Las palabras pronunciadas cobran vida

Mayúsculo compromiso que se ha echado a cuestas presidente electo

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Para Enrique Tierno Galván, político, sociólogo, jurista y ensayista español, el poder era como un explosivo: ‘O se maneja con cuidado o estalla’

Como bien señalara en su tiempo Jesús Reyes Heroles: “En política, el pasado y el presente son dos tiempos que se acompañan”, dos periodos que no se pueden disociar porque el país no se puede estar reinventando cada seis años.

Una práctica mexicana ejercida en el cambio de poder principalmente en el Ejecutivo federal, encaminada a impregnar el sello personal del mandatario en turno, que lamentablemente se aplica al inicio de cada sexenio, donde se hace presente el borrón y cuenta nueva para sacudirse todo lo que “huele” a su antecesor por posición política, ideológica y hasta por imposición particular.


Procedimientos y acciones convertidos en uno de los principales factores del estancamiento del desarrollo del país por falta de continuidad; con las excepciones y actuaciones institucionales no muy comunes en la arena política, no obstante que siempre está en juego el patrimonio de la nación y el bienestar de sus habitantes.

Rutinas repetitivas que se observan al inicio de cada administración, infiltrándose a los tres niveles de gobierno; ante lo inevitable y hasta irreversible de la recepción de una herencia enorme de aciertos y errores, de logros y omisiones, de instituciones eficaces e ineficaces, de programas inacabados, de proyectos en marcha y de políticas buenas y malas.

Sucesiones no exentas de corrupción, impunidad, una asociación delictuosa irrefrenable; impregnada con un hartazgo de la sociedad que se ha acentuado significativamente en la administración que concluye.

No obstante este legado, cómo difundir para el entendimiento de nuestros representantes que, gobernar, significa entre otras cosas, perfeccionar, dar continuidad, corregir y crear instituciones a partir de las herencias recibidas, porque el país libre, soberano y democrático que hoy disfrutamos, se fue consolidando a través del tiempo con fracasos y aciertos, con hambre y sangre, con padecimientos y sacrificios para formar las instituciones que nos regulan y nos  procuran un Estado de derecho;  en el entendido que las dependencias no son las que fallan, sino quienes las operan.

 

LA TRANSFORMACIÓN

Bajo el entorno de la evolución política mexicana, los procesos democráticos recién acontecidos, abrieron la puerta para la gestación de la cuarta transformación, como la ha promocionado el presidente electo Andrés Manuel López Obrador, recubierta de muchas expectativas por sus buenas intenciones y orientación de logros con las que las perfila.

Proyectos y propuestas que no aceptan reparos, encaminándose sostenidamente aún con todos los cuestionamientos de índole político, económico y social que han recibido, en su postura irrestricta por modificar sustancialmente la herencia recibida.

Una cruzada personalista por erradicar los errores y omisiones para reducir las brechas irreconciliables en la repartición de la riqueza, combatiendo desde su perspectiva en forma rigurosa al principal promotor del padecimiento nacional, esa  corrupción ingobernable que se ha traducido en impunidad e injusticia para todos los mexicanos.

Medidas y acciones que están causando preocupación y desasosiego entre los sectores y población que se verán afectados por la reingeniería gobernante que quiere implementar, donde se vislumbra una división del país, en lugar de un acercamiento que configure un camino paralelo para que en un futuro no lejano puedan converger.

Bien lo señalaba Enrique Tierno Galván: “El poder es como un explosivo, o se maneja con cuidado o estalla”.

Y la detonación de sus planes y propuestas está creando preocupación, incertidumbre y hasta malestar para la ciudadanía inmersa y partícipe en la problemática del país que no concilia del todo con los múltiples proyectos de cambio por mejorar en un periodo sexenal las grandes carencias de un sector poblacional que significa su base electoral y, donde radica su mayor compromiso de gobernanza.

Observándose un posicionamiento inamovible de su parte, para un segmento de mexicanos que ha sido el más castigado en la historia del México libre y democrático, al que sigue cultivando e ilusionando.

 

ACORRALADO CON LAS PROMESAS

Acorralándose con tantas promesas, generando en su defensa una pantalla emocional a través de un cerco de poder que repele las críticas y oposiciones que lo transfiere a una línea de actuación cercana al autoritarismo.

Un dominio de mandato que le ha conferido las urnas, que se vislumbra que utilizará sin mediar conciliaciones para defender y aplicar sus ideales, donde difícilmente podrá fomentar los equilibrios de un gobierno para todos.

