Meade el mejor, pero debe defenderse

No se trata de colocar a José Antonio al nivel majadero de Anaya y López Obrador. Para eso incorporó a Javier Lozano, uno de los mejores fajadores de la política que en dialéctica mexicana es insuperable, pero el poblano, ex priísta y ex panista, no es el candidato; quien debe ganar votos es Meade

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Si el Presidente Peña Nieto tuvo que salir a calificar de traidor “a quien ya Chávez quien” por proponer el perdón al crimen organizado, es que algo está fallando en la campaña de José Antonio Meade en materia de guerra mediática.

No albergo la menor duda de que la mejor oferta partidista presidenciable es Meade.

Sobre su insuperable preparación académica (debe saber tantos o más idiomas que Ricardo Anaya) y sus 20 años de servicio público, lo distingue su contextura moral inigualable.

No hay en su historial episodios oscuros, mucho menos dolorosos de juventud en los que algún familiar muriera por un disparo accidental o puñaladas traperas partidistas para ascender.

Sin embargo, en la lucha por el poder los buenos no tienen asegurado el triunfo sólo por ser inmaculados, transparentes y puros, ni siquiera en los cónclaves vaticanos. Mucho menos por la Presidencia de la República Mexicana.

Es indudable que Meade está ganando en la guerra de los “memes”, esos mensajes divertidos difundidos a través de las redes sociales, pero para triunfar en una elección como la que viene no es suficiente.

Además, algunos “memes” ni siquiera son manufactura de su cuarto de guerra en comunicación; se trata de ingeniosas aportaciones alternas que nada tienen que ver con su equipo creativo.

En cambio, le están ganando en una estrategia bien diseñada por sus contrarios que empieza a arraigar en la opinión pública, pero más peligroso aún, en sus correligionarios: el supuesto de que su campaña no levanta y que consecuentemente corre el riesgo de ser suplido por otro que dé mejor pelea.

Se trata de una falacia; después de arrancar casi de cero (o de uno por ciento de conocimiento como adelantó el Presidente Peña Nieto cuando dio la primer señal de que Meade sería el candidato), José Antonio ha levantado lo suficiente para ser considerado con seriedad por sus contrarios, de lo contrario Andrés Manuel López Obrador no habría empezado con esta cantinela hoy de moda, incluso entre priístas.

Pero algo necesita hacer Meade, y con urgencia, para contrarrestar esta estrategia bien urdida y mejor operada que le hace mella.

Sin duda está en un lío para incidir en la opinión pública porque fue ofrecido a la sociedad como un personaje ideal, libre de la carga histórica, en especial la reciente, que ha dado pie a un nuevo hartazgo priísta, pero la necesidad de enfrentar a contrarios que no se detienen ante nada, lo obliga a contestar de igual o de peor manera.

No puede quedarse callado ni responder con chistoretes, sino con lenguaje más agresivo; esto, sin embargo, no está en el guion ni en su naturaleza de hombre bueno, pues además lo igualaría al priísta que no es.

Es un hecho que hay una estrategia por mantenerlo al margen de la guerra sucia y, en todo caso, sólo se le permite proferir de vez en cuando algún chistorete como el del “guía de turistas” o el del “nini”.

Y está bien porque no se trata de colocarlo al nivel majadero de Anaya y López Obrador. Para eso incorporó a Javier Lozano, uno de los mejores fajadores de la política que en dialéctica mexicana es insuperable, pero el poblano, ex priísta y ex panista, no es el candidato; quien debe ganar votos es Meade.

Se dirá que no hay por qué arriesgarlo cuando apenas estamos en etapa de precampaña, pero cualquiera sabe que no es así, que ésta es una simulación, pues la campaña empezó hace mucho y que Ricardo y Andrés Manuel le llevan delantera en promoción.

Así que el cuarto de guerra en comunicación del simpatizante priísta debe entender que un ciudadano mexicano promedio, decente, honorable y transparente, no es como la Madre Teresa de Calcuta.

Cuando un mexicano promedio llega a su casa ensangrentado porque un abusivo lo golpeó, una madre mexicana promedio suele preguntar a su hijo si por lo menos le mentó la progenitora a su agresor para que le doliera algo.

Sólo los expertos saben en qué momento perdió Francisco Labastida ante Vicente Fox el poder detentado por el PRI durante 70 años, pero sin duda su caída empezó cuando después de un debate en el que el panista lo puso en ridículo poniendo en duda su virilidad, escuchó el consejo de Esteban Moctezuma, entonces su coordinador de campaña y hoy con López Obrador, y contestó mediante un hilarante spot de televisión lloriqueando que le había llamado “lavestida”, “hombrecito”, etcétera.

