La salud del Estado

Algunos políticos han perdido el proyecto, el rumbo o el destino, sin siquiera darse cuenta

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icente Fox y Andrés Manuel López Obrador. Imaginario

Cierto día me sucedió algo que hoy quiero retomar.

Mientras transitaba por Polanco, a través de mi ventanilla vi algo que llamó mucho mi atención. Una agraciada jovencita caminaba por la acera, empujando… ¡una carriola vacía!

De inmediato lo comenté con mi conductor. Cada vez que oigo, leo o me entero de algo que no encaja con la normalidad, busco alguien que me confirme si aquello es realidad o espejismo. De esa manera, triangulo mi certificación mental.

Lo hago con los discursos que oigo, con los asuntos que me tratan y hasta con mis personales suposiciones.

Es mi propio sextante que me indica la ubicación mía y la de los demás.

Lo primero que pensé, desde luego en guasa, fue que la señora hubiera perdido al niño sin haberse dado cuenta o, peor aún, que la criatura fuera imaginaria. Es decir, que se tratara de una estúpida o de una loca.

Sin embargo, como siempre me sucede, el hemisferio de mi cabeza que piensa en la política me alerta y me inquieta.

Por ello, de inmediato sometió a la mitad sarcástica que me divierte y que me alegra. En unos segundos me hizo recordar que a muchos gobiernos y gobernantes los he visto actuar como la ‘polanqueña’ de mi relato.

En efecto, algunos políticos han perdido el proyecto, el rumbo o el destino, sin siquiera darse cuenta.

Otros, en cambio, ni siquiera han tenido proyecto, rumbo o destino sino que, tan solo, han imaginado que lo tienen.

Como ejemplo imparcial sin partidarismos, creo que José López Portillo y Felipe Calderón perdieron a su criatura y no queda en claro, ni para ellos ni para nosotros, donde fue el extravío.

Y me resulta evidente que Vicente Fox y Andrés Manuel López Obrador sólo creyeron tener una creación propia y ésta tan sólo ha sido imaginaria.

Mi siguiente reflexión fue, ¿dónde se pierde o cuando tan sólo se le imaginó? ¿Cuál fue la pérdida o cual fue la quimera?

El hombre de Estado o el simple hombre de política puede desbarrancarse en la pérdida, principalmente por tres motivos: la impotencia, la ignorancia o la indolencia. Es decir, porque no pudo, porque no supo o porque no quiso.

La impotencia proviene de su propia debilidad o de la fuerza de los que se le oponen. Porque no instaló la gobernabilidad, porque no asumió el liderazgo o porque no utilizó sus capacidades. Porque no se lo permitieron la Constitución o los legisladores o los jueces o los ricos o los extranjeros o los manifestantes.

La ignorancia proviene de la falta de pericia, de la ausencia de información o de la incapacidad política. Porque no aprendió su oficio, porque no entrenó sus aptitudes o porque no entendió su encargo.

Porque creyó, por ejemplo, que los impuestos o la pobreza son temas de la economía y no asuntos de la política. Porque fue como aquel mandatario a quien, de cariño, le decían “Señor Presidente”.

La indolencia proviene de las pocas ganas, de los pocos esfuerzos y de los pocos trabajos. Porque se tardó, porque se distrajo o porque se desperdició. Porque se dedicó a lo que le gustaba y no a lo que lo obligaba. Porque nunca pensó lo que su pueblo quería, necesitaba o soñaba. Porque se dejó “mangonear” por los trepadores. Porque se dejó “ningunear” por los extranjeros. Porque se dejó “periquear” por los habladores.

A su vez, se puede extraviar en lo imaginario, por tres motivos: porque se ilusionó, porque se engañó o porque se entercó. Es decir, porque no despertó, porque no aterrizó o porque no aceptó.

Esto es más complicado que lo anterior. No tiene que ver con lo conductual sino con lo mental. Es el gobernante en su mundo irreal, recluido en la entelequia, confinado en la quimera, arraigado en el ensueño, apresado en la fascinación y secuestrado en la fantasía.

Como quiera que sea, tanto la carriola vacía de mi relato como la de la política nos asustan y nos preocupan.

Nos preocupan porque el gobernante no empuja una carriolita sino una carriolota. Grande, pesada, complicada, incómoda y peligrosa. Son los gobiernos vacíos, inútiles y tontos. Nos asustan porque esos gobiernos son capaces de derribar economías, de postergar generaciones o de destruir sistemas.

Al principio nada más me sonreí de pensar que la dama se soñara madre de un bebé imaginario. Pero, de inmediato, pensé en cuando nosotros soñamos con que los demás harán lo que nos gustaría que hicieran y que los gobernantes nos complacieran a plenitud.

Lo que uno ve por la ventanilla del auto o por la ventana de la vida nos puede alertar. Me olvidaba mencionar algo importante. La mujer de la carriola no caminaba sumisa sino muy altiva. No empujaba sino presumía. No transitaba sino desfilaba. De inmediato, algo me dio miedo en varias direcciones.

Por eso, desvié la mirada y apagué el noticiero. Por un momento, no quise saber nada de la calle ni de la política. Cerré los ojos y pensé en estas notas. Pero, aún así, en mi interior me seguía persiguiendo la carriola vacía.

 

 

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