Nicolás Maduro desconocido en América y Europa

México, aislado diplomáticamente, descalificado como mediador

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Nicolás Maduro Moros y su gobierno de represión y muerte están a punto de colapsar.  En el pasado se atrevió a encarcelar al opositor Leopoldo López y al alcalde de Caracas, Antonio Ledezma.  Hoy, su cobardía y fanfarronería quedaron al descubierto.  No se atreve  a proceder en contra del presidente interino, Juan Guaidó Márquez, pues aceleraría su ya inminente caída.

Ante la ciudadanía y el electorado venezolano, y la sociedad internacional, Guaidó Márquez es reconocido como el auténtico titular del  Poder Ejecutivo en la tierra del libertador Simón Bolívar, libertad que hoy reclaman los más de 50 venezolanos muertos, los 800 detenidos y los 200 niños arrestados con cifras al 28 de enero de 2019.


Desde las protestas iniciales en contra de Maduro, el Grupo de Lima, conformado por 13 países, condenó las prácticas atroces de represión y violencia perpetradas desde el Palacio de Miraflores.  De ese grupo, sólo México se abstuvo de sancionar la política intimidatoria instaurada por el terrorismo de Estado venezolano.  El argumento del gobierno mexicano es la Doctrina Estrada y el artículo 89 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

La doctrina proclamada en 1930 –hace 89 años- establece que México se limita a mantener o romper relaciones diplomáticas, pero sin que en ello vaya envuelta aprobación o desaprobación del gobierno “revolucionario”. A partir de esa doctrina, México pretende permanecer neutral, pero, en realidad, ha tomado partido por Maduro.

La cuestión es que el gobierno represivo de Nicolás Maduro nada tiene de revolucionario. Por el contrario, es retrógrada.  Apelar a la soberanía del pueblo venezolano es escudarse en el ayuno y la miseria de millones de venezolanos para mantenerse en el poder desde el fraude electoral, los atentados en contra de la oposición y el enriquecimiento obsceno de Maduro y las pocas fuerzas armadas de élite que todavía “le juran lealtad.”

Que México apele al artículo 89 constitucional es evadir su responsabilidad en el respeto internacional a los derechos humanos.  El numeral mencionado establece, entre otros principios, la autodeterminación de los pueblos y la no intervención, sobre los cuales se escuda, falsamente, el gobierno mexicano.  Sólo que el mismo artículo establece “el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos” en materia de política exterior.

Hoy, ante la notoria evolución del respeto, protección, garantía y promoción de los derechos humanos en el mundo, ni la soberanía ni la autodeterminación de los pueblos, ni la no intervención pueden ni deben invocarse como pretexto para que se mantenga en el poder a un usurpador que ha llevado a la miseria al pueblo venezolano.

El mejor antecedente del respeto a los derechos humanos en México nos lo da don José María Lozano, quien fuera presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y que en 1876 publicó su célebre “Legislación Mexicana” desde la Independencia.

Al respecto, el insigne tratadista valoraba, en extremo, la libertad y el respeto irrestricto a los derechos del hombre al expresar que “una institución en que se desconozcan como base los derechos de la humanidad, es decir, del hombre, será viciosa”.

Además, su lúcido pensamiento no disimulaba su abierta inclinación por preservar, a toda costa, los derechos humanos, a grado tal que llegó a considerarlos superiores al interés general.

En su Tratado de los Derechos del Hombre no deja lugar a dudas de su devoción por los derechos humanos: “En el conflicto entre el interés social y el interés individual hay que sacrificar el individual, pero en el que puede haber entre el interés general y el derecho de un solo hombre guardémonos de creer que en algún caso sea lícito sacrificar el derecho individual, el derecho de un hombre, por más que se trate del último, del más oscuro y miserable de los habitantes de la República”.

Se adelantaba así, casi siglo y medio, a la reforma constitucional del 10 de junio de 2011, promovida por el presidente Felipe Calderón, que sustituía en la Constitución de 1917 la antigua denominación de Garantías Individuales por la de los Derechos Humanos y sus Garantías.

Por ello, México, al reconocer al gobierno de Nicolás Maduro, abdica de su historia y de los principios constitucionales que hoy son superiores a cualquier invocación soberana y va a contracorriente de la sociedad internacional, que exige un alto a la represión, a los muertos y a los encarcelamientos injustificados.

Al Grupo de Lima se suman los gobiernos de Emmanuel Macron, en Francia, Ángela Merkel, en Alemania, Theresa May, en el Reino Unido, y las adhesiones de Dinamarca, Suiza, Países Bajos, la Unión Europea y el Parlamento Europeo, al gobierno interino de Juan Guaidó, mientras el gobierno madurista se encuentra en fase terminal.

Como respuesta, Maduro vuelve a su miserable cantaleta: “No se metan con la soberanía de Venezuela. “¿Soberanía? ¿Cuál soberanía? Si el pueblo venezolano ha sido despojado de su voluntad en un extraordinario fraude electoral para mantener a Nicolás Maduro en una presidencia que se le diluye con más fuerza cada día.

No puede haber soberanía cuando las labores de inteligencia son dirigidas desde Cuba para espiar y reprimir al pueblo bolivariano.   Maduro mantiene a 50 mil cubanos dispersos por todo el territorio nacional, especialmente los asentados, desde el 2001, en el fuerte Tiuna, en los alrededores de Caracas, y los que hacen funciones de guardia pretoriana dentro del Palacio de Miraflores.

Por esa crisis venezolana, apenas el 7 de febrero pasado,  el Grupo Internacional de Contacto (GIC) llevó a cabo la Reunión de Uruguay.  El punto central dado a conocer por el ministro de Relaciones Exteriores de Uruguay, Rodolfo Nin Novoa,  y la representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Federica Mogherini, se resume en “elecciones presidenciales libres inmediatas en Venezuela.”

Otra vez México se pone al lado del autoritarismo y la represión madurista al manifestar que “no acompaña esa decisión”. Con ello,  Andrés Manuel López Obrador contradice su antigua posición de su  alegato permanente.  En la página 80 del libro “AMLO: Vida privada de un hombre público”, Jaime Avilés retoma, textual, el pensamiento lopezobradorista cuando fustiga al entonces poderoso priísmo: “Yo sostengo que el principal problema ha sido la falta de democracia, porque de la falta de democracia viene la corrupción y todo lo demás”, exactamente lo que hoy ocurre, en Venezuela, con el escandaloso fraude electoral que llevó a Maduro por segunda vez a la presidencia.

La buena relación entre los gobiernos de México y Venezuela es evidente.  Venezuela sueña que México sea mediador en el conflicto y México, solícito, acude a la petición venezolana.  Sólo que México ya está descalificado para tan delicada misión.  Su promadurismo lo hace irreconciliable con el Grupo de Lima y el Grupo Internacional de Contacto, es decir, México República, ya se encuentra en un proceso de aislamiento diplomático, pero, además, Maduro hace patente su agradecimiento con el gobierno de López Obrador cuando desde la tribuna gritó ¡Viva México!

Por lo pronto se percibe irresoluble la crisis venezolana.  Guaidó quiere elecciones presidenciales y Maduro sugiere diálogo sin elecciones porque sabe que no tiene la menor posibilidad de ganar.  Por eso hará hasta lo imposible para evitar pasar otra vez por el poder de las urnas, aunque finalmente caerá y sus únicas opciones se reducen a la fuga o la cárcel.  El saqueo nacional y los crímenes de lesa humanidad lo justifican.   Ampliaremos…

 

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