En ese momento los mexicanos supieron que no querían ese tipo de hombre en la Presidencia.

No se trata de que Meade se convierta en un lépero de barrio que se ponga al tú por tú con sus contrincantes en cuestión de insultos, pero pronto vendrán los debates y deberá prepararse para darles respuesta.

No le bastará con hablar de índices de crecimiento económico, de crisis mundiales, etcétera, porque López Obrador y Anaya le restregarán lo peor del priísmo reciente y ni modo que reniegue del partido que le prestó las siglas para llegar a la Presidencia.

Por lo demás, su equipo de comunicación debe saber lo arriesgado que es para Peña Nieto tener que meterse a la campaña a dar respuesta a quienes deben recibirla de otra parte.

Se trata de una falacia; después de arrancar casi de cero (o de uno por ciento de conocimiento como adelantó el Presidente Peña Nieto cuando dio la primer señal de que Meade sería el candidato), José Antonio ha levantado lo suficiente para ser considerado con seriedad por sus contrarios, de lo contrario Andrés Manuel López Obrador no habría empezado con esta cantinela hoy de moda, incluso entre priistas.

Pero algo necesita hacer Meade, y con urgencia, para contrarrestar esta estrategia bien urdida y mejor operada que le hace mella.

Sin duda está en un lío para incidir en la opinión pública porque fue ofrecido a la sociedad como un personaje ideal, libre de la carga histórica, en especial la reciente, que ha dado pie a un nuevo hartazgo priista, pero la necesidad de enfrentar a contrarios que no se detienen ante nada, lo obliga a contestar de igual o de peor manera.

No puede quedarse callado ni responder con chistoretes, sino con lenguaje más agresivo; esto, sin embargo, no está en el guión ni en su naturaleza de hombre bueno pues además lo igualaría al priista que no es.

Es un hecho que hay una estrategia por mantenerlo al margen de la guerra sucia y, en todo caso, sólo se le permite proferir de vez en cuando algún chistorete como el del “guía de turistas” o el del “nini”.

Y está bien porque no se trata de colocarlo al nivel majadero de Anaya y López Obrador. Para eso incorporó a Javier Lozano, uno de los mejores fajadores de la política que en dialéctica mexicana es insuperable, pero el poblano, ex priista y ex panista, no es el candidato; quien debe ganar votos es Meade.

Se dirá que no hay por qué arriesgarlo cuando apenas estamos en etapa de precampaña, pero cualquiera sabe que no es así, que ésta es una simulación pues la campaña empezó hace mucho y que Ricardo y Andrés Manuel le llevan delantera en promoción.

Así que el cuarto de guerra en comunicación del simpatizante priista debe entender que un ciudadano mexicano promedio, decente, honorable y transparente, no es como la madre Teresa de Calcuta.

Cuando un mexicano promedio llega a su casa ensangrentado porque un abusivo lo golpeo, una madre mexicana promedio suele preguntar a su hijo si por lo menos le mentó la progenitora a su agresor para que le doliera algo.

Sólo los expertos saben en qué momento perdió Francisco Labastida ante Vicente Fox el poder detentado por el PRI durante 70 años, pero sin duda su caída empezó cuando después de un debate en el que el panista lo puso en ridículo poniendo en duda su virilidad, escuchó el consejo de Esteban Moctezuma, entonces su coordinador de campaña y hoy con López Obrador, y contestó mediante un hilarante spot de televisión lloriqueando que le había llamado “lavestida”, hombrecito”, etcétera.

En ese momento los mexicanos supieron que no querían ese tipo de hombre en la Presidencia.

No se trata de que Meade se convierta en un lépero de barrio que se ponga al tú por tú con sus contrincantes en cuestión de insultos, pero pronto vendrán los debates y deberá prepararse para darles respuesta.

No le bastará con hablar de índices de crecimiento económico, de crisis mundiales, etcétera, porque López Obrador y Anaya le restregarán lo peor del priismo reciente y ni modo que reniegue del partido que le prestó las siglas para llegar a la Presidencia.

Por lo demás, su equipo de comunicación debe saber lo arriesgado que es para Peña Nieto tener que meterse a la campaña a dar respuesta a quienes deben recibirla de otra parte.

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