Los ‘ninis’ y los aprendices

Propósitos encomiables pueden desvirtuarse en la práctica

Compartir:

El debatido tema de la pensión o ayuda a los llamados “ninis” (jóvenes de 15 a 29 años) que “no trabajan ni estudian” debe abordarse con el mayor cuidado. A este grupo pertenecen al menos 6.6 millones de mexicanos, en su gran mayoría víctimas de la falta de oportunidades para conseguir un empleo que les permita cubrir sus necesidades personales o que les posibilite continuar sus estudios sin ser una carga a la economía familiar. La medida tiende en efecto, a evitar que estos jóvenes, a falta de un estímulo legítimo para trabajar y progresar, sean fácil presa de la ocasión de dedicarse a actividades ilícitas o se frustren al grado de no tener metas en la vida. Por otro lado, proporcionarles un ingreso económico, no sólo les permitiría solventar sus necesidades básicas, sino estimular la dinámica económica al hacerlos consumidores con potencial de convertirse, mediante una actividad productiva en agentes activos con trabajo remunerado e incluso, como contribuyentes fiscales.

Lo cierto es que estos propósitos encomiables pueden desvirtuarse en la práctica si no se les administra adecuadamente pudiendo, como muchos lo vislumbran, tener efectos contraproducentes y generar una especie de privilegiados que se acomoden al estatus y no se logre romper la inercia de la flojera, vagancia e incluso conductas antisociales valiéndose de una red de seguridad en los ingresos. La supervisión y el seguimiento de este programa a su vez, tendría un alto costo administrativo y no pocos riesgos de cómo, hasta ahora, los mecanismos asistenciales caigan en un manejo turbio si no es que francamente corrupto. De esta suerte, lo que es obligado es una primera evaluación objetiva de costo-beneficio social verdadero y en seguida la garantía de impecable manejo.


La otra fórmula de aprendices en las empresas, que también se ha propuesto, es una antigua figura que fue suprimida en la reforma a la Ley del Trabajo de 1970 porque se prestaba a abuso de los patrones que los contrataban por largos periodos, para mantener bajos los niveles de salario, aunque éstos desempeñaran actividades regulares o semejantes a otros trabajos permanentes en la empresa. Una especie de derivación de ello son los outsourcing o subcontratados que ahora se estilan para abaratar el costo del factor laboral, simulando un trabajo para un tercero sin prestaciones ni antigüedad. Fue el caso de los 63 mineros sacrificados de Pasta de Conchos que tenían esta característica. Ahora se plantea que el gobierno registre a los aprendices para que se capaciten en la práctica y puedan ser aptos para ocupar una plaza laboral regular, y adquieran conocimientos adicionales a los escolares para tener más opciones en el mercado de trabajo para su mejor futuro.

Así planteadas estas propuestas, en interesante charla con el doctor Manuel Nogueira y Guillermo Favela, el primero sugirió con gran tino, según mi percepción, que el programa de los “ninis” debería acoplarse al sistema de servicio militar que tanto auge y beneficios tuvo en las décadas pasadas, tanto para imbuir valores patrios en los jóvenes, así como, eventualmente, ocuparlos en actividades de servicio social en favor de los pueblos y comunidades desfavorecidas, o en la siembra de árboles y atención a emergencias por fenómenos climáticos, etcétera. El modelo podía servir para que ahora, a mayor escala, fuese un nuevo enrolamiento en un servicio cívico-social y productivo, a cargo del propio Ejército que es el único que tiene experiencia y organización, para el efecto.

Le recordaba al proponente que su iniciativa es perfectamente compatible, guardadas las proporciones, con la que hubo en 1940 cuando el general Francisco L. Urquizo a la sazón secretario de la Defensa se la propuso al presidente Ávila Camacho. En aquel entonces la razón para hacer que los jóvenes mexicanos cumplieran con su servicio militar fue la de la expectativa de la guerra mundial que obligaba al Ejército a tener reservas preparadas para una indeseada, pero probable necesidad de la defensa del territorio nacional. Esta práctica quedó establecida y se institucionalizó al paso de los años convirtiéndose en una valiosa oportunidad para la preparación física de los jóvenes pero, sobre todo confirmarles valores morales públicos, de respeto a las leyes, a sus superiores y a sus semejantes, además de vincularse comprometidamente con los destinos de la nación y de sus habitantes.

Hoy sería otra razón, tan válida como la anterior. El servicio-cívico social-productivo, debe dirigirse a atender demandas de la sociedad como la seguridad, la reforestación, las campañas de sanidad, las emergencias, la reconstrucción de escuelas, de campos deportivos, integración de cooperativas etcétera; todo en un ambiente de convivencia, fortaleza física y moral con sus contemporáneos, bajo el mando y dirección de una autoridad como el Ejército producto del movimiento constitucionalista que abrió a México el camino al orden y la paz para todas las generaciones. Así, el costo de la ayuda a los “ninis”, sería una inversión recuperable en favor de ellos y de la nación entera.

Por cuanto a la reimplantación de los aprendices, el tema da para rato porque si bien es obvio que se necesita un proceso inductivo al trabajo y tal puede ser el camino, los riesgos tendrán que valorarse y tenerlos en cuenta para evitar una regresión laboral de graves consecuencias. Por requerir de un mejor análisis, este capítulo quedó pendiente para una futura conversación con el medico Nogueira y el escritor Favela.

 

 

Compartir:
Comentario anónimo
Comentar vía Facebook

is loading comments...