Francisco enfrenta la pederastia

Tema constituye una verdadera tragedia y amenaza que se requiere enfrentar con todas sus consecuencias

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Papa Francisco. Si alguna cruz es pesada y dolorosa es la que carga

Si alguna cruz es pesada y dolorosa, es la que carga el Papa Francisco en estos tiempos turbulentos de la Iglesia. El tema indignante y degradante de la pederastia en los ministros y otros miembros del clero constituye una verdadera tragedia y amenaza que se requiere enfrentar con todas sus consecuencias. La máxima perversión que entraña un ataque moral con la violencia física implicada contra los más débiles, no tiene por ningún lado manera de explicarse, mucho menos de justificarse; se trata de una depravación, de ofensa directa al amor de Dios que no puede ser negada por más horrible y difícil que pueda ser aceptarlo. La Fenomenología psicológica de esta conducta hasta donde se sabe, no ha sido suficientemente explorada pero, sin duda, es inadmisible para cualquier ser humano mucho más cuando ha sido consagrado para vivir el Evangelio y ser ejemplo y maestro de los fieles.

Del 21 al 24 de febrero el Papa Francisco ha convocado a una reunión cumbre de los presidentes de las conferencias episcopales de todo el orbe para tratar el pavoroso problema de la pederastia clerical con el agravante de las probables complicidades o encubrimientos de los superiores, hechos que han generado indignación dentro y fuera de la Iglesia. En la reciente gira del Papa a Panamá para la Jornada Mundial de la Juventud en la que compartió la vigilia con más de 700 mil jóvenes y adultos en el campo Juan Pablo II, no soslayó hablar y dolerse de lo ocurrido e incluso, ofició una misa con los obispos centroamericanos del clero local en la que confesó: “La Iglesia está herida por su pecado, los abusos sexuales han dañado la autoridad moral de la institución”. Habló “del cansancio de la esperanza como paralizante porque ha puesto en duda la viabilidad misma de la vida religiosa en el mundo de hoy…”.


El cuadro no podía ser más patético no sólo para la Iglesia Católica sino para la historia del mundo en el que debe ser “sal de la tierra”. ¿Dónde ha quedado toda la aportación, testimonio y aún martirio de los católicos que han sido baluarte de la defensa de la eminente dignidad de la persona humana? y ¿La obra de la mayoría de los jefes de la Iglesia, los Papas que han sido fuente de encuentro del hombre con su superior destino? Ello no puede ser ahora trastocado por otros hombres, cuya conducta desviada al amparo de una envestidura religiosa traicionan y rebajan el sentido del bien para dañar y humillar a quienes les han ofrendado su confianza y respeto, por ser generalmente menores de edad o mantener una condición de obediencia o subordinación.

Claro, como también ha ocurrido en el pasado, la Iglesia cuenta con la iluminación y el don de su origen para no hundirse en el pecado o tiempo humano y permanecer, resurgir y renovarse al cumplimiento de su misión esencial. También, debe decirse, que la libertad y la capacidad de sus seguidores para cumplir la obra ante las acechanzas que siempre la ha querido obstruir, es vital y tal vez determinante. “Los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz”, cuando esto ocurre al interior y en el seno de la propia Iglesia de Jesucristo, es indudable que la tormenta no tiene precedente.

En la época que nos tocó vivir el Papa Francisco fue elegido por el colegio Cardenalicio en forma providencial, sin haber sido de los candidatos propuestos por la burocracia eclesiástica. Su trayectoria y carisma como su origen, hijo de inmigrantes europeos a Argentina, su pertenencia a la Compañía de Jesús, tiene y conserva la autoridad moral imprescindible para acometer esta tarea de salvación de la Iglesia. Su formación y experiencia lo califican para conseguir en lo humano la mayor eficiencia y para hacerse objeto de la iluminación del Espíritu Santo en este trance angustioso que, no obstante, tendrá que ser superado para recobrar el camino destinado para la Iglesia en la encomienda asignada para la redención de la humanidad.

Es preciso también con la misma urgencia concitar a todos los hombres de bien con elevada intención de contribuir al saneamiento de la sociedad, para inhibir e impedir estas conductas viles e incalificables. Corresponde desde luego a un gobierno verdaderamente democrático el participar aplicando la ley y enjuiciando con imparcialidad y sin concesiones a quien sea responsable directo o indirecto en actos de pederastia o violación, dado que la Iglesia como lo ha manifestado Francisco no encubrirá nunca a ninguno de sus integrantes que tengan que ser llevados ante la justicia humana. Al contrario, si la norma jurídica se aplicara con igualdad, contra todo hombre que atente cobardemente contra un menor, habría también este esfuerzo social comprometido a obtener resultados para erradicar en lo posible, sean religiosos o no, que estos actos perversos hagan víctima a los más necesitados de amor y protección.

Cerrada así la pinza, la autoridad religiosa en todas las confesiones, al igual que el gobierno con toda la sociedad, abocado al bien, cumpla con su deber elemental castigando y en caso de que fuera posible, regenerando a quienes hayan caído en la condición de autores de estos delitos de lesa humanidad.

 

 

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