¿Lealtad de AMLO a Trump o pragmatismo y preocupación?

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Mientras el presidente López Obrador no muestra los otros datos que tiene sobre las elecciones en Estados Unidos que le permiten continuar en su posición de no reconocer el triunfo de Joe Biden, el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, hace gala del más rebuscado lenguaje diplomático para adoptar una posición distinta afirmando que por lo escuchado al candidato al que todo mundo da por triunfador, “es evidente que vamos a tener una política de cooperación mundial y con México”.

Si se tratara de destacar como el último mandatario que reconoció a Biden entendería la estrategia , más que política, vanidosa de distinguirse por encima de todos, pero si al pragmatismo se impuso la lealtad me pondría de pie para felicitar a López Obrador. La cuestión es que en su caso sólo está obligado a ser leal con México porque cualquiera que ha hecho religión de la lealtad sabe lo costosa que puede resultar.

Se entiende de sobra su argumento de la conveniencia de guardar prudencia porque sin duda hasta que el reloj no marque el último segundo o el árbitro no sople el silbatazo final, el juego no termina, y Donald Trump aún tiene tiempo, instrumentos, entre ellos los senadores republicanos, la Suprema Corte y una mochila repleta de jugarretas como las que lo convirtieron en triunfador, pero también perdedor, en los negocios.

Pero lo que a López Obrador le parece una posición gallarda y prudente empieza a ser interpretada de muchas formas diferentes que no vale la pena registrar por su nombre para no faltar al respeto.

Baste citar que ya es lugar común el comentario de que, así como Luis Videgaray embarcó a Enrique Peña Nieto haciendo campaña para Trump en Los Pinos, Marcelo Ebrard lo hizo con López Obrador al llevarlo a la Casa Blanca para hacer campaña a favor del mismo personaje.

O que aún estamos a tiempo para enviar una delegación a Washington a exigir la devolución del Águila Azteca con que Peña Nieto condecoró al primer yerno de Estados Unidos, Jared Kushner.

Mientras se dan las fechas, Trump alega “robo” y amenaza con todo lo que hay al alcance de su mano, como el conteo de voto por voto –sólo faltó decir, casilla por casilla— y el presidente del Comité de Justicia del Senado, Lindsey Graham, advierte que si no pelean “y cambiamos el sistema electoral de Estados Unidos, jamás volverá a haber un presidente republicano”, por lo que insta a Trump “a no reconocer la derrota”.

En este contexto de desesperación republicana, el más duro golpe al presidente lo asestó su antecesor George Bush hijo al felicitar a Biden. “Un buen hombre que se ha ganado la oportunidad de unir y liderar a nuestro país”, escribió.

Antes que Bush, los mandatarios de muchos países, como Canadá, Alemania, Inglaterra, España, Argentina y hasta Nicolás Maduro de Venezuela han felicitado al que ya llaman “presidente electo”, pero el nuestro continúa en espera que las instancias legales se pronuncien.

En una de las pocas explicaciones que ha dado recordó que cuando a él también le robaron la Presidencia, hubo mandatarios, como el español José Luis Zapatero, que se adelantaron al IFE y felicitaron al “espurio” Felipe Calderón.

¿Supondrá que a Trump le están haciendo lo mismo que a él en 2006 y por eso la solidaridad?

En realidad, parece otra cosa. Si la intención es no molestar a Trump, al que aún quedan más de 70 días de mandato en los que puede ocurrir lo que sea, hace bien. El sabrá por qué.

El representante del Partido Republicano en México, Larry Rubin, nos ha recordado que será hasta el 14 de diciembre cuando los delegados electorales se reúnan para emitir sus votos y quizás lo hagan en sentido contrario al de los electores, es decir, den la vuelta a lo que ya se considera irremediable.

La posición de López Obrador es fácil de entender: Biden ha sido proclamado ganador por los medios de comunicación a partir de proyecciones y él tiene mucho que sentir de los medios mexicanos y extranjeros, sin embargo, son situaciones diferentes porque la proclamación mediática de Calderón ocurrió a partir del conteo del IFE, no de proyecciones.

En beneficio de Ebrard debo decir que, a diferencia de Peña Nieto que sí escuchaba a Videgaray, López Obrador sólo atiende a su instinto.

Lo dicho en la edición 18 de la Cumbre de Negocios, permite suponer que el secretario de Relaciones no está en la misma frecuencia del presidente, y que pudo haberle aconsejado aceptar la realidad y reconocer a Biden, pero se llevó un descontón, lo que no sería inusual.

Sería saludable que en esta mañanera el presidente abra su juego y muestre sus datos, porque la prudencia que alega no es algo que se le dé.

Algo que ignoramos le impide dar la espalda a Trump en sus momentos más difíciles.

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