No perdió AMLO; ganó México

Debemos celebrar que la oposición, aún disminuida, pueda obligar al partido gobernante a entender razones y que éste, a su vez, sea capaz de aceptar que no puede ganar de todas, todas

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Cuando el PRI, Carlos Salinas y Luis Donaldo Colosio (y, desde luego, Margarita Ortega) perdieron Baja California para siempre (como luego Ernesto Zedillo perdería la Ciudad de México), Jacobo Zabludovsky acuñó la frase de que “perdió el PRI, pero ganó México”.
El Presidente López Obrador no debe interpretar como derrota la decisión, casi unánime, del Senado de la República (127 de 128 votos) de crear la Guardia Nacional, sí, pero, evidentemente, contra sus deseos, con mando civil, estado mayor civil y la intención de que la clase castrense regrese a los cuarteles en 5 años.
Es probable que perdiera López Obrador, pero sin duda ganó México con una Guardia integrada por militares y civiles, pero sin mandos castrenses ni dependientes de los jefes de esta clase que por fin contará con cierto marco jurídico para realizar las labores policiacas que le están vedadas por la Constitución.
De ninguna manera es derrota suya; en realidad es ganancia de la democracia, que tiene no sólo en el voto, sino en la negociación, sus basamentos fundamentales.
Ya el tiempo dirá si fue acierto crear la Guardia en los términos acordados por todas las fracciones políticas del Senado (a condición de que la Cámara de Diputados no corrija el dictamen y lo regrese hasta que parezca un juego de ping pong, lo que se considera improbable); por lo pronto, debemos celebrar que la oposición, aún disminuida, pueda obligar al partido gobernante a entender razones y que éste, a su vez, sea capaz de aceptar que no puede ganar de todas, todas.
Ya los especialistas nos dirán si son buenos para el país los términos en que los senadores aprobaron, por unanimidad, la creación de la Guardia, una institución que en el principio pareció, más que una decisión razonada, una ocurrencia surgida al calor de la transición del gobierno priísta al moreno, tanto que el anuncio de Andrés Manuel López Obrador tomó de sorpresa al propio Alfonso Durazo, que no tenía entre sus planes la creación de un ente que sólo da forma y constitución jurídica a lo que ya existe desde los tiempos de Felipe Calderón y Peña, la lucha conjunta de Ejército, Fuerza Aérea, Marina y Policía Federal contra el crimen, organizado o no.
Conforme a los términos aprobados por los senadores, pareciera que el único perdedor es el Presidente López Obrador. En la víspera, y en las horas previas a su aprobación, hablaba de la Guardia en otros términos, es decir, con mando militar y estado mayor operativo castrense, y todos sus razonamientos fueron en el sentido de que no aceptaría que contrariaran sus deseos.
De hecho, antes de la aprobación, en el Senado, de la Guardia con mando civil y direccionada a la Secretaría de Seguridad Pública, y no a la de la Defensa Nacional, el Presidente insistió en adjetivar a quienes se opusieron abiertamente a sus pretensiones, en especial a los grupos de la sociedad civil.
Para zaherirlos, a su estilo preguntó en la conferencia mañanera “¿Qué quieren los de la Oposición, los conservadores, que fracasemos? ¿Para eso es la Oposición? Se me hace muy mezquino porque, además, no me voy a dejar; soy perseverante; no voy a echarme para atrás, vamos a garantizar la paz y la tranquilidad en el País; la gente lo pide; duele mucho”.
Para echar un poco de sal a la herida, el coordinador de los senadores priístas, Miguel Osorio Chong, afirmó después de la votación unánime de los coordinadores contra los deseos del Presidente que “fue gracias a la labor de la Oposición que se lograron cambios importantes al dictamen”.
Imagino los sufrimientos de Ricardo Monreal en el trance de informarle que la Guardia podría ser aprobada sólo con los cambios propuestos por las oposiciones.
No debe ser tarea fácil hablarle por la red telefónica o sentarse en su cubículo de Palacio Nacional a tratar de convencerlo de que las cosas no pueden salir como desea y ordena.
Es imposible imaginarlo porque nadie, excepto los más cercanos, lo conoce en esos trances, sin embargo, si partimos de sus conferencias mañaneras, de sus declaraciones en entrevistas periodísticas en foros televisivos, como los de la campaña, o en escenarios controlados, como la conferencia mañanera, es de imaginar su reacción al ser informado, la noche del miércoles, de que la única manera de parir a la Guardia consistía en aceptar las exigencias de la oposición.
El hecho incuestionable es que, a condición de que no haya truco escondido en las letras pequeñas (las leyes secundarias) o en los ya famosos artículos transitorios, la aprobación de la creación de la Guardia, tanto en la Cámara de Diputados como en la de Senadores, se puede interpretar como revés al Presidente y como triunfo de la democracia representativa.
Es decir, el pueblo es sabio, sin duda, pero también lo pueden ser sus representantes en el Congreso.


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