Pájaros en el alambre o hablarse a sí mismo en el propio celular

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Acepto la inexistencia de espionaje político sólo porque quiero creer al presidente López Obrador que la Cuarta Transformación es diferente y sus protagonistas no son como los neoliberales de antes, del pasado inmediato, mediato o tan remoto como se quiera.

Le creo que el general Audomaro Martínez Zapata, ya repuesto de sus males, solo usa el equipo heredado del neoliberalismo corrupto para vigilar al crimen organizado y lo mismo hacen las secciones segundas de los estados mayores de las Fuerzas Armadas, y que sus adversarios políticos e incluso los morenos andan por el mundo sin que, irresponsablemente, el gobierno se interese por lo que hacen y dicen o dejen de hacer o decir.

No son los tiempos de Felipe Calderón en que la aún pre candidata presidencial panista, Josefina Vázquez Nava, se quejaba de que Genaro García Luna no vigilara a “El Chapo” y, en cambio, en complicidad con “La pinche Sota”, la sometiera a espionaje.

O los de Enrique Peña Nieto, en los que el comprador de “Pegasus” espiaba a quien quisiera, entre muchos a Carmen Aristegui y a Carlos Loret de Mola.

Sin embargo, si el espionaje no es propio de la moral de la 4T, no entiendo ¿por qué cuando es posible penetrar sus murallas, los prohombres del momento piden con amabilidad a las visitas despojarse del teléfono celular y dejarlo en poder de quien atiende la antesala, igual que en el pasado reciente que los celulares dejaron de ser solo teléfonos?

¿Temen que, a control remoto, como dice la leyenda urbana, alguien utilice el celular del visitante para grabar la conversación?

O tal vez se trate de mera precaución por aquello de que la visita sea tan osada como para colocar su teléfono en modo avión y poner la grabadora a funcionar.

Es probable, pero lo cierto es que prevalece el temor a ser espiado por propios y extraños, si no ¿por qué en algunas de las más prominentes oficinas de la 4T funcionan los inhibidores de señal?

Vivimos tiempos de paranoia por la pandemia, pero también en espera aterradora no sólo de las cifras tenebrosas de Hugo López Gatell, sino del video o audio que prueba que vistiendo de tricolor, azul, amarillo y negro, granate o sin color, somos iguales, a despecho de lo que dice López Obrador.

Este extenso desvarío sólo para salir un poco de la monotonía de los temas que a diario imponen el presidente desde el púlpito de la mañanera, y su casi seguro sucesor, dependiendo de lo que diga el coronavirus, López Gatell, en su homilía vespertina o nocturna, para contar la anécdota que a uno, lego en tecnología, divirtió, aunque a otros quizás los obligará a pensarlo dos veces antes de marcar mi teléfono, así se trate de comunicación a través de WhatsApp que tiene el compromiso con su clientela de mantener protegidas las llamadas y el chat “con cifrado de extremo a extremo”.

Ayer, a las 14.19 horas, en el programa “Mesa de Redacción” de IMPACTO TV tenía el celular en modo silencio, pero de pronto entró una llamada de “Juan”. En la familia abundamos los juanes, pero a todos los tengo identificados con apodos. No hay “Juan” a secas.

Esperé al final del programa para conectarme con “Juan”; a las 14.26 le marqué y repetí a las 14.30. En respuesta, una grabación de Telcel me recordó insistente que por disposición de la autoridad ahora debemos marcar 10 dígitos para hacer una llamada.

Curioso por deformación del oficio, toqué el circulito que al lado de la hora de la llamada encierra un “i” y descubrí ¡haber sido yo quien desde mi número telefónico marcaba mi propio número y en el mismo aparato!

Desde luego, el nombre “Juan” quedó registrado en rojo, como corresponde a las llamadas perdidas.

Mi primera reacción fue checar la marca del tequila que tomamos para aliviar el confinamiento a iniciativa de Roberto Cruz durante el programa bajo promesa de no dejarlo de hacer hasta terminar la pandemia, es decir, nunca; eso si, con medida, sólo un caballito durante 20 minutos.

Que conste, es iniciativa de Roberto; quien me conoce me sabe incapaz de propuesta semejante.
Mi temor consistía en que no fuera a ser de esos aguardientes que en la conferencia dominical de López Gatell el comisionado Nacional Contra las Adicciones, Gady Zabicky Sirot, recomendó no tomar porque termina uno viendo colores y no se qué cosas más.

Pero no, el tequila del lunes no fue de los que mal recomienda el psiquiatra Sabicky, así que no fue alucinación que, por primera ocasión desde que uso teléfono celular, me llamo por teléfono a mi propio número y en el mismo aparato y, además, no me contesto.

He preguntado a los neoliberales del pasado y todos coinciden que mi celular está colgado o, como se decía entonces, hay pájaros en el alambre o cocas en el refrigerador.

También hay quien me tranquiliza con la explicación de que el sistema de Telcel debió caerse y al entrar el soporte en funcionamiento, mi teléfono marcó mi número.

Prefiero creer que se trata de pájaros en el alambre y cocas en el refri de la 4T, pues me hace sentir importante y no ninguneado por el nuevo grupo en el poder, como aquel viejo colega que reclamaba a Toño Zorrilla Pérez que el gobierno no lo considerase importante y que por ello la Dirección Federal de Seguridad no interviniera sus teléfonos.

Lamento, debo decirlo, no haber abandonado mi lugar en el programa para contestarme. Me intriga saber qué me habría platicado.

Espero que hoy, después de brindar con Roberto, “Juan” use mi celular, marque mi número y, lo prometo, me apresuraré a contestarme.

¿Paranoia? No, no soy tan importante, así que, por favor no bloqueen mi número por temor a ser escuchados por la 4T, ellos son diferentes. Seguro se cayó el sistema de Telcel.

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