El faro sigue encendido

Largo ha sido el periodo de altas y bajas para llegar hasta aquí; a la vista un verdadero régimen constitucional materializando los postulados de la Carta Magna de 1917

Compartir:

En el centésimo séptimo aniversario de la Revolución Mexicana, declarada por Francisco I. Madero en el “Manifiesto a la Nación” del 20 de noviembre de 1910, se impone una revisión en prospectiva del hecho histórico. La iniciativa de Madero que recoge una demanda popular de hartazgo con el régimen presidencial vitalicio de Porfirio Díaz, que ya había reprimido voces y acciones de protesta entre otras la de los hermanos Flores Magón en la capital y las de los Serdán en Puebla. El llamado irrumpió con gran rapidez y clara difusión de las tesis contenidas en el libro “La sucesión presidencial en 1910” que en sustancia hablaba de la reivindicación de derechos políticos pero, sobre todo, socioeconómicos y culturales. El libro de Madero editado en 1908 en San Pedro de las Colonias, Coahuila, alcanzó amplias reediciones; fue adoptado y acogido gratamente por la comunidad universitaria intelectual en la capital del país.

Porfirio Díaz celebraba con sus invitados internacionales el Centenario de la Independencia. Su gestión administrativa no era negativa. El país se iba ubicando en el mundo con saldo positivo. Su política exterior tenía sentido, al margen de sus inclinaciones snobs del afrancesamiento de su corte presidencial, y su alejamiento y cautela con Estados Unidos (apenas a unas décadas del despojo territorial), presagiaban un mejor equilibrio y ejercicio independientemente del poder político en México. Su gestión interna fue el lado flaco de su sistema. El centralismo asfixiante y la encomienda a incondicionales y sumisos de las gubernaturas estatales prohijó un caciquismo de ineptitud y voracidad que recaló en la pobreza y violencia de la policía rural para el control del territorio nacional.

Así, la capital se erigía como la metrópoli y los estados sus colonias y dominios. El sistema feudal renació con los latifundios y la esclavitud de los peones con los indígenas, fue la base de un capitalismo floreciente y acumulativo en las familias de las estirpes del porfiriato que se solazaban en fiestas y bacanales con imitaciones aristocratizantes, que les ocultaban una realidad cruda de injusticia social lacerante y acentuada que paralizó al país. Su economía se había concentrado en las grandes ciudades y dentro de estas, en un modelo de exclusividad con tendencia concentradora que fue atrofiando el potencial de un posible desarrollo nacional distribuido y ascendente.

La visión de Madero, después de haber estado en Francia que vivía ya la experiencia de los estados modernos antimonárquicos y republicanos populares y, regresar por Estados Unidos, cuya modernidad en la producción agrícola y la más justa retribución al trabajo, dinamizaba la economía hacia una sociedad más igualitaria. Se trataba de crear una convivencia más ordenada, cuando la autoridad política se sometiera a la ley, y fuera el detonador para exigir que México remontara los estadios de atraso secular de la simulación democrática que paralizaba la capacidad de crecimiento real y permanente de la nación, sin responsabilidad con las nuevas generaciones. Las huelgas de Cananea y Río Blanco que Madero aborda en su obra, son los ejemplos claros de que el porfiriato estaba mental y moralmente estancado. El cambio era inaplazable.

Una equivocada percepción le hizo creer que el porfirismo se podía haber ido a Francia con el autoexilio del dictador. En poco tiempo se supo que la deformación política, los vicios y las ambiciones nunca se habían ido. El sobrino del dictador, Félix Díaz, fue liberado bajo palabra de honor ignorando que nunca la tuvo. Así prendió otra vez, el regreso al pasado con otro supuestamente inmunizado Bernardo Reyes que no se había emancipado del atavismo político. La degeneración y la noción de la política como botín al alcance del más capaz de romper reglas y engañar incautos volvió a prevalecer.  La embajada norteamericana administró a estos vivales y en cuanto pudo, después de que el presidente Madero había decretado el primer impuesto a la extracción del petróleo del subsuelo mexicano, fraguó la conspiración para asesinar al hombre que supo recoger las más justas demandas populares, pero que fracasó por un exceso de confianza en la nueva oportunidad para los derrotados.

Cuando todo parecía insalvable y los perfumados se hacían la ilusión de que Victoriano Huerta sería el nuevo don Porfirio, surgió indomable en la Hacienda de Guadalupe en Ramos Arizpe, Coahuila, el retorno a los ideales revolucionarios con la causa constitucionalista. No podía quedar impune el crimen y mucho menos condenado el futuro de una nación que había derramado tanta sangre por su libertad. Así surgió un ejército constitucionalista, los mexicanos que pensaron que el Estado de derecho y el orden para proyectar una patria justa y pacífica era lo esencial; se dieron a la tarea de reencontrar el camino. No podía ser éste más que el que condujera a la vigencia de una Constitución que naciera de la voluntad popular.

El estadista Carranza logró la hazaña hace 100 años, la Constitución de Querétaro confirmó el acierto. Los neoporfiristas se niegan a aplicarla y a vivirla. Largo ha sido el periodo de altas y bajas para llegar hasta aquí. Resurge sin embargo en la perspectiva de México la obra que sigue siendo el faro que tiene la luz encendida para llegar a puerto: Un verdadero régimen constitucional materializando los postulados de nuestra Carta Magna de 1917 está a la vista.

 

 

Compartir:
Comentario anónimo
Comentar vía Facebook

is loading comments...