Gobernar sin partidos políticos

Han dilapidado su pasado, complicado su presente y desahuciado su futuro

Compartir:
A decir de Max Weber, filósofo alemán ‘los partidos políticos son realidades sociológicas dominantes cuyo criterio básico es la búsqueda del poder’

Apartándose de la agenda púbica que marca día a día el Presidente de la República, no puede pasar desapercibido; ser considerado; ni causar preocupación; la situación que guarda la estructura política mexicana, como pilar de la democracia que se ha construido como una forma de convivencia social en la que sus miembros son libres e iguales y las relaciones sociales se establecen bajo un Estado de derecho.
Una avenencia donde los partidos políticos son fundamentales para el tránsito de civilidad, justicia y equidad; ya que son las organizaciones concebidas para agregar y estructurar demandas sociales y canalizarlas hacia las esferas donde se toman las decisiones públicas.
Agrupaciones que agregan y transportan intereses colectivos hacia los espacios de decisión que, aunque no son desde luego el único puente para que las organizaciones accedan para la atención del Estado: son un cimiento fundamental.
Una arena de interrelación donde si los partidos no evolucionan, el sistema político de la nación padecerá un freno que impedirá la justicia social, ese principio de aspiración legítima de toda democracia.
Como bien lo señalara el filósofo alemán Max Weber: “Los partidos políticos son realidades sociológicas dominantes, cuyo criterio básico es la búsqueda del poder”.

EL PODER
Un poder que en México, cuyo sistema político evolucionó por las adecuaciones democráticas que se le fueron inyectando en el tiempo, pasó de una centralización hegemónica a una naturaleza de transición, aunque algunos analistas la definen con el calificativo de “mutación”.
Un proceso de mando que sólo ha servido para “naturalizar” y “normalizar” el poder, donde la corrupción se arraigó en un eficaz mecanismo de control político; un pegamento de lealtades; un abortivo de rebeliones; que en un tiempo produjo paz, pero sistemáticamente pobreza.
Un proceso de mando que produjo un presidencialismo que terminó convirtiéndose en un eficaz esterilizador de liderazgos, muy lejano de la democracia parlamentaria de Weber que recomendaba la formación de una gran escuela de dirigentes, para la atención de su compromiso histórico y de representación.
Donde señalara Lorenzo Meyer, los partidos políticos se transformaron en aparatos dominados por una burocracia, cuyo objetivo central no se centralizaba en la puesta en práctica de sus programas, priorizando la preservación de sus privilegios y espacios de poder; muy alejados de la demanda ciudadana que ya no solicita si no exige erradicar la pobreza, desigualdad, corrupción, impunidad y violencia que ha invadido y lacerado al país y ante su incumplimiento, los ha castigado en las urnas.


EL CAMBIO
Ante toda esta relatoría que alimenta una larga historia de procesos fallidos, la voluntad de una gran mayoría de electores (30 de los 88 millones que formaban el padrón electoral), fue por un cambio radical que actualmente encabeza Andrés Manuel López Obrador; 34 por ciento de la representación de mexicanos, le apostó y demanda una reestructuración en el manejo de lo que habían conocido como gobierno.
Una elección que colapsó al sistema de partidos políticos que coexisten en la democracia mexicana, donde ante la abrumadora representación de Morena, han quedado pasmados, sin representación, sobreviviendo, con un futuro muy incierto: fuera del mapa político nacional.
Como lo señalara Ernesto Ruffo Appel: “En México debe construirse un nuevo paradigma político, pues el actual murió agotado en la corrupción que ha invadido toda la vida pública gubernamental”.
Aunque para beneplácito de la democracia mexicana, se acaban de hacer presentes las “minorías” en la Cámara de Senadores, donde PRI, PAN, PRD y MC, lograron adecuar la iniciativa presidencial a modo para constituir la Guardia Nacional, cumpliendo con su papel de representación de equilibrio político, encauzado para las mejores prácticas de gobernanza.
Con un novedoso modelo del manejo político que le está imprimiendo López Obrador, y los escasos contrapesos de los poderes Judiciales y legislativos, se puede augurar que la larga etapa donde la política era cosa de políticos, está en proceso de extinción.
Actualmente se ejerce una política pública donde la prioridad fundamental es “la cercanía con la gente”.
Una comunicación directa y efectiva con los sectores objetivo, en la búsqueda permanente y sistemática de equilibrios y reducción de brechas en la repartición de la riqueza.
Una efectiva intercomunicación política, que hace posible traer a colación al referente norteamericano Thomas Jefferson, que señalaba: “No conozco un lugar mejor para depositar el poder de gobernar que el pueblo en sí mismo. Y si pensamos que el pueblo no está capacitado para gobernar, no debemos arrebatarle el poder, sino informarlo y educarlo¨.
Una filosofía en el actuar que hace recordar al ícono chileno Salvador Allende que señalara: “El poder por el poder no le interesaba”, que despreciaba a los que buscan en los cargos públicos el medro personal. Un personaje que tenía bien claro que los administradores del Estado, deben ser servidores de la sociedad, que se debe liberar capacidades nacionales reprimidas, generando recursos orientados a satisfacer las necesidades básicas de toda la población.
López Obrador con personalidad propia y formación que no admite reparos, ni rectificaciones; ejerce una administración que le apuesta a un proceso de racionalidad, austeridad, nacionalismo, recomposición del aparato gubernamental y reorientación del gasto público para proveer bienestar.
Una actuación que es observada y analizada sistemáticamente, ante un escrutinio severo de la sociedad, cuya validación de sus actos serán enjuiciados por la historia, esperando que los resultados que presente sean de beneficio nacional, paralelos a sus buenas intenciones.
En él, se debe desterrar lo que alguna vez descalificó Jesús Reyes Heroles sobre la irracionalidad de la posición presidencial: “El que tiene el poder, impone criterios”, ya que como señalara Gustavo Díaz Ordaz: “Nadie tiene el monopolio de la verdad”.
Lo cierto es que, por inacción, omisión o corrupción, los partidos políticos han dilapidado su pasado, complicado su presente y, desahuciado su futuro; porque para la actual administración no le son indispensables por su dispersión, descrédito y poca representación, ya que se ha inaugurado la política donde el “pueblo” es el que decide y gobierna, teniendo que reinventarse para recuperar la confianza y representación de la sociedad o irse extinguiendo poco a poco.

Compartir:
Comentario anónimo
Comentar vía Facebook

is loading comments...