La soledad de los poderosos

Ejercicio de la Presidencia puede llegar a perturbar la conciencia; cuando los hombres no pueden evitar sus vanidades deben tener, por lo menos, la inteligencia para autoalimentarlas

Compartir:
Richard Nixon. Conforme avanzaban sus periodos presidenciales se fue haciendo más desconfiado, más susceptible y más solitario

Cuentan varios testigos que conforme avanzaban sus periodos presidenciales, Richard Nixon se fue haciendo más desconfiado, más susceptible y más solitario. Incluso, sus diálogos con el alcohol los practicaba en el mayor aislamiento.

Sin embargo, tuvo la ocurrente costumbre de platicar por las noches -vaso en mano- con los retratos de ex presidentes que adornan los muros de la mansión presidencial. De entre ellos, sus predilectos fueron Lincoln, los dos Roosevelt, su jefe Eisenhower y su eterno rival, en más de un sentido, John F. Kennedy.

Con este último, por cierto, los diálogos solían ser ásperos, y dicen que altisonantes. En una de esas noches fue que, refiriéndose a los norteamericanos, Nixon le espetó a Kennedy la famosa frase: “Cuando te ven a ti piensan en lo que quieren ser. Cuando me ven a  mí piensan en lo que en realidad son”.

El caso es que, allá como acá, el ejercicio de la Presidencia puede llegar a perturbar la conciencia, por lo menos, en tres sentidos. En el del aislamiento, con la consecuente soledad. En el de la desconfianza, con la inevitable temerosidad. Y en el de la incomprensión, con la natural irritabilidad.

Todo ello proviene de un poder excesivamente dosificado por las circunstancias. Ello produce, en primer lugar, que el Presidente se considere único, y la verdad es que no se puede negar que lo es. A partir de allí es fácil que considere que no piensa ni habla, ni siente, ni actúa, como los demás, y, por lo tanto, que no es fácil ni comunicarse ni interrelacionarse, ni asociarse, con los demás.

De su unicidad se pasa, automáticamente, a la soledad. El aislamiento de Nixon también ha sucedido en Los Pinos. Hubo algún presidente que terminó cenando y bebiendo con el oficial de guardia: “Sírvame una, capitán, y sírvase una, aunque no se la tome”.

Ese poder, además, al estar mal repartido, por lo menos en la psique, conlleva a pensar que los desposeídos, entiéndase que todos, quieren hacerse de una parte, aunque fuera mínima, de su poder. En ese proceso se instala la desconfianza y, aún, el miedo que nos producen todos aquellos que quieren quitarnos nuestras canicas.

Por último, la unicidad sumada a la propiedad produce una sensación ilimitada de potestad. No sólo se es único, sino, además, omnitenente y omnipotente. Es el estadio más cercano a la deidad. Por eso, López Mateos le dijo a Díaz Ordaz: “En México, el presidente tiene todas las dichas, salvo dos desgracias. Una de ellas es que todos te dicen que eres un dios. La otra es que terminan convenciéndote”.

Así las cosas, todos aquellos que no piensan ni dicen, ni hacen, lo que quiere el presidente se le aparecen como unos enemigos que le quieren estropear lo que es tan sólo de él. La divergencia de los congresistas, de los periodistas, de los empresarios, de los sindicatos, de los intelectuales, de los partidos o de los ciudadanos ordinarios, les irrita, o les molesta, o hasta les enfurece, porque se cae en la fácil tentación de considerar que son unos intrusos que se entrometen en los asuntos del país como si este fuera de ellos.

Por ese enorme depósito de poder  ha dicho Giuseppe Amara que la presidencia no está diseñada para la salud mental. En algunos casos puede ser cierto, pero no en todos.  Más aún, si bien algunos de nuestros presidentes tuvieron sus excentricidades o sus locuacidades, ninguno le imprimió al ejercicio de su descomunal poder ni las retorceduras de la locura, ni las penumbras de la maldad, ni los tintes de la crueldad. Con que tan sólo de ellos se hubiere extraviado era suficiente para que el país entero se hubiere tiranizado o ensangrentado, o fracturado.

Puede decirse, incluso, que muchos conservaron, o recuperaron, su condición de normales y de mortales para el resto de su vida. Me referiré tan sólo a algunos de los ya ausentes. Miguel Alemán concluyó su gestión presidencial siendo todavía muy joven, recién cumplidos sus 50 años de edad.  Sobrevivió 30 años como ex mandatario, pero no terminó solo. Conservó a muchos de sus amigos de siempre y los incrementó todos los días.

Sin embargo, Miguel Alemán tenía la rara virtud de poder colocarse a la altura de las circunstancias. Lo mismo podía platicar, durante horas, con el presidente del país más poderoso del planeta que con una modesta ama de casa, con la seguridad de que a ambos les iba a prestar la misma atención por la sencilla razón de que todo le resultaba interesante. Era un humanista universal que no se limitaba ni en fronteras ni en niveles, ni en reductos.

El otro fue, indiscutiblemente, Adolfo López Mateos. Él tan sólo sobrevivió poco más de cuatro años a su encargo, la mitad de ellos en estado de inconsciencia. López Mateos nunca “perdió el piso” porque se esforzó en ello con una férrea voluntad. Entre otras decisiones, nunca vivió en Los Pinos, para conservar, aunque sea aferrándose a la materialidad de la casa familiar, la conciencia y la certeza de su personalísima individualidad.

En su casa de San Jerónimo sería Adolfo hasta que se muriera, y después de ello también. En Los Pinos, al cabo casa ajena, sería otra cosa, desde luego transitoria, y también impersonal. Por eso comía, casi a diario, en el restaurante. Por eso manejaba dos veces al día su automóvil. Por eso le gustaba regalar sus cosas, y no las del erario: Sus mancuernillas, sus plumas, sus relojes, sus pitilleras y sus encendedores, que se convertían en prendas invaluables para el obsequiado, aunque llevaran las iniciales de quien las regalaba.

En fin, decía Romero Castañeda que cuando los hombres no pueden evitar sus vanidades, por lo menos deben tener la inteligencia para autoalimentarlas y no depender de que otros se las tengan que nutrir.  Autoalabarse en la ducha mañanera para que, frente al elogio adulador, puedan pensar “ya me lo habían dicho”.  Para ser impermeables tanto a la compañía de “a mentiras” como al abandono de “a de veras”.

 

 

Compartir:
Comentario anónimo
Comentar vía Facebook

is loading comments...