Peña Nieto y la soledad de ser ex presidente

No es anormal lo que le está pasando; él sabía que llegaría el momento de aguantar vara, pero nada que ver entre eso y que lo señalen como beneficiario de un malandrín

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Con toda intención estuve, 24 horas, en espera de ver quién o quiénes salían a decir algo, a favor o en contra, del ex Presidente Enrique Peña Nieto, a quien “El Chapo” le dio millones de dólares cuando era Presidente electo, según dijo un narcotraficante colombiano en una Corte de Nueva York.

Sólo el ex jefe de la Oficina de la Presidencia, Frank Guzmán, tuvo el valor de salir a negar la veracidad de la información. Ningún otro peñista, quizás porque ya no los hay (o nunca los hubo), se atrevió a abrir la boca.


Sin duda es un infundio si se toma en cuenta que Enrique no es suicida y nadie en su sano juicio se puede atrever a recibir 100 millones de dólares de un narcotraficante del calibre de “El Chapo” y, en pago, ordenar perseguirlo, apresarlo en dos ocasiones y, además, extraditarlo al infierno más temido por quienes se dedican al negocio de la droga, las cárceles de Estados Unidos.

En el negocio de la droga, las traiciones se pagan con la muerte propia y algo más doloroso aun, el daño a quienes más se quiere.

Sin meter las manos al fuego por el ex Presidente, sólo porque no necesita que alguien lo haga, la versión del testigo protegido en Nueva York me parece de risa.

Aun siendo mandatario y protegido por el Estado Mayor Presidencial y todas las Fuerzas Armadas y policías mexicanas, Enrique, o cualquier otro que hubiese sido tan temerario como para traicionar de esa manera a “El Chapo”, habría pagado las consecuencias aun estando al mando del país.

No faltará quien me diga que no es políticamente correcto abordar el tema, pero ¿quién soy, sino un simple reportero, para estar obligado a actuar con corrección política?

Soy amigo de Enrique desde mucho antes que se le abriera la posibilidad de ser candidato a gobernador (de hecho, en IMPACTO, mi hijo Juan José fue el primero en decirle que lo sería), y desde entonces, aún en la Presidencia, le hablé con la verdad cuando a duras penas él conseguía abrir las puertas de la muralla que a su alrededor construyó la Triada (Luis Videgaray, Miguel Osorio Chong y Aurelio Nuño), pero también al estilo de Eufemia, la de la canción, con cartas que nunca recibieron contestación, sino hasta el final de su mandato, en que me escribió que “la perspectiva franca y desinteresada de un amigo posee un valor inestimable para cualquier persona, pero aún más para quienes desempeñamos responsabilidades políticas”.

Nunca me dijo si le molestaba que le escribiera con franqueza, pero en cada encuentro me animaba a seguirlo haciendo, y en los términos que lo hacía, no obstante que le hablaba con crudeza sobre algunos de sus colaboradores y temas espinosos.

Hoy está en su propio exilio, como lo estuvo Carlos Salinas en su momento, hace casi 24 años; al igual que a su antecesor, sobran quienes se disponen a cargarle todo, incluso los embarazos no deseados.

En aquel entonces, a Carlos intentaron endosarle el ataúd de Luis Donaldo Colosio; hoy, a Enrique le cargan todo, en especial la derrota electoral del PRI, supuestamente pactada para conseguir impunidad.

Entiendo su indisposición a abrir la boca para defenderse, por ahora, como de manera incomprensible, a mi entender, no lo hizo cuando dos días después de las elecciones, en Palacio Nacional y frente a él, Andrés Manuel López Obrador dio por muerta a la más querida de sus reformas estructurales, la Educativa; cuando soportó, sin marcharse del Palacio Legislativo de San Lázaro, que, en la toma de posesión, su sucesor destrozara su administración, o en el anuncio de la aniquilación, en plena transición, de su obra cumbre, el NAIM.

Supongo, espero, que está a la caza del momento oportuno para explicar sus decisiones, omisiones y fallas, y dar respuesta a sus correligionarios priístas que le achacan haber entregado el poder consciente de que lo hacía, pero que, permítaseme el asterisco, si esto ocurrió así, nadie hizo nada para evitarlo, ni siquiera quienes, en silencio, permitieron que sus aspiraciones personales se esfumaran.

Hoy, todo mundo tiene su propia explicación a lo ocurrido en la selección del candidato, del presidente del PRI, del coordinador de la campaña y de la falta de apoyo al partido para ganar, como acostumbraba a hacerlo, pero, en su momento, quienes se atrevieron a decir algo, con algunas excepciones, lo hicieron en privado y casi sin abrir los labios.

