Días de las calaveras

Recuerdo de nuestros queridos ausentes nos da más alegría que tristeza

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El Día de Muertos nació como una conmemoración religiosa. Estaba destinada a nuestros difuntos para elevarles sus rezos, llevarles sus flores y pagarles sus misas. No creo que jamás haya sido luctuosa, pero al paso del tiempo se transformó en realmente jocosa, y hasta festiva.

Se inventaron platillos para disfrutar. Hoy no perdonamos el “pan de muerto”. Se decoraron los altares caseros, y hasta comerciales. Al muerto se le pusieron sus gustos: Su bebida, su comida y la playera de su equipo, así como todo aquello que el pudor pudiera demostrar sin denostar a quien ya no se puede defender. Los abogados diríamos que un gran respeto al “habeas corpus”.

Creo que todo ello es correcto. El recuerdo de nuestros queridos ausentes nos da más alegría que tristeza. Es malo que ya no les tengamos, pero es mucho más importante que los hayamos tenido. El hombre dura tan sólo lo que dura su vida, pero su nombre y su recuerdo son para siempre.

Y es que el hombre no sólo es materia, sino, sobre todo, espíritu. Por debajo de nuestra apariencia no tan sólo somos calavera, canillas, huacal y espinazo, como nos lo muestran la “calaca” y la “catrina”, que exhibimos y admiramos estos días. Somos idea, obra y, en algunos, hasta historia.

Por eso, hoy recuerdo que hace algunos años se generó una fuerte polémica por la exhumación y traslado de los héroes de la Independencia; sobre todo fue por los propósitos que se anunciaron. Primero, comprobar su autenticidad. Segundo, exhibirlos al público.

La primera porque asusta. No vaya a ser que Miguel Hidalgo quede en entredicho, como sucedió con Juan Diego. Que si no son sus huesos se construya el sofisma de que no existió. Luego, que no inició independencia alguna. Luego, que ésta no se consumó. Por último, que seguimos siendo españoles.

Lo segundo, la exhibición, tiene algo de morboso y mucho de innecesario. Lo que más nos interesa de los héroes son sus hazañas, no sus cosas ni sus órganos. La historia es, fundamentalmente, una idea. Cuando menos es un libro, pero la historia no es un museo. Las babuchas de Hidalgo, el orinal de Juárez o las trusas de Madero son muy irrelevantes. Lo mismo sus huesos, sus pelos, sus uñas o sus granos.

Reconozco que todos los pueblos tenemos algo de necrófilos. Por eso, los grandes monumentos son mausoleos. Las pirámides de Egipto, el Taj Mahal, los Inválidos, el Arco de Triunfo, la abadía de Westminster, Arlington y, entre nosotros, el “Ángel” y el Monumento a la Revolución. Tenemos que dejar constancia de que nuestros grandes hombres existieron, y no sólo los inventamos. La “prueba” de ello es su cadáver y el depósito de esa prueba de gloria nacional es su monumento.

Es cierto que, como dice la canción, hay muertos que no hacen ruido, pero también hay muertos que hacen mucho ruido.

Quizá por eso, durante siglo y medio, vivimos en un debate silencioso sobre la consumación de la Independencia.  Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero nos acosaban cotidianamente. Después de tanto tiempo alguien sacó la tarjeta roja. Se decretó, quizá injustamente, que Iturbide no había servido para nada. La historia oficial resolvió el debate nacional.  Se nos enseñó que hay muertos a los que hay que matar.

Después vino la Reforma. Juárez vive. Los liberales estamos convencidos de ello y no hay poder político ni fuerza sobrehumana que nos seduzca en sentido contrario. Sin embargo, los conservadores siempre han deseado que esté muerto.  Por eso tienen un proyecto nacional para desmantelar la universidad pública, el sistema laboral, la reforma agraria, la seguridad social, el patrimonio nacional y todas las conquistas que la Reforma, a través de la Revolución, ha logrado para México. En su más íntima conciencia también están convencidos de que Juárez vive y, por eso, están conspirando para matarlo.

Extraños conjuros guarda el destino para los hombres que, siendo todopoderosos en vida, dependen, para el gran futuro, de los meros caprichos de los humildes mortales, pero también cuánto dependen los vivos de los muertos.  Desde luego, mucho en la historia, pero también mucho en la política.

Es cierto, hay muertos que están vivos.  No es cierto que todos estén callados. Hay muertos que hacen mucho ruido. ¿Estamos seguros de que ya murieron Maximiliano y Porfirio Díaz? ¿De verdad Polk se habrá conformado nada más con la mitad de México? ¿Ya son finados todos los de Tlatelolco y los del Jueves de Corpus? ¿Están totalmente muertos los ejecutados por el crimen organizado y las mujeres de Ciudad Juárez? ¿Ya finaron para siempre los niños de la ABC? ¿Los de Ayotzinapa ya se murieron para siempre?

¿Y los de los magnicidios? ¿Ya murieron Kennedy y Colosio? Todavía nos rondan Lincoln, King, Obregón, Carranza, Madero y el “Che”. En otras latitudes, ¿estará muerta Eva Perón o sólo quiere cambiar de nombre? Pensemos en todo ello con mucho cuidado.

Hay muchas otras cosas en nuestro sistema político que han muerto o están en riesgo de perecer. La gobernabilidad, la revolución mexicana, el constitucionalismo y no sabemos si también las libertades, el federalismo, la justicia y la soberanía. Estamos llenos de capillas ardientes. Estamos rodeados de criptas funerarias.  Estamos circundados de morgues y forenses. De ataúdes, de féretros y de catafalcos. De espectros, de zombis y de momias.  Algunos hasta dirían que los muertos andan sueltos.

 

Abogado y político.  Presidente de la Academia Nacional, A. C.

[email protected]

 

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