El PAN todavía no entiende el mensaje del 1 de julio

Si Morena cambió la Historia, ¿por qué no responder con la misma moneda, cambiando la historia? Porque al interior del partido hay quien habla de ‘guerra civil’, pero hacia afuera quien advierte de un ‘golpe mortal’

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Los grandes perdedores de la pasada elección presidencial, como mucho se ha dicho, fueron los otrora grandes y medianos partidos, el PRI, el PAN y el PRD.

Voy a decir, de entrada, lo que he venido repitiendo, aunque para incrédulos militantes de cualquiera de esos partidos no valga, ni siquiera, la pena recapacitarlo: Morena llegó para quedarse, mínimo, tres sexenios continuos en Palacio Nacional, y como mayoría en las dos cámaras del Congreso. Algo que puede lograr sin siquiera hacer una campaña robusta en próximas elecciones.


Y digo mínimo, pero la contundencia de su triunfo, el pasado 1 de julio, no tiene nada que ver con “dar la oportunidad a otro porque el que estaba no cumplió”. No. Morena y las habilidades de Andrés Manuel López Obrador cambiaron el casete a los mexicanos.

La ciudadanía no los hizo a un lado para ver si el próximo año, o el próximo sexenio, se regeneran; simplemente no quiere saber de ellos nunca más.

En eso no le falta razón al Presidente Enrique Peña Nieto, lo hayan interpretado como lo hayan interpretado, al decir que el PRI debiera cambiar de nombre, apellidos y esencia. Dio en el clavo.

En una generación en la que los jóvenes apenas se enteran de esa “esencia” priísta de la que habla Peña Nieto -y que, por angas o mangas, el partido no pudo modificarla para bien en el periodo 2012-2018-, y de la temprana debacle, porque no hicieron nada por modificar la Historia, del PAN y el PRD, a los  tres partidos no les queda otra que reinventarse mediante una fórmula que no es ninguna de las utilizadas hasta ahora para sobreponerse de derrotas.

Hoy deberán sobreponerse de una tragedia mayor.

Remar contra la corriente implica, literalmente, quizá no borrar o cambiar el nombre del partido, pero sí de quienes en cada uno de ellos han sido factores del peor fracaso. De quienes han hecho de los institutos políticos territorios de caciquismo y que quieren seguir pegados, como lapas, al poder interno.

Por no cargar con la cruz, por desquicio, resentimiento o simple razonamiento, el priísmo parece haber entendido la lección o la moraleja, y no se ve una rebatinga por quien encabece la presidencia nacional.

En el PRD, la dirigencia ha sido un barco a la deriva desde el caso Ayotzinapa, cuando a causa del grave asunto, que desde entonces ha pretendido endosarlo, vergonzosamente, al Gobierno federal, renunció Carlos Navarrete.

Por ello decidió entregarse, a un precio muy barato, al PAN, que, por otro lado, también desde las precampañas agravó su crisis interna, la de siempre, la que no se ha detenido desde Vicente Fox y Felipe Calderón, pero esta vez con un protagonista madrugador, Ricardo Anaya.

Los tres, PRI, PAN y PRD, y no se diga éstos dos últimos, tienen mermado, desde hace años, su padrón de militantes.

Pero desde sus debacles del 1 de julio ya se ha hablado mucho del PRI (que salió bailando con la más fea) y del PRD (que ni va ni viene), pero poco del PAN, al que parece no caerle el veinte que con la misma película de agandalle desde finales del sexenio foxista será prácticamente imposible, ya lo dije, al menos los próximos tres sexenios, el más mínimo triunfo.

La guerra interna del PAN, que existe, no se reduce a los simples méritos de Damián Zepeda para ostentar o no la coordinación de su bancada en el Senado, o de si Marcelo Torres, líder interino nacional, tiene las facultades para designarlo.

El asunto es más serio, y no porque me cause preocupación que el panismo se autodestruya, sino porque el canibalismo que hoy muestran es incoherente ante la disyuntiva gravísima en el que Morena lo colocó junto al PRI y PRD.

Nada fuera tan obvio si no partiéramos de que hoy, además de no lograr la Presidencia de la República, en el partido se han dado, recientemente, expulsiones (Ernesto Cordero, Jorge Luis Lavalle y Eufrosina Cruz) y renuncias (Margarita Zavala), y de que, desde hace algunos meses, se habla de al menos cuatro o cinco facciones peleando el control de partido, al puritito estilo de las “tribus” perredistas.

Y de esas “tribus”, a la que menos conviene perpetuarse es a la anayista. ¿Para qué encabezar un partido más dividido de lo que está?

¿Para qué la “guerra civil” por la que alertó Rafael Moreno Valle, a la que se sumaron ya los gobernadores Francisco Domínguez, de Querétaro, Martín Orozco, de Aguascalientes, José Rosas Aispuro, de Durango, Carlos Mendoza Davis, de Baja California Sur, Javier García Cabeza de Vaca, de Tamaulipas, y hasta Carlos Joaquín González, de Quintana Roo?

“Guerra civil” en la que ya están, desde hace rato, Gustavo Madero, que se mueve de un lado para otro, Felipe Calderón, Miguel Márquez, Alberto Cárdenas, Fernando Herrera, Marko Cortés y hasta Miguel Ángel Yunes, por decir los menos.

Ya desde el 2013, Juan José Rodríguez Prats afirmaba que en el PAN existían siete grupos: Los corruptos, los preocupados por ver a qué se dedicarán este sexenio, los nostálgicos, los huérfanos, los desertores, los desencantados y los perseverantes.

Si Morena cambió la Historia, ¿por qué no responder con la misma moneda, cambiando la historia?

Porque en el PAN hay quien habla de “guerra civil”, pero hacia afuera quien advierte de un “golpe mortal”.

 

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@RobertoCZga

 

 

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