La pregunta de las 64 mil preguntas

No si queremos éste o aquél aeropuerto, bonito, grande, disperso, caro, barato… no: ¿Y si México se nos va de las manos?

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No, el argüende no termina todavía.

Faltan unos días para la consulta sugerida por el Presidente Electo, Andrés Manuel López Obrador, sobre dónde debe ubicarse la o las terminales aéreas, o cuasi terminales, que salvarán a la Ciudad de México de una operatividad con riesgos, sin demora; del rezago mundial en transporte de pasajeros, de carga; de eventuales e indeseables accidentes.


Pero, por fin, su equipo, encabezado, esta vez, por su vocero, Jesús Ramírez, dio a conocer la ansiada, aunque obvia, pregunta que se aplicará en la consulta, desde el 25 y hasta el 28 de octubre, a la infranqueable y sabia “vox populi”.

La pregunta -que todos sabemos e imaginábamos cuál debería ser- sigue generando más preguntas:

“Dada la saturación del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, ¿cuál opción piensa usted que sea mejor para el país?:

  1. reacondicionar el actual aeropuerto y el de Toluca, y construir dos pistas en la base área militar en Santa Lucía
  2. b) continuar con la construcción del nuevo aeropuerto en Texcoco y dejar de usar el actual Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

Primera pregunta sobre la pregunta: ¿Por qué no poner la opción “b” como opción “a” si la obra en Texcoco lleva ya 30 y pico de porcentaje de avance?

En la información dada a conocer se comunicó que la papeleta para opinar (o un sitio web) incluirá los pros y contras de las dos opciones.

Siguiente pregunta: ¿En la cabeza de quién se diseñaron los pros y los contras de cada opción? ¿No era necesaria otra consulta al pueblo para que definieran los pros y contras, ya que estamos “enconsultados”?

Ramírez hizo la suya: “¿Qué es más representativo, la decisión de un gobierno que toma una decisión a espaldas de los ciudadanos, sin consultar al Congreso, y un Grupo Aeroportuario de la Ciudad de México que toma decisiones sin informar con suficiencia? Es de perspectivas”.

Su contexto es que “estamos en un proceso inicial de democracia participativa; todos estamos aprendiendo. Y en ese sentido partimos de una desconfianza tradicional de ejercicios de participación”.

Argumentar “decisiones sin información suficiente” y a “espaldas de los ciudadanos” ¿no es, como la jerigonza utilizada por Javier Jiménez Espriú, próximo Secretario de Comunicaciones, o Alejandro Encinas, próximo subsecretario de Derechos Humanos, o el mismo López Obrador, tomar partido, desde ahora, en la decisión que pueda reflejar un ejercicio a la vista, si no inútil, confrontativo e innecesario?

¿La democracia debe estar basada en consultas populares?

¿El buen desempeño de un gobierno -que, por cierto, quien hace esta vez la consulta todavía no lo es- debe basarse en consultas populares?

¿No se avanza hacia el “populismo-populismo”, sino que se brinca hasta el “populismo extremo”?

¿No para ello son los procesos electorales, no las consultas, para negar el voto a quien gobierne mal?

¿No se supone que un gobierno, el Congreso (diputados y senadores), son los representantes de una sociedad porque para efectos de pluralidad y justicia no existe la homogeneidad popular?

¿O, entonces, los linchamientos (quemados vivos, apaleados) son válidos porque es una “decisión popular”?

¿Andrés Manuel consultará con la sociedad todas sus propuestas e ideas?

¿Por qué no realizó una consulta sobre el Tren Maya (en la que, es obvio, ganaría el “sí”) o sobre la descentralización del Gobierno federal (en la que quizá ganaría el “no”)?

¿Por qué no consultó la anunciada derogación de la Reforma Educativa, la próxima construcción de refinerías?

¿Por qué no consultar al Ejército (opinión de soldados) si ve conveniente convertir un espacio militar de suma y estratégica importancia en una zona civil y comercial?

¿Por qué algunas propuestas a consulta popular y otras a “lo que diga su dedito”?

¿Una consulta al aire, sin el respaldo de un organismo como el Instituto Nacional Electoral, barata, como le gusta a él, selectiva en municipios, que durará cuatro días, es lo idóneo para decidir si se realiza o no una obra de las características, alcances, nivel de conocimiento, de uso, como lo es un aeropuerto internacional?

¿Acudirá a la consulta un porcentaje mínimo de usuarios reales de un aeropuerto?

¿Como en la recolección de firmas de los ex candidatos independientes utilizarán una app (aplicación digital) para registrar las credenciales de quienes participen en la consulta, aun con el antecedente de que esta maniobra sirvió para engañar?

¿El pregobierno de Andrés Manuel apuesta, con la consulta, a una réplica del resultado del 1 de julio?

¿Y si, a pesar de los matices en su redacción, gana la opción “b”, cómo enfrentará López Obrador las iras circundantes?

¿Y si gana la “a”, aun cuando Alfonso Romo ya dijo a los empresarios, en el Club de Industriales, que el aeropuerto de Texcoco “va porque va”?; ¿y si se enojan los empresarios?; ¿y si se levantan a machete limpio los ejidatarios?; ¿y si la participación es muy baja?

Seguramente podríamos completar las sesenta y tantas mil preguntas que faltan, como si fueran las de los 64 mil pesos de aquel inolvidable Pedro Ferriz Santacruz, pero para qué. Sólo, quizá, la más peliaguda y que implica un riesgo implícito en las tomas de decisiones populistas:

¿Y si México se nos va de las manos?

 

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@RobertoCZga

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