El Ejército, sin opción, y va por la tercera

Los únicos reconocimientos en 12 años de combatir frontalmente al crimen organizado han sido sólo ‘buenos discursos’; muchos lo han denigrado

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No todos sus operativos han sido limpios ni con totalidad de aciertos. Pero el asunto, por la tarea encomendada desde hace 12 años, no es sencillo. Desde el 2006, con el arribo a la Presidencia de la República del panista Felipe Calderón, las Fuerzas Armadas mexicanas debieron, sobre la marcha, ir reconociendo a un enemigo desconocido, o conocido a medias, el narcotráfico, pero no el que operaba sin ton ni son, sino el que entraba, de lleno, al concepto de “delincuencia organizada”, al que se le señalaba bajo el moderno término de cártel (empresa ilegal con estructura administrativa).

Hemos leído crónicas como aquella de un retén en Reynosa, Tamaulipas, donde jóvenes a bordo de un auto decidieron evitar la revisión y dar vuelta media cuadra antes. Una unidad los siguió y disparó contra ellos.


Y como esas, otras. ¿Cómo entender que, a niveles de casi “guerra de guerrillas”, las cosas se salen de control o que la misma adrenalina, dependiendo de la zona del territorio mexicano en el que se opere, lleva a cometer atrocidades? Ocurrió con jóvenes, familias, estudiantes, pasajeros.

No son gajes del oficio, porque el oficio de las Fuerzas Armadas no es, como después lo dijo el General Salvador Cienfuegos, “perseguir delincuentes”.

Se han revelado excesos de militares que participan en operativos. A muchos miembros de las Fuerzas Armadas se les ha enjuiciado; algunos expedientes continúan abiertos. Se ha hablado del uso excesivo de fuerza, de no seguir protocolos. En la mayoría de los casos se ha involucrado ya la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Eventos como los de Tlatlaya, Estado de México; Santa María Ostula, Michoacán; Ajuchitlán del Progreso, Guerrero; Calera, Zacatecas, son sólo algunos en los que la milicia ha sido acusada de irregularidades en sus acciones durante operativos contra el crimen organizado.

A finales del 2016 existían en la Procuraduría General de la República 66 averiguaciones previas abiertas en contra de militares por delitos como tortura, desaparición forzada, violación, homicidio, abuso de autoridad y privación de la libertad. Los casos habrían ocurrido, en el transcurso de dos años, en entidades como Nayarit, Guerrero, Zacatecas, Nuevo León, Tabasco, Tamaulipas, Colima, Coahuila, Veracruz, San Luis Potosí, Estado de México, Michoacán, Durango, Sonora, Baja California, Oaxaca y Chihuahua.

Imaginemos, entonces, de qué no se les acusará desde el 2006, periodo más que suficiente para que ya estuvieran en sus cuarteles, sustituidos por policías eficientemente preparados y pagados para enfrentar a la delincuencia organizada.

Vaya, en el extremo del “sospechosismo” al que han sido sometidos, en febrero de 2017, después de un operativo en Tepic, Nayarit, en el que murieron al menos 14 personas, entre ellas Juan Francisco Patrón Sánchez, alias el “H2”, líder del Cártel de los Beltrán Leyva y presunto responsable de la muerte de cinco militares, cuatro meses antes, en Culiacán, Sinaloa, los marinos que participaron fueron calificados de “asesinos de menores de edad” por el entonces precandidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, quien ahora, en su calidad de Presidente de la República Electo, anunció, hace nueve días, que sería una “irresponsabilidad” retirar las Fuerzas Armadas de las calles.

“¿Por qué los aniquilaron? ¿Por qué si ellos (los marinos) investigan y, supuestamente, tienen asesoría del extranjero en materia de inteligencia los masacraron?”, cuestionó, entonces, López Obrador.

“Tiene que cambiar la política de masacrar, torturar, que desde (Felipe) Calderón no ha dado resultado; al contrario, trae más sufrimiento”.

Andrés Manuel ha cambiado de idea; las Fuerzas Armadas siguen siendo necesarias en las calles del país, al menos, dice su equipo, por tres años más, para contener la inseguridad.

Cierto, su sexenio no ha iniciado formalmente, aunque con su actividad diaria parezca que en el cargo lleva varios años, pero hasta hoy no se ha escuchado nada sobre cómo va a estimular a los militares para ir por la tercera (Calderón-Peña Nieto-López Obrador), sin opción a decir que no.

Al menos con Calderón y Enrique Peña Nieto tuvieron la promesa, cumplida a cuentagotas o por debajo de lo estimado, en cuestiones como remuneración y equipo.

 

DOCE AÑOS SIN EQUIPO Y APOYO INSUFICIENTE

Poco antes de iniciar el sexenio de Felipe Calderón, y de que se formalizara la titularidad al frente de la Secretaría de la Defensa Nacional del General Guillermo Galván, IMPACTO publicó parte de un documento elaborado por la Sedena, bastante revelador, sobre las condiciones de las Fuerzas Armadas.