Por mi parte, sin obligación alguna, obligado sólo con el amigo, en este espacio, y en comunicaciones privadas, dije lo que sabía y sentía, incluso a él mismo, por teléfono, antes de las elecciones, pero, para entonces, ya todo estaba consumado.

Ese día nos despedimos porque los acontecimientos se precipitaron y ya no pudo cumplir la promesa de “pagar” a finales de agosto, o principios de septiembre, la comida en IMPACTO que me “debía”.

Aunque se comprometió a traer la comida, fue mejor que no viniera porque ya no habrían acudido aquellas multitudes que se disputaban la invitación a celebrar con nosotros los aniversarios de IMPACTO La Revista o IMPACTO, El Diario; en realidad venían porque querían que los viera él, pues estaba en precampaña y todos lo sabían el seguro candidato presidencial del PRI y ganador de las elecciones de 2012. Hubo quienes condicionaban su asistencia a sentarse a su lado o, por lo menos, enfrente.

Ya derrotado el PRI, en agosto o septiembre pasado nos habrían, lo habrían, dejado solo. Así es la naturaleza humana.

Así es esto, y cualquiera lo entiende. Algunos le habrían hecho el feo porque los derrotados apestan a los 3 días, y otros porque, genuinamente, se sienten agraviados por la forma en que el PRI y el gobierno priísta afrontaron las pasadas elecciones y están convencidos de que suya es la culpa.

Ignoro si algún día me permitirá preguntarle, o me platicará, por qué el desenlace de un gobierno que, como el actual, prometía, por lo menos, para 3 sexenios. En cualquier caso, estará en su derecho de contar su versión cuando lo crea conveniente y a quien quiera. Como sea, no podrá evadir la narrativa porque la historia abordará el tema con amplitud.

Por lo pronto, su amigo, este reportero, que, como él dice, tiene una “singular capacidad de ser tan amigo de tus amigos”, no alberga duda de que las versiones del testigo protegido son mentiras absolutas, al menos en lo que se refiere al presidente Peña Nieto.

Si hubiera extendido la mano para después traicionar, perseguir, capturar en 2 ocasiones y extraditar al “El Chapo”, estaría sufriendo las consecuencias.

Pero el tema es otro. Más allá de las calumnias que caen por su propio peso, quizás lo más doloroso para el ex Presidente sea comprobar, en carne propia, lo que ya sabía.

Con excepción de Frank Guzmán, el resto de sus colaboradores, los que lo rodearon hasta la asfixia, quienes se sirvieron con todo tipo de cucharas, la multitud de amigos que lo distraía hasta muy tarde y la Corte que se benefició de su generosidad, permanecieron en silencio, como si fuera poca cosa lo que se dijo en la corte neoyorquina.

Nada de esto lo tomó por sorpresa. Fue testigo privilegiado de cómo el priísmo cupular de entonces masacró, en complicidad con el gobierno de Vicente Fox y, en especial, el priísta a quien tuvo como secretario de Hacienda, Francisco Gil Díaz, a su antecesor en el gobierno del Estado de México y en la búsqueda de la candidatura presidencial, Arturo Montiel.

Más joven aún, vio a los priístas, con excepción de Carlos Salinas, su paisano Carlos Hank González, don Pancho Galindo Ochoa y alguno que otro, dar la espalda, descaradamente, a José López Portillo.

Y qué decir de la persecución a Salinas. Cuando venía a México, y aterrizaba en Toluca, su gran beneficiaria, Televisa, seguía sus pasos, con helicópteros, hasta su domicilio para alimentar el morbo de un país convenientemente manipulado para cargarle el “error de diciembre”.

Y ni hablar de los editores, intelectuales, columnistas y comentaristas de radio y televisión que después de comer de su mano jugaron a conseguir fama de valientes cargándole el error de diciembre, el asesinato de Colosio y lo que haya hecho o dejado de hacer su hermano Raúl.

No es anormal lo que está pasando a Enrique; él sabía que llegaría el momento de aguantar vara, pero nada que ver entre eso y que lo señalen como beneficiario de un malandrín al que encarceló hasta en 2 ocasiones y luego lo entregó a los norteamericanos para que pase el resto de su vida en una prisión de aquel país, en la que no habrá a su disposición carrito de la basura o túnel para escapar.

Y sí, debe ser doloroso escuchar el silencio de sus amigos, sus colaboradores y sus beneficiarios, pero debe entender, ellos son políticamente correctos.

 

 

 

 

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