Olga y Eréndira, pleito de mujeres

La secretaria de Gobernación usó sus redes sociales para mostrar a los mexicanos que entre los cuartotransformadores no caben los odios ni los rencores, como lo manda la Cartilla Moral y se establecerá como mandamiento de observancia obligatoria en la Constitución Moral

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Ya lo que menos importa es saber si Olga Sánchez  Cordero tiene un penthouse en Houston, una casa en Las Lomas y muchas o pocas propiedades más, producto de 100 años de trabajo, compartidos a partes iguales con su esposo.

Tampoco si Eréndira Sandoval todavía se pierde en los pasillos de la Secretaría de la Función Pública y malgasta su precioso tiempo en encontrar su oficina y el elevador, o si una razón oculta la empujó a poner en duda la lealtad de la secretaria de Gobernación a las directrices morales del sumo sacerdote de la Cuarta Transformación, una de ellas no esconder todo lo que se posee.


Lo único importante es que ambas damas, integrantes conspicuas del gabinete del Presidente López Obrador, mostraron al país que al final de cuentas todo se trató de un malentendido y que siguen siendo tan amigas como antes que una fuese exhibida como inmoral por ocultar lo adquirido en un siglo de esfuerzo y la otra aún no encuentre una explicación razonable para justificar la creación de un escándalo en donde no hay sustancia.

La secretaria de Gobernación usó sus redes sociales para mostrar a los mexicanos que entre los cuartotransformadores no caben los odios ni los rencores, como lo manda la Cartilla Moral y se establecerá como mandamiento de observancia obligatoria en la Constitución Moral.

La renacida amistad sin mella es exhibida con una fotografía en las que se les puede ver sonrientes, amorosas, encantadoras.

Olga Tiene su mano derecha sobre el hombro izquierdo de Eréndira y la izquierda reposa sobre su propia pierna. La única mano que permanece oculta en la gráfica es la izquierda de la secretaria de la Función Pública que, supongo, debe acariciar la espalda de la titular de Gobernación.

Quiere esto decir que no hay puñales a la vista ni ocultos, tampoco uñas, y que entre ambas campea de nueva cuenta la cordialidad, la amistad fraterna, la altura de miras. Más aún, que a la provocación de la prensa conservadora se impuso la lealtad a la Cuarta Transformación.

El incidente que ocupó casi toda la semana es motivo de análisis sesudos como el que acaban de leer, pero sobre ellos se impone el de quienes, en especial admiradas féminas, sostienen, sin argumentos digo yo, que la foto es hipócrita, que las sonrisas duraron lo que el flash y que apenas se retiró el fotógrafo, las damas se dieron la espalda y se marcharon sin despedirse.

Es decir, no hay más amistad, según el análisis de mis amigas conocedoras de cómo se zanjan pleitos entre mujeres.

Olga y Eréndira se concretaron a cumplir la orden de quien manda, preocupado, con razón, de que, si el pleito seguía, las dos secretarias corrían el riesgo de terminar en un cuadrilátero de lodo escenificando una impúdica pelea a dos de tres caídas sin límite de tiempo.

 

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