Malos tiempos, incluso para López Obrador

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Aunque intente disimularlo sonriendo, es natural que el presidente López Obrador se note enfadado. No todo lo que ocurre estaba contemplado en el guión, algunas cosas están fuera de control y otras van por el mismo camino.

No estaba en sus planes que Donald Trump le fallaría y terminaría perdiendo con Joe Biden, como reconoce un alto porcentaje de mandatarios de todo el mundo a partir de lo que dice la prensa amafiada con el poder norteamericano, eso sí con base en cómputos estatales.

Tampoco estaba en sus planes que a su amado terruño, Tabasco, le sobreviniera la desgracia anual de las inundaciones con niveles históricos. Pero sí estaba en sus manos o en las de sus colaboradores prevenirla o por lo menos revertir lo que es culpa del neoliberalismo, como lo denunció de manera airada en 2007.

Sin embargo, en sus dos primeros años la Cuarta Transformación olvidó que en el Edén llueve a cántaros y que año a año las presas de la CFE amenazan con sus desfogues a la población y prefirió invertir el poco o mucho dinero que hay en el elefante que será la refinería de Dos Bocas y no en desazolvar los ríos.

Quizás si hubiese escuchado a quienes tienen datos diferentes a los de Hugo López Gatell, hoy no estaríamos lamentando la muerte de casi 100 mil mexicanos víctimas del coronavirus ni a punto de superar el millón de infectados, pero es probable que lo venciera la principal de las credenciales del subsecretario de Salud, que en 2009 el odiado Felipe Calderón no cayera en su verborrea científica y técnica y lo echara del cuarto de guerra de la lucha contra la influenza.

Era previsible que cargados de dinero, sus adversarios más acérrimos, por ejemplo, Mexicanos Unidos Contra la Corrupción y la Impunidad, hurgasen hasta bajo las piedras en busca de lombrices que exhibir.

Así es como su hermano Pío, su secretario particular, Alejandro Esquer, y su vocero, Jesús Ramírez Cuevas, se convirtieron en noticia en “pasquines inmundos”, como en el pasado ocurrió a René Bejarano, asociándolos con asuntos que la 4T persigue con ahínco: delitos electorales, como la recepción de dinero en bolsas de papel, o el uso de empresas fantasmas para los fines que sean.

Imposible elaborar un listado completo de las pesadillas que interrumpen su sueño, pero conforme corran los tiempos electorales la situación se complicará.
El alud de noticias o las preocupaciones personales de los protagonistas, algunos bajo amenaza de ser exhibidos en tribunales como beneficiarios de sobornos, ha desplazado la rebelión de los gobernadores aliancistas ofreciendo la impresión de que aquí nada pasa.

Ya nadie se ocupa de los vecinos del presidente López Obrador que acantonados en sus tiendas de campaña en el Zócalo se convirtieron en parte del paisaje urbano, pero corren rumores en el sentido de que militantes del Frenaaa I pronto volverán a ser noticia porque ofrecerán al inquilino de Palacio Nacional la oportunidad de romper su promesa de jamás usar la represión, ni siquiera contra sus contrarios.

Son malos tiempos para todos, incluso para López Obrador, y se nota.

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