El sonoro estilo (no neo) liberal de la cuarta transformación

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La felicidad no tiene límites. Vaya, las buenas nuevas (aunque todavía en trámite y con el beneficio de la duda) han relajado el ambiente vivencial de los mexicanos, pero sobre todo de los políticos de Izquierda, ahora en pleno poder.

Qué va; “ya lo pasado, pasado”, entonaba el “Príncipe de la Canción”; lo que antes era causa de asombro, queja, descalificación, burla, ahora es parte del folclor transformador.


Por ello, nadie debe sorprenderse que, hoy, ni el más mínimo error sonoro o gutural sea motivo de desacreditación para quien lo cometa, pero tampoco de reproche masivo a quien con términos considerados groseros o altisonantes se dirija a otros.

El cambio va en todo. “Cambia lo superficial / Cambia también lo profundo / Cambia el modo de pensar / Cambia todo en este mundo / Y así como todo cambia / Que yo cambie no es extraño”, cantaba Mercedes Sosa.

Y esta mera opinión (llena de regocijo) por ese (no neo) liberalismo lingüístico no es reproche ni encabronamiento, sino reconocimiento a la tan temida espontaneidad. Vaya, ahora son graciosas las cosas que antes eran señal de mala educación o incultura. Seguramente el gran Carlos Monsiváis avalaría todo este vuelco verbal.

Chusco y “contratiempo oral”, al menos así llamaron a aquella mención del Presidente Peña Nieto en febrero de 2015, cuando en Veracruz, durante un evento oficial, agradeció “la buena y cálida acogida”. Carcajadas y la lluvia de los entonces incipientes “memes”.

“Gracias por su acogida. No fue albur”, salió Peña del atorón (que tampoco es albur).

En días pasados, la esposa del Presidente, Beatriz Gutiérrez Müller, fue víctima de uno de esos “contratiempos verbales”, momento bochornoso, dijeron algunos, pero que ella primero decidió negar y, finalmente, aceptar con una disculpa.

Durante una entrevista a la Universidad Autónoma de Nayarit para hablar de su libro “El Tepic Literario de Amado Nervo y sus contemporáneos” mencionó al poeta como “Mamado Nervo”.

Pocos se atrevieron al escarnio porque (haberlo dicho antes) a todos nos pasa.

Lo mismo ocurrió, en noviembre de 2016, al entonces Secretario de Educación, Aurelio Nuño, que en un evento sobre libros instó a los niños a “ler”.

¡Ja! No faltó el picudo de la clase, esta vez una niña de ocho años, que paró en seco al Secretario: “No se dice ‘ler’; se dice leer”.

Pero esas son anécdotas, incluso, de distención de ambientes desoladores.

Liberal, liberal, que Gerardo Fernández Noroña llame “pedorra” a la alcaldesa de Reynosa, Tamaulipas.

“La alcaldesa pedorra de Reynosa es terrible; tiene a Reynosa hecha pedazos.

“Me da una tristeza. Si yo fuera el alcalde de Reynosa no tendría cara con que salir a la calle. Está hecha pedazos….”. Y bla, bla, bla.

Nada incorrecto, salvo la falta de pleitesía o reverencia. “Pedorro”, dice el Diccionario de la Real Academia Española, “que echa pedos repetidos y, también, “dicho de una persona: Tonta, ridícula o presuntuosa”.

El pasado lunes, el Presidente López Obrador, ahora que dice que por nada, y ante nada, se va a quedar callado, y vaya que lo ha hecho, en su enésima mención sobre su plan contra la corrupción, pero esta vez, específicamente, sobre  jueces, magistrados y ministros, resaltó que “el pueblo se cansa de tanta pinche transa”. “Pinche”, otra vez la RAE, “ruin, despreciable”.

Para qué ir tan lejos; en noviembre pasado, Paco Ignacio Taibo, de quien ya por estos días hay que tener cuidado con él, pues la ley que le permite asumir como director del Fondo de Cultura Económica pasó en el Congreso, nos recetó aquello de “se las metimos doblada, camarada”, al afirmar que fuera como fuera dirigiría el FCE.

Él justificó: “Si algo conquistamos este último julio es el derecho a llamar a las cosas por su nombre”.

Ayer, en cadena, alguien compartió un mensaje para aplicar “cotidianamente el abundante léxico” aprobado por la RAE y, de paso, “hablar correctamente” sin “cagarla”* (“cometer un error difícil de solucionar”; otra vez RAE).

“No se limite a las palabras de siempre. Practique con regularidad el siguiente ejercicio”, exhorta. Escojo dos de 15:

Intente decir: “Debemos optimizar resultados si pretendemos alcanzar el éxito” en lugar de: “Si nos apendejamos nos lleva la chingada”.
Intente decir: “Compórtate menos presuntuoso, exagerado y agresivo” en lugar de: “Bájale de güevos, cabrón”.

Qué anticuado…

Pero más vale “ler” bien el verso aquel de “Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje”, del poeta mexicano Enrique González Martínez, que deleitarse con el “jálale el pescuezo al ganso”.

Me canso…

 

* Locución verbal mía.

 

 

 

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