Hacía hincapié, sobre todo, en el estado del equipo con el que contaban, los niveles de vida de la tropa y mandos medios, los adiestramientos principales, las limitadas (aunque numerosas comparadas con las de ahora) operaciones contra el narcotráfico y su reconocida actividad de auxilio a la población civil en casos de desastre, el famoso Plan DNIII.

Vaya, una voz autorizada comentó que, en realidad, la preparación más constante que adquirían era la de participar en los desfiles.

“El propósito de este análisis”, indicaba el informe de aquel año, “es realizar su diagnóstico bajo un enfoque de ‘defensa nacional’ que arroje luz sobre sus verdaderas capacidades para enfrentar un conflicto bélico”.

Es decir, el informe todavía no calculaba que la verdadera guerra por venir no era contra un país imaginario, sino contra un ente cada vez más poderoso dentro del país.

Señalaba, por ejemplo, “el efectivo del personal militar fallecido desde el año 1976 hasta la fecha es de dos generales, 11 jefes, 83 oficiales y 387 de tropa”. Es decir, en 30 años, las bajas eran tan iguales a las ocurridas en una década.

“En el período del 1 de diciembre del 2000 a marzo del 2006 han sido sujetos a proceso, por delitos contra la salud, 73 efectivos, que representan sólo el 0.24% del personal desplegado”. Mientras, del 2006 a la fecha, seguramente los casos se han triplicado si del 2014 al 2016 tan sólo se registraban 66 en el contexto de una guerra no contemplada.

En el apartado de “Moral y Disciplina”, el informe detalló: “El concepto de moral en el medio militar se refiere al estado anímico con el que el soldado realiza las funciones que su situación le impone dentro del Ejército, específicamente al grado de optimismo o pesimismo con el que se desempeñe, reflejándose, necesariamente, en la calidad de su trabajo”.

“Algunos de los indicadores más importantes para conocer el estado de la moral del personal militar son los salarios, el tiempo libre, las vacaciones, el servicio médico, la alimentación, el desarrollo profesional, el adiestramiento, actividad laboral desarrollada, entre otras”.

Dos sexenios después, y, precisamente, cuando el gobierno por tomar posesión el próximo 1 de diciembre ya los contempla como parte medular (porque no hay de otra) para combatir al crimen organizado, el General Salvador Cienfuegos reitera que es hora de que las Fuerzas Armadas estén mejor equipadas y con mayor ánimo para la tarea “desnaturalizada” que les siguen encomendando. Es hora y la ha sido desde hace muchos años.

“México requiere de Fuerzas Armadas cada vez más fuertes, más fortalecidas anímicamente; mejor equipadas, mejor adiestradas y con toda la disposición para poder seguir sirviéndole a la sociedad y a los gobiernos, en plural”, dijo, el 25 de agosto pasado, entre las declaraciones de López Obrador (24 de agosto) y Alfonso Durazo (29 de agosto).

 

‘NO ESTUDIAMOS PARA PERSEGUIR DELINCUENTES’

Pero nunca como en diciembre de 2016, 10 años después de recibir la orden de su entonces Comandante Supremo, Felipe Calderón (en 2006), de salir a las calles a enfrentarse a la delincuencia organizada, el Ejército dejó más clara su postura sobre una tarea para la que no está preparado, aunque con entereza y patriotismo ha ido aprendiendo, a pesar del sacrificio de muchos de sus elementos y la incomprensión o crítica ligera de tantos.

Así lo dijo, hace dos años, el General Cienfuegos:

“Estamos pidiendo que se regularice la actuación de las Fuerzas Armadas. ¿Qué quieren los mexicanos que hagan las Fuerzas Armadas? Si quieren que estemos en los cuarteles, adelante, yo sería el primero en levantar no una, sino las dos manos, para que nos vayamos a hacer nuestras tareas constitucionales.

“Nosotros no pedimos, ya ustedes lo saben, no lo tengo que decir, no pedimos estar aquí; no nos sentimos a gusto; los que estamos con ustedes aquí no estudiamos para perseguir delincuentes.

“Nuestra idea y nuestra posición es otra, y ahora se está desnaturalizando. Estamos haciendo funciones que no nos corresponden, todo porque no hay quien las deba de hacer o no están capacitados”.

Desde hace dos fines de semana, sin siquiera resaltar el “honor a quien honor merece”, López Obrador y Durazo han reculado sobre la idea que tenían de las Fuerzas Armadas en el combate a la inseguridad. Pero no sólo eso, sino que han reconocido que no existe otra opción, que sería “irresponsable” regresarlos a sus cuarteles, al menos en los próximos tres años.

Me supongo que el asunto está hablado, casi ordenado y casi asumido. Porque el Presidente Electo platicó ya tanto con Cienfuegos como con el Almirante Vidal Soberón.

Y todo indica que las Fuerzas Armadas continuarán en medio de un conflicto que cada día se agrava más no sólo por lo que no se pueda hacer en México, sino por lo que no deja de hacer Estados Unidos.

Pero una cosa es segura; con el mismo equipo, los mismos reducidos apoyos, el “sospechosismo” contra ellos, un enemigo mejor equipado, seguirá en la primera línea por tres o los años que quieran. Pero las corporaciones policiacas, bien gracias.

 

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@RobertoCZga

 

 

 

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