Equivocación burlarse de los ternuritas

Es probable que en sus cercanos no haya quien se atreva a recordarle que ya no está en campaña, y mucho menos a decirle que lo válido en aquellos meses ya no lo es

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El afán innato de Andrés Manuel López Obrador de caer bien a sus auditorios lo obliga a equivocarse, a tratar con frivolidad asuntos que merecen ser tratados con seriedad.
Sí, se equivocó al llamar “adversarios” a quienes no piensan como él y tienen una visión diferente de cómo gobernar al país.
Se equivocó también al calificarlos de “ternuritas” para provocar la risa de los reporteros que lo acompañan en la conferencia mañanera y conseguir un buen espacio en los medios de comunicación, que, por cierto, tiene garantizado sin necesidad de recurrir a gajes dignos de comediante, y no de hombre de Estado.
Es probable que en sus cercanos no haya quien se atreva a recordarle que ya no está en campaña, y mucho menos a decirle que lo válido en aquellos meses ya no lo es.
Antes del primer domingo de julio pasado se valía hacer escarnio de sus competidores y echarlos al circo de las redes sociales para que los hicieran pedazos sus seguidores y operadores de esta tecnología tan efectiva para ganar elecciones.
Hoy, a pesar de sus pesares, estas actuaciones para el público le están vedadas, más aún cuando la intención es figurar en la historia como quien instauró la Cuarta Transformación.
No se trata de que se torne en Presidente acartonado, pero los lugares comunes, como el me canso ganso y otros que suele repetir, tarde o temprano se convertirán en bumerang.
Por definición, la acción de gobernar es desgastante porque, por una y mil razones, no se pueden cumplir todas las promesas; no es posible meter a la cárcel a todos los corruptos, imaginarios o reales y, para no pecar de exhaustivos, es probable que la Guardia Nacional no cumpla el objetivo de disminuir, de manera drástica, la inseguridad.
Entonces habrá llegado el momento de la verdad.
De hecho, estamos a poco de cumplir los primeros 100 días de la administración y el único cambio sustantivo registrado es en la retórica, y, de éste, el peor momento fue el zaherimiento a los “adversarios”.
Es cierto, ni Javier Corral ni sus compañeros del “grupo de reflexión” tienen su capacidad para conectar con el pueblo ni la vocación de recorrer, incansablemente, el territorio nacional tantas ocasiones como sea necesario, pero es previsible que si no se amedrentan con los calificativos y burlas del Presidente podrían convertirse en un contrapeso más o menos significativo al que López Obrador no podrá eludir ni hacer como que no existe, pero, mientras esto ocurre, quizás lo saludable sea mostrar un poco más de respeto a quienes piensan diferente.
Diferir y expresarlo son derechos que, como repetidamente recuerda el Presidente, están consagrados en la Constitución.


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