La corrupción, ¿un problema cultural o congénito?

Estamos en el país donde la prosperidad genera más elogios que la honestidad; combate a flagelo debe darse en el marco de un pacto social que se conforme y consolide con la participación del Estado, gobierno y sociedad

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La corrupción, un mal que aqueja a la humanidad desde los tiempos en que el hombre traspuso la barrera de actuación de los instintos por las acciones razonadas; evolucionó y se perfeccionó con sus efectos de control, pero en su voracidad y saqueo irrefrenable ha destruido la interrelación de equidad y justicia con sus semejantes, y lo más lamentable, poco a poco destruye el tejido social que debe prevalecer en toda convivencia humana.

Una descomposición que permea por todos los ámbitos de todas las actividades, y en todos los extractos, que se ancló como cultura de poder y enriquecimiento, convirtiéndose actualmente en materia innegociable para una sociedad pensante y demandante, y básicamente, como un reclamo de exclusividad para el sector gobernante del país.

Un mal congénito que se incuba desde que el ser humano proyecta su necesidad de ser y poseer, con el que participa activa e irremediablemente en su entorno comunitario, desvirtuando su esencia del ser, ya que  emula las peores prácticas de actuación civil en busca del beneficio y prebendas personales y de grupo, no importando que con estos actos contribuya activamente al resquebrajamiento de la cohesión en el sentido colectivo, donde quedan ausentes los valores compartidos que nos permiten funcionar como país.

Un mal que va implícito en su cultura e idiosincrasia, o como alguna vez lo identificara el actual titular del Ejecutivo federal Enrique Peña Nieto, como: “Un problema cultural”, aunque este posicionamiento le acarreara un sinnúmero de críticas, con la apreciación de otros enfoques con que califican este fenómeno de presencia mundial.

 

IMPUNIDAD ESCUDO PROTECTOR

Una nación que desde los tiempos de la conquista española; la Independencia de sus conquistadores; su Revolución en la que buscó equidad y justicia; su evolución pacificadora en la que construyó instituciones, y, en su edificación democrática actual, no ha quedado exenta del saqueo y maltrato sistemático hacia los mexicanos que la padecieron y soportan actualmente, porque la corrupción se convirtió en un eficaz mecanismo de control político, un adhesivo de lealtades, un abortivo de rebeliones y un método indiscutible de enriquecimiento inmerecido, abundante y en muchos casos inimaginable: Siempre bajo el escudo protector del poder que se traduce en  impunidad.

Una ilegalidad que se ha convertido en un modus operandi entre afectados y beneficiarios, que ha permitido su estancia y permanencia a través del tiempo, sin un acotamiento permisible de control y reparo a futuro, resumiendo filosóficamente sus benefactores de manera coloquial estas inaceptables actuaciones con las siguientes frases urbanas: “No me des, ponme donde hay” o “el que no transa, no avanza”, entre otras muchas connotaciones populares.

Acciones y conductas que denotan la cantidad de energía social que se consagra a violentar la ley, y lo más lamentable de estas gestiones es que, hemos perdido la capacidad de rechazo, obstrucción y denuncia, para operaciones que deberían ser vistas como un comportamiento vergonzoso y condenable.

Un hundimiento como bien describe el auditor superior de la Federación Juan Manuel Portal Martínez, “donde la corrupción y los corruptos nunca se van a terminar, que siempre habrá alguien que se brinque las trancas con todo y sistema; sin embargo, se pueden contener esas prácticas”.

 

NECESARIO DEJAR DE TOLERARLA

Bruno Blackmore, director ejecutivo de la consultoría Ernst and Young, después de estudiar analítica y sistemáticamente este fenómeno, explica su conclusión: “Más que un problema de ausencia de normatividad y leyes, la corrupción es una cuestión cultural, una práctica extendida en el día a día de México”.

Recomendando: “Si queremos atacarla, es necesario dejar de tolerarla, y mucho menos ejercerla, aunque sea en grado mínimo”.

