que en el ataúd abierto, reposaba el tío vestido de payaso, cara maquillada, nariz con pelota roja, peluca color zanahoria y zapatotes. No hubo misa de cuerpo presente. La tía iba acompañada por tres abogados y le hicieron falta para imponer su deseo de que así fuera enterrado, con la esperanza, dijo ella, de que algún día  lo exhumaran y se supiera que ese fiambre era de un payaso. Rigurosamente cierto.

Las andanzas del Presidente y del muégano político que actualmente controla al gobierno federal, que no al país, inducen al desconcierto a aquellos que pretenden encuadrarlos en alguna corriente ideológica.

Se declaran de “izquierda” pero el Presidente casi echó cuetes el día de la firma del T-MEC, apoteosis del libre comercio y el capitalismo neoliberal, para luego presentarse en la Casa Blanca con actitud de vasallo agradecido. Eso, mientras sus acciones al interior del país parecen ratificar una clara tendencia hacia un régimen apegado a las más rancias tradiciones de aquel PRI de tiempos de Luis Echeverría, sujetando al mismo tiempo y sin pudor, la política migratoria de México a los deseos de los EUA. Presidente camaleónico, pragmático hacia el exterior y puertas adentro, un populista.

Bajo cualquier paraguas ideológico, desde la izquierda radical a la derecha fascista más extrema, puede anidar el populismo siempre concretado en una persona, un líder encarnación del pueblo y su único representante.

“Populista” es término que deriva de “pueblo”, pero para el líder populista “pueblo” no es toda la población, es sólo el “nosotros”, él y sus seguidores, sus partidarios, el “pueblo bueno”, los demás son los “otros” que no ameritan sino ninguneo y en casos extremos, persecución (en sentido diverso a como lo plantean estudiosos muy conocidos en sus respectivos domicilios, como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, por ejemplo).

Como sea, la concepción de “pueblo” del populista en el poder, fomenta el resentimiento y hasta el odio entre los pobladores de una nación, divididos entre devotos adeptos y adversarios a quien en su persona encarna todo un régimen, sea de izquierda o derecha.

Los caudillos populistas de cualquier doctrina política, coinciden en algunas cosas: Primero, la ya dicha división de la sociedad entre fieles y enemigos, fieles ciegamente leales, enemigos ciegamente reacios a su liderazgo; predican un mensaje de odio en reversa: Por amor al pueblo se odia a sus enemigos y por lo mismo, son intolerantes con los “otros” los enemigos, y justifican la demagogia y la mentira; al populista la verdad lo insulta.

Todo ello hace que les sea indispensable ser voceros únicos del “pueblo”, lo que explica su constante agresión a los medios de comunicación no afines a ellos, pues es su exclusiva facultad la comunicación con el “pueblo”.

Para el líder populista los partidos políticos de oposición, son enemigos. En el discurso puede aparentar que los respetan, en los hechos exigen sumisión; conmigo o contra mí, sin matices. Lo mismo con la ley, que se respeta en cuanto no se oponga a sus designios y cuando sí, cambian la ley. El populista es irremediablemente autoritario y si puede, dictatorial, los contrapesos al poder lo desquician, brutaliza las instituciones, encanalla el derecho.

El populista sabe que ante el pueblo siempre debe mantener un enemigo, real o ficticio que preserve la cohesión de sus seguidores en torno a él, lo que obliga a nutrir la polarización política y en paralelo, predicar un propósito épico por conseguir, que diluya los reparos éticos a sus actos por arbitrarios o ilegales que sean: Todo tiene precio, París bien vale una misa, el que quiera azul celeste…

Sin embargo de todo esto, el populista desprecia al pueblo en cuanto masa crédula y le incomoda por su confianza en resultados que terminará por exigirle.

Así las cosas, el Presidente se conduce como populista e intenta por todos los medios consolidar su régimen de un solo hombre con intención de definir el futuro de las generaciones por venir. México para él debe dividir los tiempos en antes y después de él.

Olvida o ignora el Presidente que en política aplica la ley de gravitación universal (que alguien le preste un ejemplar del texto “Philosophiae Naturalis Principia Mathematica”, de Isaac Newton, 1687): la masa determina la atracción entre los cuerpos celestes, el menor es atraído por el mayor y gira en torno a él; entre las naciones es igual.

En México el PRI imperial ya para siempre ido, fue posible porque convino en su momento a los EUA un régimen de partido fuerte que puso orden, aseguró la paz y fomentó no poco el progreso. El sismo geopolítico de la disolución de la URSS, instaló la competencia económica como nuevo duelo internacional. Los EUA nos insertaron en su esfera económica mediante tratados que en México valen tanto como la Constitución. Somos un país soberano, sí, pero no nos mandamos solos, ya nadie se manda solo.

Las reformas legales que contra derecho, ahora impulsa el Presidente en el campo energético, prueban lo elemental de su razonamiento, lo primario de sus ideas políticas y lo rudimentario de sus conceptos jurídicos. Se ha metido en un callejón sin salida: Los EUA no pueden permitir que se violen en contra de sus intereses, tratados, leyes y contratos. Con mayor o menor daño para el país, reculará el gobierno y veremos también la metamorfosis invertida de la 4T, de mariposa a gusano, de propuesta populista de transformación a régimen populachero.

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