Los catafalcos de la historia

Muchas cosas en nuestro sistema político han muerto o están en riesgo de perecer

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Una vez más pasamos el Día de los Muertos. Ese día es bueno hablar de las muertes y de los muertos. Dice la canción mexicana que hay muertos que no hacen ruido, pero dice Gina Batista que hay muertos que hacen mucho ruido.  Francisco Labastida dice que hay muertos que están bien vivos, refiriéndose a que en la historia de México, aunque también podría decirse que en la de todos los países, muchas de nuestras vivencias cotidianas son una interlocución con los muertos.

Quizá por eso, durante siglo y medio, vivimos en un debate silencioso sobre la consumación de la Independencia. Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero nos acosaban de manera cotidiana. Cuando niños, en la escuela, no entendíamos con claridad lo que había pasado en el nacimiento de México. Los padres de familia no lo sabían o no nos lo querían explicar. Los políticos tomaron frente al tema lo que hoy se llamaría una sana distancia. Después de tanto tiempo alguien tomó la decisión y sacó la tarjeta roja. Se decretó, quizá injustamente, que Agustín de Iturbide no había servido para nada. Que Acatempan es sólo una pintura. La historia oficial resolvió el debate nacional. Se nos enseñó que hay muertos a los que hay que matar.


Después vino la Reforma. Juárez vive. Los liberales estamos convencidos de ello y no hay poder político ni fuerza sobrehumana que nos seduzca en sentido contrario. Sin embargo, los conservadores siempre han afirmado o deseado que esté muerto, pero persisten en instalar la dictadura de nuestros días. Por eso tienen un proyecto nacional para desmantelar la escuela pública, el sistema laboral, la reforma agraria, la seguridad social, el patrimonio nacional y todas las conquistas que la Reforma, a través de la Revolución, ha logrado para México. En su más íntima conciencia también están convencidos de que Juárez vive y por eso están conspirando para matarlo.  En efecto, hay muertos que están vivos.

Con la Revolución Mexicana se instalaron muchos sistemas de estabilidad, entre ellos el de la remisión de todas las disputas. Sin embargo, dentro del propio sistema hubo una que prácticamente no fue superada, la que se generó entre Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas del Río. En casi todos los temas de disputa política, los correligionarios de ambos se han afanado en lograr un empate político. Pongo como ejemplo el asunto del juego. Calles lo defendía.  Cárdenas lo combatía. Para asegurar el empate hicimos un batidillo. Ley dictatorial, pero autoridad alcahueta. Así, hoy en México no se permite el juego, pero se juega mucho.

Sin embargo, La Parca fue más allá de los equilibrios de partido. Calles y Cárdenas murieron en la misma fecha, aunque en diferente año.  Su partido los tiene que conmemorar el mismo día, y así será por todos los años, pero, además, los dos duermen, para la eternidad, en el mismo mausoleo. Extraños conjuros guarda el destino para los hombres que siendo todopoderosos en vida dependen para el gran futuro de la voluntad, de los deseos o de los meros caprichos de los humildes mortales.

Sin embargo, también cuánto dependen los vivos de los muertos. Desde luego, mucho en la historia, pero también mucho en la política. Es cierto; hay muertos que están vivos. No es cierto que todos están callados. Hay muertos que hacen mucho ruido. ¿Estamos seguros de que ya murieron Maximiliano y Porfirio Díaz?  ¿Ya son finados todos los de Tlatelolco y los del Jueves de Corpus?  ¿Estará muerta Eva Perón o sólo quiere cambiar de nombre?

El Día de Muertos se parece mucho a la política. Es atrayente y seductora, pero en algunos momentos no deja de dar miedo. En otros invita a la reflexión.  Se presta para el disfraz, pero sobre todo para ver hacia adentro. Para recordarnos que abajo de la vestimenta, el rostro, la máscara e incluso de la banda, no hay más que hueso. José Guadalupe Posada vio de esa manera la política prerrevolucionaria. Los niños mexicanos guasones decíamos que el cuerpo se divide en cuatro partes: Calaca, guacal, espinazo y canillas. Es decir, la interpretación ósea de la pura anatomía.

Diversas muertes influyeron en los destinos mexicanos del pasado y, quizá, del porvenir. Muertes reales, y no metafóricas. Digo esto porque hoy, después de unos pocos años, habríamos de agregar mucho de lo que la política mexicana ha tenido y tiene de terminal. Hoy tendríamos que adicionar muchos temas que servirían para las guasonas calaveras de no ser porque no estamos seguros de si son prácticas que han finado guasonamente.

Para  comenzar se calavereó El Tapado. Esa tradición que sirvió para los fines de estabilización y pacificación para los que fue creada y que consistió en la participación determinante que el presidente en turno tenía sobre la formación, el posicionamiento y la ascensión de su sucesor.

Para proseguir se petateó el presidente fuerte. Ese hombre que, al mismo tiempo, usaba banda presidencial y coronal real. Que, simultáneamente, era jefe de Estado, jefe de gobierno, jefe de fuerzas armadas, jefe de política exterior, líder de partido, líder de congreso, comando de justicia, pro hombre de los gobiernos locales y factotum de la sociedad civil. Ese hombre que, por no tener enemigos ni oponentes “de a de veras”, se convertía en un árbitro patriarcal de los pleitos de los demás, puesto que nadie se peleaba con él.

Para continuar se calavereó el presidente libre. Ese jefe que no se la debía a nadie porque gran parte de su éxito consistía, precisamente, en no tener compromisos. Que por las deudas contraídas con su antecesor era forzado por el sistema a que las pagara o las desconociera de la manera más inmediata, pero cuya palabra, gracias a ello, tenía valor supremo para nacionales y para extranjeros. Para comprometerse no tenía que consultarlo con nadie y, por ello, el “sí” y el “no” presidencial tenían el valor de una escritura.

También finó el sistema de partido fuerte sin haber tenido heredero, legatario o descendiente natural. Un intestado político porque no ha sido, y parece que no será, un pluralismo fuerte el tránsito hacia nuestra democracia, sino un pluralismo débil y frágil. Quizá con esto también la democracia mexicana pueda sufrir una muerte prematura. A lo mejor hasta estamos hablando de nonatismo.

Hay muchas otras cosas en nuestro sistema político que han muerto o están en riesgo de perecer. La gobernabilidad, la Revolución Mexicana, el sistema de partidos, el constitucionalismo y no sabemos si también las libertades, el federalismo y la soberanía. Estamos plenos de capillas ardientes. Estamos rodeados de criptas funerarias. Estamos circundados de morgues y forenses. De ataúdes, de féretros y de catafalcos. De espectros, de zombis y de momias.  Algunos hasta dirían que los muertos andan sueltos. Que hay que colocarlos en sus fosas y mandarles a decir sus misas para que si no reviven, que por lo menos descansen en paz.

 

Abogado y político

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Twitter: @jeromeroapis

 

 

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