Peor no podría ser…

Industria que mantuvo el desarrollo de México por más de cuatro décadas hoy podría ser el lastre que hunda el barco de nuestra economía

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Miguel de la Madrid. Inauguró la fiebre de las privatizaciones

Primero fue la obsesión de los tecnócratas que asumían una modernidad del primer mundo que declaraba proscrita la Revolución Mexicana de 1910, para abrir una época de relanzamiento de México en el último cuarto del siglo XX. La Revolución pasaba a ser una reliquia histórica y sus postulados de justicia social, democracia, soberanía nacional y un Estado socialdemócrata subsidiario para garantizar el orden jurídico y promover la República de la igualdad; era ya una obsolescencia ante una nueva dimensión que nos exigía abrirnos al mercado libre, atraer inversiones del exterior garantizándoles cobijo y protección, romper las prohibiciones en las fronteras y en los litorales para que los extranjeros pudieran adquirir propiedades inmuebles, multiplicar las maquiladoras y seguir un efecto de encadenamiento hasta llegar al TLC para entregar a Washington los designios del futuro económico del país sin imaginar o fingiendo no pensarlo que apareciera Donald Trump u otro émulo que reclamara haber entregado todo a México.
La fiebre de las privatizaciones la inauguró Miguel de la Madrid con ferrocarriles, aeropuertos, minas etcétera, dejando el camino andado para que Carlos Salinas rematara lo que hubiere quedado extinguiendo el modelo rural ejidal como propiedad social, siguiendo con la reprivatización de bancos, financieras etcétera hasta llegar a la firma de un tratado internacional que no permitiera dar marcha atrás como lo fue el TLC. Fox, Calderón y Zedillo se quedaron con la encomienda de desaparecer Pemex como empresa paraestatal y crearon los diversos intentos de reformas en leyes secundarias que fueron el preámbulo de lo que Peña logró culminar con lo que jactanciosamente llamó la Reforma Energética que en esencia deroga el artículo 27 y 28 de la Constitución.
En lo político la jugada fue magistral. Para neutralizar a la oposición urdieron el Pacto por México que atrapó al PRI, PAN, PRD y satélites, para hacerlos cómplices de la estocada que le propinaron a Pemex. La compensación fue el río del dinero que se le da a los partidos con aumentos anuales garantizados y que les permitieron ocultar los ingresos extras de actividades clandestinas. Hasta entonces Morena fue el único que no se subió al carro pero, ya después, abdicó cuando logrando reunir las firmas de más de millón y medio de ciudadanos para respaldar la consulta popular y revertir la reforma señalada, se replegó ya que se rindió ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación al renunciar a someter a juicio político a sus integrantes, cuando el máximo tribunal rechazó (a excepción de un ministro) la demanda ciudadana con la peregrina salida de que se trataba de una legislación de carácter fiscal que la Constitución exceptuaba para ese objeto. Vencida así toda resistencia, la Reforma Energética, se nos impuso con los fatales resultados hasta estos días en los que hasta los huachicoleros reclaman indemnizaciones por el cierre de sus negocios. Los aumentos de gasolina y diésel galopan libremente.
La Auditoría Superior de la Federación del Congreso de la Unión acaba de mandar su dictamen basado en infinidad de revisiones, análisis, estudios comparativos del gasto público del 2017 para concluir: “La reforma energética impidió a Pemex ser una empresa rentable y todavía más, ni la inversión prometida de las empresas con las que se asoció llegó en los flujos esperados, ni fue significativa, ni contribuyó como se dijo para justificar la Reforma Energética. Se festinaba que iba a reducir el riesgo financiero para el Estado Mexicano”. Por el contrario la inversión de Pemex se desplomó, su pasivo se incrementó (63 por ciento, para constituirse como la empresa petrolera más endeudada del mundo), su déficit patrimonial se acrecentó dramáticamente (771 por ciento). Total un desastre: Las reservas cayeron de 785 mil millones de barriles a 16 mil, prácticamente el 100 por ciento.
Estos elocuentes datos se trasladan a la cruda realidad. Lo que parecía ser una dependencia temporal de las importaciones de combustible refinado, se convirtió en una necesidad permanente y se amplió al grado de que también el crudo en un futuro próximo, tendrá que traerse del extranjero para que en las refinerías en operación no despidan personal ni paralicen sus gigantescas instalaciones. Las ideas y planes de nuevas refinerías tendrán que pasar por un riguroso análisis de costeabilidad frente a la posibilidad de que el insumo primario también tenga que venir de otro lado. No es remoto aquí suponer que el trato con manos de seda a Venezuela tenga un trasfondo de sobrevivencia nacional.
Sería imposible calcular el efecto y las consecuencias de una quiebra de Pemex que arrastraría no sólo al crédito y a las finanzas del país, sino de pasada a la banca nacional que ha vivido colgada de las bondades de prestarle al gobierno y a sus empresas con las garantías de pago a cargo del erario, por lo que la reinvención de un nuevo Fobaproa y su operación afectaría una vez más a las nuevas generaciones en cada presupuesto anual. Revertir ésta situación como se ofrece en un nuevo esquema de suprimir cargas fiscales a Pemex e inyectarle recursos frescos de los ingresos nacionales, no parece ser ni a mediano plazo una salida viable. Así la medicina será una aspirina que no sustituya la paradoja de ver que la gran industria que mantuvo el desarrollo de México por más de cuatro décadas, hoy podría ser el lastre que hunda el barco de nuestra economía.


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