Chiapas pone en duda la cuarta transformación

¿Podrá iniciarse bajo el signo del autoritarismo y la imposición?

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Chiapas, punto de inflexión para Andrés Manuel López Obrador

El pasado 1 de septiembre, el Congreso de la Unión inició su primer periodo ordinario de sesiones.  Comenzó con el pie izquierdo.  En un acto inaugural vergonzoso le correspondió calificar la solicitud de licencia del gobernador–senador-gobernador Manuel Velasco Coello para reincorporarse como gobernador sustituto de sí mismo en el estado de Chiapas.

La decisión legislativa estuvo plagada de irregularidades.  En la primera votación, al, en ese momento, senador se le negó la licencia bajo el argumento de que concedérsela era violatorio de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.  El suceso, entre los chiapanecos, fue celebrado con beneplácito por esa decisión soberana, dentro del marco constitucional y sin consigna, de la Cámara Alta del Congreso de la Unión.


Apenas unos minutos después vino la gran decepción cuando el mismo Senado y los mismos votantes revocaron su propia determinación.  Sin más trámite que apretar el botón electrónico aceptaron que el gobernador-senador-gobernador reunía, a plenitud, los requisitos constitucionales para ocupar la gubernatura de Chiapas durante un segundo periodo, esta vez, inconstitucional.

El voto mayoritario vino del partido Morena, para transgredir el orden constitucional mexicano.  El artículo 72 de la Carta Magna ordena que un asunto tratado y resuelto por el Senado no puede volver a presentarse dentro del mismo periodo ordinario de sesiones.  Ello quiere decir que votar otra vez la licencia de Manuel Velasco tendría lugar hasta después del 1 de febrero de 2019, cuando inicia el segundo periodo ordinario de sesiones.

El supuesto Constitucional es impecable y tiene sentido en observancia de la seguridad y certeza jurídicas de que un acto parlamentario es soberano y exento de manipulaciones, como realmente ocurrió.  Una votación se hace después de haberse estudiado con detenimiento cualquier asunto y que un cambio en la decisión del legislador sólo puede darse cuando se allega de más y mejores elementos para revocar el sentido de su voto original.  En minutos no es dable tener una segunda opinión diferenciada de ese tamaño, sobre todo porque se afecta la vida de casi 5 millones de chiapanecos.

Ricardo Monreal, coordinador de los senadores de Morena, negó, con todo desparpajo, cualquier negociación para escriturarle la gubernatura a Velasco Coello. Sin ningún recato diría: “No hubo negociación.  Fue un acto de autoridad del Senado.  Estoy tranquilo con mi conciencia.  Si hay suspicacias lo lamento”.  En el mismo sentido fue el señalamiento de Mario Delgado, coordinador de los diputados de Morena: No hubo negociación y todo fue dentro de la ley.

Lo malo fue cuando apenas concedida la licencia a Manuel Velasco, cinco diputados del Verde solicitaron su registro en Morena.  Con ello quedaba en evidencia el contubernio entre morenistas y pevemistas  para favorecer al dos veces gobernador y al dos veces senador por Chiapas en un cortísimo periodo de apenas 12 años.

De nuevo, el Partido Verde, propiedad de la familia González Torres, dejaba ver su lado empresarial más acorde a sus intereses monetarios que a su compromiso con la ciudadanía y el electorado.  Se alió con el PAN cuando percibió que Vicente Fox podía ganar la elección presidencial del 2000. Vino el rompimiento cuando, ya presidente electo,  lo chamaqueó y le negó a Emilio González Torres la secretaría del Medio Ambiente.

Como patrimonio familiar heredó la empresa al vástago Emilio González Martínez.  Fue así como negoció que Bernardo de la Garza, candidato presidencial del Verde en el 2006, declinara en favor de Roberto Madrazo, candidato del PRI, aun cuando juró y perjuró que no declinaría a favor de nadie, para vender caro el cascarón y propiciar la derrota más estrepitosa del PRI.   De esa negociación salió la candidatura de Manuel Velasco para senador.

En el 2012 apoyó las aspiraciones presidenciales de Peña, y hoy, ante la nueva distribución política y geográfica del poder, el Verde se acomoda de nuevo y le cede a Morena cinco diputados para darle la mayoría absoluta de 251 curules en la Cámara Baja.

Ahora, Morena, para disfrazar su alianza oficial, y de facto, con Velasco Coello y el Verde Ecologista, se declara, desde el Senado, por nuevas elecciones en todos aquellos municipios de Chiapas en los que se ha registrado violencia de género para obligar a renunciar a 40 mujeres, entre regidoras y diputadas, y que queden en su lugar los que hoy, en el estado, se conocen como “manuelitas”.

El nombre original era el de las “juanitas”, la figura más detestable y antidemocrática de la política mexicana para no cumplir con la paridad de género.  Bajo ese artilugio, cada mujer candidata lleva siempre, como suplente, a un varón.  Ganada la elección, aquella renuncia para dejar libre el camino a su pareja de fórmula.  En Chiapas, el caso más conocido fue el de la diputada federal Ana María Rojas Ruiz, que renunció a favor del “líder” priísta campesino Julián Nazar.

Lo malo es que los senadores morenistas se quedaron sin autoridad moral para pronunciarse por nuevas elecciones en Chiapas y devolverles la dignidad a las mujeres.  Ello es así porque en un solo acto violaron seis veces la Constitución para imponer gobernador y propiciar la violencia de género.  El aserto tiene sustento a partir de que el único con capacidad para obligar a renunciar a las mujeres es el mismo gobernador, de ahí la sustitución de “juanitas” por “manuelitas”.

Además, quien más popularizó la figura de las “juanitas” fue el propio López Obrador.  En el 2009, Rafael Acosta Ángeles, alias “Juanito”, se postuló como candidato a la delegación Iztapalapa, en el Distrito Federal.  En un concurrido mitin, Andrés Manuel le hizo prometer a Acosta Ángeles que si ganaba la elección declinaría en favor de Clara Brugada.  El pacto se cumplió y las “juanitas” adquirieron, para siempre, notoriedad electoral.

Hoy, Chiapas representa para López Obrador un punto de inflexión con la llegada de Manuel Velasco, una debacle en su popularidad y la certeza de que así no puede darse la cuarta transformación.  La Independencia finiquitó la Colonia española; la Reforma consolidó la Independencia y la Revolución acabó con la dictadura porfiriana.  ¿Puede iniciarse la cuarta transformación bajo el signo del autoritarismo y la imposición?, y olvidarse de no mentir, no robar y no engañar al pueblo.

López Obrador ha dicho que quiere ser como Benito Juárez, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas, sólo que con ese primer acto de gobierno anticipado contradice, antes de tomar posesión, el espíritu revolucionario de los ya citados patriotas.

Juárez restauró, para siempre, la República federal y desterró el Imperio de Maximiliano.  En Chiapas, el acto de autoridad del Senado atentó en contra del pacto federal cuando su obligación es velar por la estabilidad política de las entidades federativas.

Madero acabó con 30 años de dictadura porfirista y a Manuel Velasco se le concedió una reelección de facto bajo una reforma constitucional simulada para ostentar, simultáneamente, dos cargos de elección popular.

Y Cárdenas acabó con el maximato callista y el caudillismo.  Hoy, ese caudillismo propició el voto mayoritario en el Senado, testigo del sacrificio de Belisario Domínguez, el hombre de la palabra libre.  Ampliaremos…

 

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