Contra toda esperanza

Quisiera uno ver actores políticos, partidos y organizaciones ciudadanas con arrestos

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Tío Lucho, del lado materno-toluqueño, era más listo que un vendedor de autos usados y muy poco recomendable como enemigo. Junto a un banquero no era rico, pero junto al ciudadano estándar, sí, gracias a una inmensa ferretería. A los casi 25 años de casado con tía Marina, se separaron, según él en buenos términos, pero luego supo por los abogados de la señora que ella no pensaba así: pedía la propiedad de la casa en que vivían en Toluca, el departamento en Polanco en el entonces D.F., la casa en Valle de Bravo y la de Acapulco; aparte, la mitad de la ferretería y robusta pensión. Tío Lucho contrató un abogado y le pidió que alargara la cosa cuando menos seis meses, pasados los cuales, fue ante el Juez y para escándalo de su abogado, cedió todo a su flamante exesposa, todo y peor, le traspasó la ferretería completa, a cambio de lo que pidió y obtuvo, no pagar pensión. En pocas semanas, tía Marina aullaba de rabia: todas las propiedades estaban delirantemente hipotecadas y la ferretería, endeudada por cuatro generaciones. Hay quien ganando pierde.

Cuatro meses y medio… y contando. Las elecciones serán el próximo domingo 6 de junio. Los equipos están definidos: por un lado los opositores en una alianza hija del instinto de conservación; por el otro y por la misma razón, los aglutinados en torno al Presidente, Morena incluido, muégano dispar de partidos motivado por cargos públicos y razones contantes y sonantes.

Por más que se trate de comicios quasi generales (todos los diputados federales; treinta congresos estatales; ayuntamientos y alcaldías de 30 estados; 15 gobernadores), el Presidente los percibe como un referéndum sobre su persona o sea, sobre su gobierno, por ser él la encarnación del gobierno, porque su gobierno es de un solo hombre. Curiosamente, un amplio sector del electorado lo ve igual: derrotar a Morena y rémoras, para mucha gente es vencer al Presidente.

Parece aconsejable revisar el asunto. Antes que nada conviene reflexionar en que el Presidente no cuenta ahora ni contará después con los votos suficientes para modificar a su antojo la Constitución del país: no tiene bajo sus órdenes a los dos tercios necesarios en la Cámara de Senadores, que se renovará hasta el 2024. Si arrasa en la elección de diputados federales y locales, de nada le sirve a este efecto. Así que ya sabe a dónde voltear, al Senado, cada vez que se apruebe una reforma constitucional modelo Frankenstein, mejor aún, Golem, pues en esa Cámara la oposición tiene el número necesario para hacer naufragar las iniciativas esperpénticas de esas de las que a veces trae antojo nuestro Ejecutivo (como esfumar los órganos autónomos constitucionales).

Por otro lado, si el Presidente ganara todos los gobiernos estatales en juego, solo crecerá su número de porristas. Los gobernadores no tienen arte ni parte en cuestiones federales, ni en la aprobación de iniciativas ni del presupuesto de la nación. Junto con eso, debe recordarse que la fidelidad al Presidente de los ejecutivos estatales tiene fecha de caducidad: el fin del periodo, porque los gobernadores no tragan lumbre y procuran acomodarse lo menos incómodamente que les sea posible con quien sea que quede de sucesor del Presidente. Así que de esto deje de preocuparse.

Las alcaldías y ayuntamientos… hasta pena da: no pintan. Tampoco se preocupe por ese lado.

De manera que ya quitándole todas las hojas a la alcachofa electoral, queda lo que realmente le interesa al Presidente: antes que nada y primero que todo, nutrir su ego, tener el gustazo de declararse vencedor absoluto por segunda ocasión y engrosar las filas de sus aplaudidores, ya se ve en un gira triunfal hasta el término de su periodo. Junto con esto y hasta con la misma importancia para él: el control total del presupuesto del país, el mangoneo sin contrapesos del destino del erario.

No se distraiga, es la elección de diputados federales lo que más le interesa al Presidente. Si perdiera la mayoría simple en la Cámara de Diputados, sus programas sociales tendrían que sujetarse a reglas de operación, podrían ser auditados y él sabe que no resisten revisión; su aparato político nacional, su muchedumbre de criados (Siervos les llama, delicado como es), podrían quedar fuera del presupuesto, sin sueldo; su colección de floreros (su gabinete), se verían obligados a comparecer y rendir cuentas ante una asamblea adversa; aparte, sus obras más queridas se podrían aletargar y hasta suspender, dadas las prioridades evidentes de la crisis sanitaria y económica que mina al país.

También sin el control de la Cámara de Diputados y de suprema importancia: se podría cambiar al Auditor Superior de la Federación para nombrar uno menos buena persona y dotar a esa oficina fiscalizadora con presupuesto y facultades suficientes para poner a la 4T a trepar un palo encebado (por lo menos, que se pueda auditar en tiempo real el ejercicio del presupuesto, no a toro pasado).

De la Auditoría Superior de la Federación (ASF) se habla poco, por buenas razones: es el órgano técnico de fiscalización superior de la Cámara de Diputados; si eso solo funcionara como debe, habría un real contrapeso a la figura presidencial desde el Legislativo y un enorme obstáculo a la corrupción, la discrecionalidad, la ineficacia y la improvisación.

Mientras la ASF esté como está, aletargada, entorpecida por una legislación que le ata las manos, entérese, todo es cuento: la lucha contra la corrupción y por la eficiencia del gasto, seguirán siendo quimera. Se requiere de una reforma de fondo de la ASF, que comience en que su titular sea nombrado por los diputados de entre los tres o cinco que propongan colegios de contadores y abogados, universidades y quien usted guste, pero que deje de ser nombrado por intereses políticos mangoneados por el Presidente de turno. Quisiera uno ver actores políticos, partidos y organizaciones ciudadanas exigiendo esto, tan importante como el mismísimo INE que logró ciudadanizarse contra toda esperanza.

 

 

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