Destacando dentro de estos procesos de transformación que, ante posibles desequilibrios económicos que se puedan provocar internamente, desajustes externos en las finanzas globalizadas en las que está inmersa nuestra nación, o la conjunción de ambos factores; se termine afectando la economía nacional, marcando un severo retroceso en el bienestar de todos.

Experiencias ya padecidas, donde la restauración de los estropicios de una mala gobernanza lastimó y vulneró en mayor medida a la población más desprotegida, por eso es que se debe demandar mucha cautela y manejo inteligente de las finanzas y economía, porque el país en su conjunto ya no puede tolerar otro quebranto que termine afectando a todos los mexicanos, basta con recordar las crisis económicas padecidas por los desaciertos populistas de Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo y el más reciente error de diciembre de Carlos Salinas de Gortari-Ernesto Zedillo Pone de León.

 

GOBERNAR ANTES DE TIEMPO

La larga transición del poder presidencial en México y el desbordante posicionamiento del presidente electo al que más de un analista y político avezado le ha señalado que asumir  el poder antes del  tiempo institucional, más que reafirmar un posicionamiento de por sí indiscutible revestido de legalidad y legitimidad; lo desgasta y vulnera antes de su toma de posición, produciéndole  hendeduras en su entorno y figura, así como, a su equipo que lo acompañará y sus programas de trabajo que ejercerá a partir el 1 de diciembre próximo como titular del Ejecutivo federal.

Incertidumbre que describe el jurista Diego Valadés Ríos, señalando: “lo viejo no muere y lo nuevo no acaba de nacer” como ocurre desde hace décadas, el largo interregno mexicano pone en aprietos al presidente electo.

 

LA EXPERIENCIA FOXISTA

Un actuar a destiempo que incomoda y perturba por pretender ir contra la naturaleza del tiempo, reconstruye un pasado no muy lejano, con un escenario de muchas similitudes, donde el “bono democrático”, como así se le llamó al hartazgo ciudadano contra el sistema político existente, le permitió la alternancia a Vicente Fox Quesada y la deposición del partido hegemónico que sobrevivió por más de 70 años en el poder.

Una Presidencia llena de expectativas, ilusiones y buenos propósitos para el bienestar del pueblo mexicano, ofreciendo al país: “honestidad, trabajar un ‘chingo’ y ser poco pendejo”.

Un presidente que experimentaba una disociación psicológica que lo llevaba al optimismo desbordante, ajeno a la verdadera situación del país.

Un presidente al que identificaban ajeno a representar una posición de maldad o de mentira, alguien que vivía en un pensamiento mágico y a quien le faltaba la percepción de la realidad.

Un presidente cuya personalidad la describían como un individuo con criterio cambiante y advenedizo, con una interpretación psicológica que lo considera un “megalómano”.

Un presidente como todos sus antecesores que se ubicaron por encima de la ley, los cuales sólo podrán ser juzgados por la historia.

Una historia que no deben repetirse, porque ahora se demanda una Presidencia actuante, decidida, firme, para, de esta manera, materializar las reformas de mayor equilibrio entre el gobierno y la sociedad.

 

DE LAS PROMESA A LOS HECHOS

Andrés Manuel López Obrador se ha echado a cuestas un compromiso mayúsculo por transformar a México en el lapso de un periodo sexenal.

Un México, donde la riqueza que produce se reparta en forma más equitativa.

Una nación que cierre brechas entre pobres y ricos, donde la corrupción y la delincuencia se reduzcan con procedimientos y acciones que las ataquen de origen y con programas asistenciales.

Un país austero que eficiente su gasto y reclame el mayor esfuerzo de sus habitantes, en una campaña nacionalista por el bien de todos, teniendo como principal ejemplo a su presidente constitucional.

Un movimiento que tendrá que ser cada vez menos de corte político y más de administración pública, porque ahora se trata de pasar de las promesas a los hechos.

Una administración que deberá evitar dedicar gran parte de su atención a un puñado de propuestas de campaña poco viables, desatendiendo temas relevantes como la economía y las finanzas públicas.

Una gestión que evite la percepción de que sólo se oye a sí mismo, que únicamente escucha el eco de sus palabras, que lo que piensa lo da como realizado.

Un mandato que debe percatarse a tiempo del error cuando muchos lo gritan, siendo más grave y pernicioso insistir en él.

Un líder que infunda ánimos, certidumbre y haga menos doloroso el trance que padece el país principalmente por la inseguridad y pobreza que se sufre.

Un líder que cumpla lo que promete, porque como señalara un periodista húngaro: “Las palabras una vez pronunciadas cobran vida”, no debiendo olvidar que el mejor gobierno es el que menos gobierna.

 

 

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