No hay sexenio que dure más de 6 años

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El presidente López Obrador llega a su segundo informe de gobierno como ganó la Presidencia en 2018, en permanente e infatigable campaña electoral y con su popularidad casi intacta, aunque con la pérdida de las decepcionadas clases media y acomodada que le compraron el discurso de la corrupción de la etapa neoliberal y y lo llevaron al triunfo sumando sus votos a los del 15 por ciento del electorado que no lo abandonó en su docena trágica, la de Calderón y Peña Nieto.

No gobierna a como estábamos acostumbrados, pero con qué entusiasmo busca votos ahora no para hacerse del poder, que ya es solo suyo y de nadie más, sino para evitar que sus adversarios se adueñen de la Cámara de Diputados y envíen al diablo a la Cuarta Transformación como él ha hecho, tal cual prometió, con algunas instituciones, las reformas estructurales del pasado reciente, por ejemplo, pero también con órganos autónomos que restan poder al absoluto de su concepción del presidencial.

Me equivoco, en realidad la campaña electoral permanente es su concepción de gobernar y no el trabajo de gabinete de bostezo escuchando a los aburridos especialistas o expertos contratados para explicarle y ofrecerle opciones de solución a problemas concretos y, a partir de ello, con datos duros, verificables, palpables, y no solamente los suyos, producto de la inspiración y el amor al pueblo, tomar decisiones, la mayoría erróneas.

Es el gobierno de un hombre solo que no delega ni en las decisiones irrelevantes que para otros pasarían inadvertidas; muchos de sus colaboradores se enteran de lo que ya se hizo o se hará al escucharlo en una conferencia mañanera, en video fin semanero o en algún discurso en provincia.

Una vez dicho por el presidente no hay manera de discutir al ampayer, ni siquiera en materia de coronavirus en donde supuestamente manda el científico Hugo López-Gatell, o en cuestiones de Hacienda Pública, en las que Arturo Herrera espera pacientemente una mayor descomposición para entrar por fin en acción, o en seguridad, materia en la que Alfonso Durazo se concreta a consultar su Ipad y a ser desenrollado y vuelto a enrollar como poster en las conferencias mañaneras, porque lo suyo, lo suyo, es escuchar lo que dice el general secretario Luis Cresencio Sandoval y ocultar su gesto de disgusto bajo el cubrebocas que no se quitará sino hasta el fin de la pandemia.

Cuando algo peliagudo se atora al presidente entonces echa mano del desfacedor de entuertos, Marcelo Ebrard, que lo mismo sirve para aconsejar la ayuda a la campaña de reelección de Donald Trump, como antes promovía el voto latino para Hillary Clinton, que para coordinar los muros policíacos que a medias impiden la invasión centroamericana en el sur del país y contiene en el norte el tránsito a Estados Unidos, así como medicinas, equipo médico y hacer fila a fin de que México sea de los primeros en conseguir la vacuna salvadora.

Esto es lo que se ve, pero no sabemos en realidad qué más hace Ebrard, pues en el fondo, muy en el fondo, sin relumbrón ni cámaras se desempeña como secretario de Gobernación alterno, tal cual lo hacía su mentor Manuel Camacho con Carlos Salinas, sólo que aquel jefe del Departamento del Distrito Federal de inteligencia incomparable, tenía la competencia de Emilio Gamboa y José Córdoba Montoya, mientras que el hoy secretario de Relaciones Exteriores abusa de la mediocridad de la mayoría de sus pares y se maneja en solitario, como Luis Videgaray hizo en el gobierno de Enrique Peña Nieto.

NI REVOCACIÓN, NI REVUELTA

Este estilo de gobernar fue lo que 32 millones de mexicanos quisieron, y lo mejor que nos puede ocurrir es hacernos a la idea de que así seguirá hasta el último día del sexenio, pues es mero sueño guajiro el de quienes albergan la esperanza de que en 2022 la población acudirá en masa a revocar su mandato o que algún lunático y temerario decimonónico encabezará una revuelta que nadie secundaría porque, además, los mandos de las Fuerzas Armadas han sido convenientemente maiceados con contratos de toda índole que manejan a discreción, sin las engorrosas licitaciones ni la supervisión de autoridad superior porque, ¿quién se atreve a poner en duda el manejo limpio de quienes son el principal soporte de la 4T?

El infatigable caminar del eterno candidato que ya no podrá serlo a otra cosa que a una versión moderna del jefe Máximo, que sea la verdadera finalidad oculta de la Revocación de Mandato, tiene la finalidad de mantener o acrecentar la mayoría en la Cámara de Diputados, ganar el número más abultado de gubernaturas, congresos locales o presidencias municipales en disputa. La cuestión es que Morena mantenga el poder y el proyecto no esté riesgo.

De esa manera, quien lo suceda, aún con la banda tricolor cruzando su pecho y con visión diferente del presente y futuro del país, sólo podrá hacer lo que tenga a bien autorizarle quien viva enfrente de donde more el que supuestamente manda.

A esta misión se subordina y subordinará todo: la administración de las crisis, cualquiera que sea, y el austericidio que ha convertido en anoréxico al elefante que camina más lento que cuando padecía obesidad porque lo ahorrado en el adelgazamiento es usado en mantener y acrecentar la base electoral que asegure, por encima de cualquier idea renovadora o enfado de ciertas clases sociales y económicas, la perduración de un país pobre que necesite eternamente la mano del Estado benefactor dispuesto siempre, no a saciarlo, pero si a darle lo suficiente para mantenerlo en eterna sed y hambre de justicia, pero agradecido, no con el trabajo, sino con las migajas.

Es muy probable que sea injusto y en el segundo trienio del sexenio nos llevemos la sorpresa de que no fuimos capaces de percatarnos que los primeros dos años fueron la necesaria limpia de la cizaña, como las necesarias rozas campiranas para destruir la maleza y permitir la siembra y cosecha de un campo libre de mala hierba que sacie a los hambrientos y les permita además obtener ingresos mínimos para el bienestar familiar.

Entonces, aunque a sea a regañadientes, deberemos aceptar que todo iba bien, requetebién, pero se atravesó una de las plagas bíblicas, no prevista, el coronavirus, y hubo por necesidad que aplazar un poco el proyecto, pero que empezaremos la verdadera transformación el primer día de septiembre como creíamos que lo habíamos hechos el 1de julio de 2018 cuando López Obrador arrebató el poder a Peña Nieto.

No hablemos de dos años perdidos, sino, como dicen los entrenadores perdedores de futbol, aprovechemos la experiencia, con la esperanza que en los 4 años restantes del sexenio no nos sorprenda otra calamidad, un sismo, por ejemplo, que Dios no lo quiera porque no imagino a López Gatell coordinando rescates y reconstrucción en ausencia de David León, y alistándonos para el segundo inicio de la instauración de la 4T.

Pero como en los gobiernos anteriores, siempre nos quedará el consuelo de la máxima de que los sexenios no duran más años aunque la 4T tenga la aspiración de durar al menos mil años.

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