Parábola de hípica y de política

El rey sólo debe caer cuando cae el trono, el político sólo debe caer cuando cae el régimen y el jinete sólo debe caer cuando cae su caballo  

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Fue mi padre un abogado de profesión, un político de vocación y un caballista de afición. Muchas veces combinaba razones de las tres aplicaciones para darme consejos y enseñanzas, muchas de las cuales desestimé en la juventud, como suele suceder con los jóvenes. Fue la madurez la que me advirtió que fue un hombre sabio. No lo digo yo, sino, de manera unánime, todos los que lo trataron. Fue un abogado muy talentoso, un político muy refinado y un caballista muy victorioso.

Muchos acontecimientos recientes me han hecho recordar tres consejos que hoy comparto. Su expresión metafórica es de la hípica, pero su aplicación práctica es para lo profesional, lo marital, lo político y lo vivencial, en general.


Perder el fuete. No es ello un mérito ni merece un aplauso, pero tampoco es una vergüenza. Le sucede al más experimentado jinete, sobre todo porque suele cambiarse de mano en ciertos momentos complicados de la carrera.

El problema es el siguiente. El fuete es un instrumento de mando, de estímulo y hasta de control. Al perderse se pierde velocidad, se pierde el paso y, casi siempre, se pierde la carrera.

Perder el fuete en la política es muy grave para los candidatos porque llegan en segundo lugar. Es muy grave para los gobernantes porque los rebasan los demás.

El segundo consejo decía que, en ocasiones, también se vale perder los estribos. Esto ya no es tan inocuo como lo anterior. No llega a ser una deshonra, pero sí es un desdoro. Salvo por la ruptura de un arción, la soltura de una cincha o un “extraño” del caballo, quedar con los pies al aire es un ridículo.

Al perder los estribos, lo primero que pierde el jinete es la comodidad. Expliquémonos. El hombre de a caballo va sentado en un tubo durísimo, que es la columna vertebral del equino, pero además es un tubo que se flexiona y estira a una velocidad de vértigo. El caballo corriendo hace lo mismo que el humano cuando hace abdominales. Junta y separa las extremidades alternativamente. Ello produce un golpeteo que el jinete amaina un poco con la silla acojinada, pero sobre todo con sus piernas, que son, para él, lo que el muelle y el amortiguador para el automóvil.

Además de la comodidad, al perder los estribos se puede perder el equilibrio. Esto ya es más peligroso, pero lo más grave es que, sin lugar a dudas, se perderá la carrera. Al soltar el fuete tan sólo se pierde velocidad, pero al zafar los estribos es obligado frenar al caballo lo más pronto posible. Con ello no se llega detrás, sino que ni siquiera se completa la carrera.

Esto, en política, es fatal. Significa la cancelación del proyecto, y no tan sólo la eventualidad de sus resultas. El gobernante que se queda sin estribo aborta sus planes, anula sus esperanzas y revoca sus promesas. Al perder la comodidad puede quedar golpeado. Al perder el equilibrio puede desplomarse. Al frenar puede fracasar sin remedio, pero con todo lo grave de ello se vale perder el fuete o perder el estribo. Lo que no se vale perder es la rienda.

Esta pérdida es el evento más vergonzoso del hipismo, pero, además de ello, es el más peligroso. Al perder la rienda se pierde el control, el mando, la dirección, el rumbo, el destino, la seguridad,  la carrera y, quizá, hasta la vida. El jinete sin rienda es un pasajero al garete. Si la brida queda atrás de la cabeza, el caballo se desbocará, pero si cuelga por delante, el animal puede maniatarse con ella misma.

Así, en la política, en el amor, en la profesión, en la amistad y en todo momento, el hombre debe conservar la rienda. A su vez, el caballo tiene instinto y, en ocasiones, hace movimientos para arrancársela a su jinete. En esos momentos, este tiene que responder con energía severa. La rienda termina en un instrumento de castigo que se llama freno. Un tirón es suficiente. La mano termina en otro instrumento de castigo que se llama fuete. Freno y fuete bastan para volver al orden y para que se sepa quién manda y quien obedece.

La hípica tiene muchos instrumentos que son útiles, metafóricamente, también para la política. El sillín, el arción, el cincho, la careta, el tapaojos, la brida, el freno, el amarralenguas, el fuete, la cuarta, la espuela, el acicate, el bozal o la falsa rienda, por mencionar algunos. El jinete y el gobernante deben utilizarlos con destreza y sin improvisación.

Sin embargo, el cuerpo también es instrumento. Para el jinete, las piernas firmes son imprescindibles. Las manos fuertes son insustituibles. La complexión adecuada es inevitable. Para el político no hay sustituto de la inteligencia fina, del temperamento firme y de la imagen fuerte.

He dejado para el final lo que es la pérdida más fatal tanto en lo hípico como en lo político: Perder la silla. Salir arrojado o caer a plomo es el fracaso supremo. El rey sólo debe caer cuando cae el trono, el político sólo debe caer cuando cae el régimen y el jinete sólo debe caer cuando cae su caballo.

 

Abogado y político

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Twitter: @jeromeroapis

 

 

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