Diagnóstico compartido que expresa con su agudeza y claridad intelectual la politóloga Denise Dresser, quien, se manifiesta sobre este tema tratando de ubicarlo, desenmascararlo y exhibirlo como un proceso paulatino de descomposición y exterminio, en su libro “El país de uno”, señalando al respecto: “Desde hace algunos años, México contempla la erupción de la corrupción y lo peor de sus efectos. Conforme avanza la transición, el país parece más democrático, pero también más cleptocrático. Más abierto, pero más sucio. Más competitivo, pero también más corrompido. Antes, las fortunas de los políticos era una suposición compartida, ahora, son una realidad televisada”.

Con este tema presente, otra connotada académica María Amparo Casar en su libro “Anatomía de la corrupción”, se pronuncia sobre el tema: “El soborno, la extorsión y el cohecho están tan arraigados en México, que dejar de ser el país más corrupto entre las naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), llevará hasta 40 años.  En todos los estados de la República, más del 65% de la población percibe corrupción en el sector público, siendo los partidos políticos los identificados como los más corruptos. La relación entre corrupción e impunidad en México van de la mano. En el país sólo el 2% de los servidores públicos que incurren en actos ilícitos es castigado”.

Ante esta cultura del abuso del poder, del enriquecimiento inexplicable, de la escasa rendición de cuentas sobre dineros públicos, la corrupción se ha vuelto un estigma nacional para entender todo aquello que está mal; donde todos contribuimos directa e indirectamente, donde los corruptos se señalan con el dedo índice, pero no se sabe qué hacer con el resto de la mano, en una clara detonación que, en este espectro de degradación, el espejo de inocencia no se refleja.

Porque lamentablemente estamos en el país donde la prosperidad genera más elogios que la honestidad.

 

TODOS SOMOS CULPABLES

Es indudable que el fenómeno de la corrupción lastima, lesiona y ofende.

Es indiscutible que la corrupción genera costos irreparables para el país, y los cubre a expensas de una población que no puede sacudirse el signo de la pobreza.

Una nación donde la responsabilidad de estos ultrajes no solamente recae en la clase política insaciable que nos ha antecedido y sus contemporánea, sino en la ciudadanía que los ha secundado, porque queda claro que la corrupción es un hecho de consecuencias y secuencias, donde unos dan y otros reciben, beneficiándose ambos sectores a consecuencia del quebranto de una sociedad y una población que ya aprendió a decir basta: Agobiada e indignada por padecerla a diario.

Un despertar de la conciencia que no acababa por definirse y consolidarse como protesta resolutiva, a una conducta que se sortea como un síntoma normal de convivencia que aprovechaban los grupos de poder, llámense gubernamental o particulares, convirtiendo estas acciones en comunes y rutinarias en el México sometido, hasta que la impunidad alimentó sobremanera la irritación social, convirtiéndose básicamente en el llamado “mal humor” mexicano.

Porque la corrupción se ha convertido en un malestar nacional, donde se encasilla todo aquello que es incorrecto o nos perjudica, independientemente de donde termina el dolo, negligencia u omisión, originando el robo o quebranto donde lo primero encubre o disimula lo segundo.

Donde la corrupción política perjudica la esperanza de prosperidad y estabilidad del país, debilitando su democracia, fomentado en la ciudadanía la pérdida de la confianza en los políticos primordialmente.

 

SU COMBATE

Infortunadamente, la corrupción se ha impregnado como un ingrediente indisoluble de la vida cotidiana nacional, convirtiéndose en uno de los flagelos que más ocupa y preocupa a la sociedad, después de la inseguridad y el desempleo.

Como la definiera el escritor mexicano Gabriel Zaid: “La corrupción no era una plaga del sistema político mexicano, es el sistema”.

Y este sistema que atrae, fascina y cada vez corrompe más a sus participantes, desde hace décadas se ha tratado de combatir y disminuir como una respuesta a los reclamos públicos, sin resultados alentadores.

Métodos y aplicaciones sin compromiso político y menos cívico, obstruido por ese sistema que, si no los acapara y transforma, los destruye, dando como resultado su revestimiento y perfeccionamiento hasta convertirse en parte de ese régimen que hoy, la sociedad lo pretende derrumbar.

