La ciudad en fragmentos

Sigue siendo, en la posmodernidad, el lugar donde el poder organiza la vida de hombres y mujeres

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La ciudad se ha transformado, y esos cambios pueden mostrarse por fragmentos, al estilo benjaminiano. Pedazos de ciudad de aquí y de allá, pero asociados a un significado que los engloba a todos: Trozos que nos muestran que la ciudad es, antes que fábricas y multitudes, espacios en los que se organiza o materializa una forma de organización hegemónica de concebir la vida citadina.

En los últimos 30 o 40 años, las grandes avenidas y autopistas urbanas han desplazado al transeúnte de sus espacios. Se cruza la ciudad, o su periferia, superando los techos de los edificios sin que el ojo humano pueda observar directamente. La arquitectura urbana, de a poco, ha logrado separar al automóvil de los tediosos cuellos de botella de las grandes urbes, así como de su manifestación simbólica de poder.


Con las autopistas urbanas se ha introducido un elemento que, por razones históricas, ni el mismo Haussmann concibió en el París del siglo XIX. La gran avenida conectaba con el centro de poder y eliminó a las callejuelas intransitables para los desconocidos; también fue la expresión de un espectáculo en el que el poder se hacía visible, como ocurría en las ciudades egipcias. Ahora, las autopistas urbanas apelan a la intimidad del poder, práctico.

Las esquinas más concurridas concentran pequeños grupos de marginados de los procesos económicos y sociales. Limpiavidrios, vendedores de mercancías, estudiantes, limosneros, payasos, bailarines, malabaristas y migrantes de paso. El transporte colectivo está poblado por igual cantidad de vendedores y “necesitados” de apoyo para salvar a un familiar que “sufrió” en su pueblo un accidente y ahora “está en el hospital”.

Resulta lamentable saber que en ese pulular de hombres y mujeres que deambulan durante el día por las grandes avenidas se encuentran personas calificadas para laborar en otros espacios, pero que debido al deterior de las condiciones laborales les resulta poco atractivo un empleo que ante su mirada perdió el aura de “estable”.

Cerca de ahí, las plazas comerciales también son algo nuevo en el panorama de la ciudad. Diseñadas para ocupar el ocio de la clase media alta se observan por todos los rincones del espacio urbano. Los antiguos pasajes comerciales de París que se antojaban un reflejo de la modernidad ahora han sido sustituidos por las plazas comerciales en la modernidad líquida, donde nada es para siempre, como cualquier maquiladora que se puede desmontar de un momento a otro e irse a otro lugar.

Los pequeños comerciantes, propietarios de antiguas “tiendas”, resisten la presencia de comercios globales asociados al capital comercial que les compite por los clientes cercanos. Sin la disciplina y la experiencia acumulada e impuesta por el capital comercial a los empleados de esos negocios, las familias apenas aguantan los embates de esas firmas mundiales o locales sin asesoría y estrategias comerciales.

Los negocios de empeño igual nos muestran la gran contradicción de la sociedad urbana del siglo XXI. Aquello que, por un lado, los pobres logran conseguir, por el otro lo entregan a través de los empeños comerciales. La fragilidad del salario o de los ingresos, o, mejor dicho, la llamada pobreza, es un buen negocio. En la ciudad no se puede acumular como el campo por la vía de los animales de traspatio, por lo que las casas de empeño “salvan” a cualquiera.

Es una manera de trasladar riqueza hacia capas pudientes de la sociedad, así como a otras subcapas sociales, como aquellas que no pueden acceder a la “moda”, pero sí tienen la capacidad de adquirir bienes de segunda mano. El espíritu de los antiguos centros, como los “montes de piedad”, juega, ahora, un papel totalmente secundario en las transacciones de las necesidades humanas más cotidianas.

El antiguo asaltante que vivía de los atracos a transeúntes, casa-habitación o robo a comercios se ha transformado, a pesar de que continúa operando de la misma manera en algunas ciudades. Los grandes grupos de la llamada “delincuencia organizada” han disciplinado a esos grupos y los han incorporado a su organización para hacerlos participar de otro tipo de delitos. La policía organizada, para enfrentar a ciudadanos indefensos, ha resultado ineficaz.

La figura del policía se ha deteriorado drásticamente. De ser partícipe de la corrupción que impera en los altos mandos policiales, ahora forma parte de una trama en donde el territorio de las grandes ciudades está sometido a pactos de grupos de la delincuencia organizada. “Salimos de la casa y no sabemos si vamos a regresar”, confían los encargados del “orden”.

La imagen urbana combina los grandes espectaculares con su cotidianidad terrenal. La vendedora de “gorditas” o “atole” desarrolla su actividad frente a un gran espectacular que llama a votar por algún político u, bien, oferta un nuevo artículo o bebida del momento. El sol sale para todos, pero ilumina a cada quien de manera diferente porque los capitales de cada quien colocan a cada uno en lugares diferentes.

La ciudad en la posmodernidad sigue siendo el lugar en donde el poder organiza la vida de hombres y mujeres, así como de los espacios no urbanos.

 

* Periodista por la UNAM, doctor en Ciencias por el Colegio de Posgraduados-Campus Puebla y profesor de la UATx

 

 

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