La banda presidencial y la capa de ‘Superman’

Pareciera ser que, cada vez en mayor medida, los mexicanos vivimos en un mundo de apariencias

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Hace unos días recordé un episodio de mi más tierna infancia, cuando descubrí el alfabeto y su utilización. La curiosidad de niño me inducía a aplicarme en la lectura de todas las palabras que quedaban frente a mi mirada. Las etiquetas de las latas, los letreros de las botellas, los encabezados de los periódicos o los mensajes de los espectaculares. Todo era nuevo y, por lo tanto, todo era placentero.

Cierto día posé la mirada en las placas de circulación de un automóvil de la casa paterna. Como mi padre era, en ese entonces, político y funcionario, las matrículas de nuestros automóviles ostentaban, junto a los números, una frase atemorizante para mí. Eran dos palabras que sobrecogieron mis pensamientos infantiles porque, aunque no las entendía, las suponía como terroríficas. Tan sólo decían “Poder Ejecutivo”. Ya de adulto habría de confirmar mis presentimientos de niño y saber que ese concepto mexicano era terrible y temible.


La mente del niño se caracteriza por su falta de objetividad. El raciocinio infantil confunde lo real con lo imaginario. Por eso el niño materializa sus fantasías. Por eso Santa Claus y el “Coco” son, para él, tan reales como la pelota y el perro, pero en algunas cuestiones, como la política, el adulto no siempre llega a madurar y, por ello, con harta frecuencia confunde la política fantasiosa con la política real, por cierto, la única en la que creo.

Recuerdo también las historietas de mi infancia. Una de ellas fue “Superman”, el llamado “hombre de acero”, simpático personaje todopoderoso, pero ese héroe no es real, como tampoco lo son su planeta original, sus padres adoptivos, su enemigo acérrimo ni su novia imaginaria. Ello no me resultaba importante. Sus historias me estimulaban o me angustiaban sin hacerme líos con su realismo o la falta de él, pero la política, decía más arriba, también suele tener contaminaciones de fantasía.

Ya desde la juventud, y a lo largo de toda la vida, he escuchado el axioma de que el presidente mexicano es omnipotente. Que, al igual que “Superman”, no existen imposibles para él. Que es capaz de vencer el mal, la enfermedad, la pobreza y hasta la tristeza. Que sus poderes son ilimitados y, algunos de ellos, hasta desconocidos. Yo, en lo personal, siempre he creído que esto tiene mucho de fantasía.

Por eso me inquieto cuando veo a nuestro gobierno creo que tan bien intencionado, pero, a su vez, tan derrotado, tan ilusionado o tan confundido, sobre todo en asuntos como el de la seguridad. Cuando da cuenta de 36  mil ejecutados y, al mismo tiempo, proclama que va ganando y que los “hombres malos” ya pueden irse dando por vencidos desde ahora y para siempre.

Pareciera ser que, cada vez en mayor medida, los mexicanos vivimos en un mundo de apariencias. Que la realidad es una entelequia imaginaria y que la imaginación es la que ha sustituido el mundo de lo tangible y de lo real. Pareciera que estas apariencias no son aquellas fantasías sin las cuales, en muchas ocasiones, la realidad es muy difícil de sobrellevar y que conocemos con el nombre de ilusiones. Aquellas sin las cuales, como dice Giuseppe Amara, la realidad se vuelve insoportable, pero tampoco se trata de aquellas figuraciones creadas a sabiendas de que lo son y que tan sólo sirven para la satisfacción de los presumidos, de los simuladores y de los farsantes. Nada de eso, sino algo peor. Pareciera que nos hemos embarcado, colectivamente, en un juego siniestro en el que todo lo aparente es lo que nos complace y todo lo real es lo que nos repugna.

Sólo los psiquiatras podrían decir si esta incongruencia entre la concepción y la realidad corresponde a la naturaleza de la imaginación, a la de la fantasía, a la del ensueño, a la del surrealismo, a la de la evasión, a la del delirio, a la de la alucinación o, por decirlo francamente, a la de la locura.

Quizá, sólo por eso, ante los poderes absolutos confundimos la capa de “Superman” con la banda presidencial.

 

Abogado y político.

[email protected]

Twitter: @jeromeroapis

 

 

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