Procedimientos que se acotaba en el viejo terruño político anterior a la alternancia, que se regulaba por la norma no escrita de: “Lealtad, disciplina y complicidad”.

Donde esos valores se traslapaban para toda la estructura de mando que la conformaba, debilitándolo y exponiéndola.

Manto protector  en la pirámide jerárquica del poder,  en la que  todos buscan refugio, en lugar de cuestionarla y combatirla cuando son beneficiarios, fabricando en algunos casos el “chivo expiatorio” que difunda ante la sociedad que existe voluntad política para erradicarla, convirtiéndola en un proceso sistemático que no tiene tiempo y lugar, porque si bien, es un problema de los individuos que muestran conductas ilícitas, es también resultado de una sociedad que funciona con un medio inapropiado.

Sobre esta problemática que no tiene fronteras, ni época, se manifiesta con acierto el escritor español Javier Cercas Mena: “La corrupción no nos la hemos inventado nosotros, existe desde que el mundo es mundo: Los seres humanos somos así. El problema, por tanto, no son los corruptos: El problema es el sistema que no impide o que alienta la corrupción; hay que cambiar a las personas, pero antes hay que cambiar el sistema. Lo difícil no es cambiar a los mangantes por personas decentes, sino impedir que las personas decentes se conviertan en mangantes”.

Ante los avances complacientes de los ejecutores de las políticas públicas, los sectores golpeados hacen valer el poder de su fracción para manifestarse y exigir un “basta”, para las acciones intolerables en el México democrático y de tantas carencias que hoy padece.

Juan Pablo Castañón, presidente del Consejo Coordinador Empresarial, identifica dónde se encuentra la mayor fecundidad de este mal, arremetiendo: “En México ya no existe lugar para los partidos políticos que mantengan dentro de sus filas a militantes corruptos, para los que no castiguen a todos aquellos seguidores que no tengan ética y para aquellos que no impongan reglas que obliguen a sus representantes a cumplir con la ciudadanía”, concluyendo: “Hasta ahora, ninguno se escapa de este tipo de acusaciones que son muchas, y pocos los responsables”.

El líder del organismo cúpula del empresariado en México, deja en claro que hasta ahora, no existe ningún partido que tenga “la exclusiva” en el tema de la honestidad, ya que la mayoría han tenido que enfrentar casos de corrupción en sus filas. “Aquel partido político que no vea lo que está demandando la sociedad, una transformación hacia la honestidad y una consecuencia de sus miembros que no han sido claros, honestos, transparentes, no tendrá futuro en México”.

Puntualizando: “Sacar al país del atorón económico en el que se encuentra es generando empleos, no solamente a través del gasto del Gobierno federal sino a través de un crecimiento de las pequeñas y medianas empresas y, para lograrlo, castigar la corrupción es un factor clave”.

Es de manifiesto que, para atacar la corrupción es necesario dejar de tolerarla y ejercerla, aunque sea en un grado mínimo.

Porque el futuro de cualquier aspirante que maneja recursos públicos, está expuesto al filtro del juicio de la sociedad.

Donde para poderse realizar actos de corrupción, por supuesto está involucrado un privado; sin embargo, en la precepción de los ciudadanos quienes aparecen como corruptos, son los políticos.

En los años 30 un norteamericano llamado Al Capone señaló refiriéndose a México: “A este país se lo estaba acabando la corrupción”.

Y en la erradicación de este mal, es conveniente recordar lo que en su tiempo  señaló Gerardo Gutiérrez Candiani, actual titular de las Zonas Económicas Especiales (ZEE), un órgano desconcentrado de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público: “Reiteramos el llamado de que el combate a la corrupción tiene que ser bandera del México nuevo, para pasar de los escándalos, a las sanciones; de una indignación nacional frente al abuso, al fraude y la impunidad, a una gran movilización por la renovación de la vida pública”.

Donde el combate a la corrupción se debe dar en un marco de un Pacto Social que se conforme y consolide con la participación del Estado, gobierno y sociedad.

Porque de continuar su omisión permisiva, acabará detonado no sólo descontento, sino actitudes de descomposición social, independientemente de si este mal tenga sus orígenes en el marco cultural o congénito del individuo que la ejerce.

 

 

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