Compañeros de vida

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El bicho llegó para quedarse, por que de por sí, ya estaba, pero no entre nosotros.

Ahora el bicho y nosotros tenemos que acostumbrarnos a vivir juntos, que no revueltos.
De eso se trata esta nueva etapa de la humanidad.

El reto es establecer límites, definir espacios, calcular interacción y construir estrategias que nos mantengan separados y con esa terquedad científica, buscar, si esta convivencia, pudiera dejarnos al final un saldo útil. Las cucarachas, aunque usted no lo crea, lo están haciendo, ya son alimento para ganado y prontito, si el crecimiento de la población sigue así, será de los humanos, que, al menos los mexicanos, comemos gusanos de maguey, chicatanas, chilascas, y otros a los que reconocemos proteína pura y afrodisiacos.

Reconocer esta realidad, ni es cinismo, ni es impotencia, menos claudicación.

Las vacunas no matarán al bicho. Nos ayudarán para que no efectúen estragos peligrosos en nuestros cuerpos. Los fármacos que seguirán, nos ayudaran a recuperarnos de las patologías que, a pesar de vacunas, pudieran capturarnos para enclaustrados en hospitales y confinarnos en tratamientos. La investigación tendrá que darnos nuevos caminos de la acción perniciosa de estos bichos y construir la perspectiva para conducirlos a otros usos y destinos.

Falta mucho quehacer y aún no empezamos en realidad, a valorar el significado, el costo y los riesgos de convivir con el bicho que ya es nuestro compañero de la vida.

Lo peor sería no reconocerlo.

Aunque no lo veamos, sabes que aquí está. Aunque queremos exterminarlo, sabemos de antemano, que ni siquiera lo hemos podido sujetar. El contrasentido, la sin razón, sugieren conocerlo de cerca para desviar, los efectos negativos, que hasta ahora les conocemos

Los virus siguen y seguirán siendo los enemigos más peligrosos de la humanidad. Así me lo dijo el Dr. Juan Manuel Reyes Cardoso hace más de 7 años, cuando, ingenuo le pregunté cual era la peor amenaza de la humanidad. Arturo Reyes Sandoval, respetable investigador científico, también lo confirmó, en abril, en una brillante entrevista con Antonio Manilla. Los dos sabían, desde antes, por sus procesos formativos como investigadores en el Instituto Politécnico Nacional, que así era y seguirá siendo.

No es lo invisible, no es el tamaño, ni siquiera la cantidad infinita de ellos. Es nuestra ignorancia sobre su existencia, su necesidad de habitar en nuestro propio cuerpo y también de sus cadenas de sobre vivencia, que, ahora lo sabemos, ya nos incluye a los humanos.

Invisible, también inaprensible, el Sars, cuyo número completo, ninguno quiere acordarse, ha modificado la historia de la humanidad. También el Futuro de toda la aldea global, a la que, sin que sea su propósito ha demostrado los peligros de vivir tan juntos y ha transformado los hacinamientos poblaciones, en verdaderos camposantos.

La nueva convivencia apenas comienza, pero sus estragos ya son visibles. Hará de nuestra de por sí, injusta realidad social, algo peor, porque agrega a la incapacidad para trabajar o conseguir trabajo, porque, la verdadera verdad es que, contagiarse conlleva al rechazo y la discriminación, más dificultades para adquirir lo necesario para vivir y mantenerse luchando, en medio de una pobreza que ya ni siquiera alcanza dimensiones confiables para poder medir, menos para controlar.

Más desiguales, mas incapaces, harán que nuestra escasa calidad de vida, lo sea más.

Pero, como dijera un jefe… ni modo… ¨con estas mulas tenemos que arar¨.

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