El que siembra vientos…

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La 4T envuelta en sus propios infiernos hace crecer los vientos que alertan sobre las tempestades que se ciernen sobre el horizonte de un país embravecido, que no termina de superar los terroríficos saldos de la pandemia y sus secuelas de destrucción, cuando de propio pecho el Presidente López Obrador sigue alentado la confrontación cotidiana con propios y extraños.

No le basta la confrontación de sus correligionarios de Morena para elegir su propio liderazgo, no le basta la confrontación con los gobiernos extranjeros y sus múltiples solicitudes reivindicatorias, no le basta el conflicto con los periodistas o con los medios nacionales o extranjeros, no le basta la confrontación con los empresarios, no le basta la confrontación con la sociedad civil organizada, con las mujeres, con los papás de los hijos con cáncer, no le basta.

Hoy les responde los gobernadores federalistas con cinismo y bravuconería, que si quieren salirse del Pacto Federal, realicen consultas ciudadanas para legitimar su amenaza, la respuesta no tardo en llegar, por supuesto que preguntaremos a los ciudadanos si quieren continuar con una relación federal, abusiva, tramposa, grosera, cínica y todo lo demás. Le dieron una sopa de su propio chocolate.

La pregunta obvia es: ¿y el Jefe de Estado? Qué nadie es capaz de ponerse a la altura de la grave coyuntura por la que atraviesa el país. Qué nadie es capaz de poner por encima la unidad nacional para enfrentar la destrucción post pandemia. Acaso lo que importa es la construcción de un dominio que aniquile el pluralismo del México contemporáneo.

Hasta las plumas afines a los dictados oficialistas, tímidamente le han insinuado la necesidad de una tregua nacional y construir acuerdos para enfrentar la crisis de salud y económica que vive el país. Le han sugerido que ya le pare a sus diatribas, que ya no siga con sus provocaciones, que solamente legitima el espiral de violencia.

Pero hay oídos sordos en Palacio Nacional. Hay obstinación por el conflicto. Hay soberbia en la conducción nacional. Hay un deseo insatisfecho de venganza, de aniquilación, de desaparición de lo distinto.

Con esa actitud no hay espacio para escenarios de conflicto civilizado, no hay espacio para pensar que se pondrá por encima la necesidad de privilegiar la confrontación racional.
Vienen tiempos que pondrán en grave riesgo la vida democrática nacional, y presionarán aún más nuestro frágil estado de derecho.

En todo esto, nadie gana.

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